Así entrena una unidad de antidisturbios de A Coruña: de detener a un terrorista a asaltar una vivienda
Los agentes se preparan para hacer frente a confrontaciones callejeras: "Tenemos que no perder los nervios ante una situación de caos, que es donde vamos a trabajar"
Emplean armas de guerra y escudos capaces de detener la bala de un Kalashnikov
La cohesión, el compañerismo y la cabeza fría son habilidades clave

Gus de la Paz
Manifestaciones, disturbios, partidos de fútbol. Asaltos a inmuebles. Operaciones antiterroristas. Ayuda en la dana. Protección de los Reyes y visitantes extranjeros. Lucha contra el narcotráfico. Todas las secciones de la Policía Nacional tienen que estar preparadas en situaciones de tensión, pero las Unidades de Intervención Policial (UIP) que muchos conocen como antidisturbios, se cuentan entre las que se preparan para las intervenciones más duras, de mayor tensión y mayor riesgo.
Este diario acompaña a una de las tres unidades de A Coruña, que, junto con dos de Vigo, conforman la dotación para Galicia, en uno de sus entrenamientos en el campo militar de Guitiriz. Una jornada en la que la inspectora Raso, responsable del segundo grupo de la dotación coruñesa, dirige a efectivos que entrenan desde el asalto a viviendas a las maniobras antidisturbios. «Tenemos que saber estar, y no perder los nervios ante una situación de caos, que es donde vamos a trabajar», explica la inspectora, cuya unidad, 50 efectivos teóricos, se mueve por todo el territorio nacional, desde la visita del Papa al San Fermín. Y el día empieza con el manejo de armas.

Un agente se prepara para abrir fuego. / Gus de la Paz
Tiros al pecho y la cabeza
Por un desvío desde la N-VI, cerca de Parga por una carretera en la que hay que pararse para dejar pasar a un convoy de pesados vehículos militares, se llega al campo de entrenamiento del ejército de Tierra. Una enorme explanada constituye un campo de tiro. Contra un talud, se recortan blancos con la silueta de un torso y una cabeza humana. Los policías disparan cuerpo a tierra, de pie, moviéndose antes de abrir fuego, cambiando de arma entre el olor a pólvora, respondiendo a los problemas de las armas. Un paso de lado, dos tiros al pecho del blanco, dos disparos a la cabeza.
«Cada arma se utiliza para una cosa», explica la inspectora Raso. A diario, en el cinturón, en la pernera, llevan una pistola de 9 milímetros, y han recibido hace poco el subfusil Skorpion, con el mismo calibre pero capaz de lanzar ráfagas de tres disparos, o hasta una treintena de balas en fuego automático. En las actuaciones antidisturbios abundan las Franchis, escopetas de corredera que permiten lanzar proyectiles no letales.
Para intervenciones que necesiten más potencia de fuego cuentan con fusiles de asalto: el alemán G36, que se llegó a manufacturar en la Fábrica de Armas de A Coruña, y el HK417, cuya pesada munición de 7,62 supera en potencia al calibre habitual de la OTAN. «Nunca lo utilizaríamos en un entorno urbano donde haya mucha gente, está específicamente destinada a si nos llaman por un incidente terrorista», indica Raso.
Entrenan la seguridad, y, explica un instructor, el «manejo del estrés y pericia», hacer puntería, encararse con los blancos. «Ganar destreza individual y colectiva para poder estar preparado para cualquier intervención que surja en la calle», resume, antes de empezar a dar instrucciones a la línea de tiro. Las armas rugen. Las balas atraviesan los blancos, invisibles hasta que hacen saltar arena del talud.

Policías con escopetas salen de detrás de los escudos de sus compañeros para hacer fuego. / Gus de la Paz
El escudo y la carga
A algunos metros de la zona de tiro, en un prado polvoriento, decenas de policías forman una línea: un grupo se prepara para la lucha antidisturbios. Entre ellos hay diferencias de edad, altura, complexión; mayoría de hombres, pero también mujeres. Alguno habla en gallego, otros en castellano con acentos de todas las tierras de España. Pero cubiertos con la armadura, los rostros oscurecidos por la visera reforzada del casco, todos parecen el mismo.
Actúan en binomios de dos efectivos, escudero y bocachero. El primero, con un escudo alargado, cubre al segundo, armado con una escopeta que lanza pelotas de goma, gases lacrimógenos, botes de humo. Detrás, los jefes. Raso grita órdenes. La línea avanza o retrocede, sin dar la espalda el peligro: si hay que ceder terreno, los escudos permanecen como un muro protegiendo a sus compañeros, y los escopeteros los van guiando hacia atrás, tirando de ellos por los chalecos.
«La unidad es muy jerarquizada», explica Raso, y ninguno de los agentes debe actuar sin órdenes de los superiores, y «es muy importante» que como jefa de grupo pueda mantener la cohesión, «porque es muy fácil que en una situación de grandes masas puede perder a un subgrupo: en una situación de orden público es muy difícil comunicarte por el equipo de transmisiones o por el móvil». La unidad mínima en manifestaciones es de quince efectivos, y van adaptando su formación al espacio disponible, manteniendo una separación adecuada para cargar o para disparar.

Las escopetas están preparadas para lanzar bolas de goma, así como botes lacrimógenos y de humo. / Gus de la Paz
Desde detrás de los escudos se asoman los tiradores a la orden del mando, para hacer fuego por secciones o al unísono. Aún llevando cascos para proteger los oídos, el fragor de decenas de escopetas ensordece. El armamento moderno del campo de tiro cede aquí a escudos cuya forma recuerda a la de los romanos y los íberos, a salvas napoleónicas, a tácticas ancestrales de infantería pesada y escaramuzadores. Y los avances, en formación cerrada, despiertan una amenaza ancestral: la promesa de la carga, quizás la actuación de la unidad que recibe más críticas.
«Si se complica mucho la cosa, tenemos que intervenir», señala Raso, ya sin el casco y las protecciones, a la sombra de unos árboles cercanos, «pero eso es la última opción, tenemos muchos medios antes de llegar hasta ese punto». Desgrana los pasos: exhibir el material, mostrar la defensa, hacer ruido con las escopetas. Entre las características que debe tener un agente de la UIP cita el compañerismo y el trabajo en equipo, pero también el «autocontrol», el mantener la calma y no ponerse nervioso ante los insultos y provocaciones. «Hay que tener la cabeza fría y no perder los nervios», resume.

Los agentes asaltan una vivienda, protegidos por escudos preparados para resistir armas de fuego. / Gus de la Paz
La ciencia del asalto
Más allá del prado donde el grupo realiza maniobras, traspasando un contrafuerte de tierra y un bosque, empieza otra parte del entrenamiento: el asalto a edificios, que la UIP coruñesa practica en una serie de inmuebles empleados por los militares en sus maniobras.
Aquí, el acolchado de las protecciones los antidisturbios se convierte en chalecos con placas antibalas, las cabezas se cubren con cascos de más de cuatro kilos preparados para resistir disparos. De nuevo los agentes operan en binomio, pero los escudos transparentes de los antidisturbios se refuerzan. Los oscuros Katana, capaces de detener balas de pistola. Las pesadas rodelas balísticas, nueve kilos que, al menos en teoría, son capaces de detener munición de un Kalashnikov. Los agentes atacan uno de los edificios de Guitiriz cubiertos tras las negras protecciones. Las manos empuñan armas de guerra.
«Cada vez la delincuencia es más peligrosa, utiliza un mayor número de armas», explica el instructor encargado de este apartado, y la Policía se adapta incluyendo más escudos en los asaltos. «Entramos con un mínimo de ocho policías», y una de las claves es «trabajar de manera muy sigilosa», aprovechando la sorpresa se es posible. La velocidad también es fundamental, para no dar tiempo a reaccionar al enemigo.
Cuando el grupo de asalto se prepara para atacar lo suele preceder un binomio de apertura, dos hombres con ariete que hacen saltar la puerta de sus goznes y se echan a un lado. A veces hay un mapa de dentro del piso. Muchas veces, no, y los grupos se van dividiendo por los pasillos y las habitaciones sin vacilaciones, perdiéndose de vista los unos a los otros. «Limpio, limpio», se comunican los agentes a gritos cuando despejan las estancias del inmueble de entrenamiento, convertido en un laberinto con vallas fijas a soporte de cemento, hasta que encuentran a su objetivo y lo detienen.

El grupo antiterrorista baja de la furgoneta. / Gus de la Paz
Lucha antiterrorista
A unos metros del pequeño pueblo, la calma de una pista forestal se ve interrumpida por una furgoneta policial que llega a toda prisa, que frena con violencia, que escupe a un trío de policías armados. Dos se cubren tras el escudo del tercero, las armas apuntando a diferentes direcciones. Avanzan hasta encontrar a un hombre sobre un cuerpo caído: un terrorista y su víctima. Los cañones lo encaran, los dedos junto al guardamontes, voces le reclaman a gritos que se rinda. En unos instantes, está dominado y engrilletado.
El subinspector Carabel es el instructor de lo que la jerga policial se denomina IMVI, incidentes múltiples con víctimas intencionadas. «Sería, por ejemplo, que un terrorista empiece a disparar contra personas o a acuchillarlas: tenemos que acudir con la mayor rapidez posible, localizarlo y neutralizarlo, ya sea que se rinda o tengamos que utilizar nuestras armas», explica. Lo hace con calma, pero el sentido está claro: los policías deben estar listos, llegado el caso, para herir o matar.
En estos casos, señala, los civiles deben optar por la solución obvia: escapar y dar la alarma a las fuerzas de seguridad. «Dejar todo tipo de pertenencias en el lugar, no llevarse nada, ya sé que es difícil, y correr en sentido contrario a la amenaza, con las manos a la vista», resume. Y si no hay lugar hacia donde correr, intentar refugiarse, pero «nunca enfrentarse a la amenaza: normalmente lleva arma larga y no le importa morir».

Avance en busca del objetivo. / Gus de la Paz
Según explica Carabel, para encarar este tipo de amenazas el entrenamiento, «es fundamental». «Es cierto que en España en los últimos años no están ocurriendo, pero en otras partes de Europa cada vez más, y Galicia somos un punto que está muy observado por los terroristas islámicos, sobre todo por la catedral de Santiago: nunca pasa nada hasta que un día pueda suceder», remacha. España está en un nivel 4 de alerta antiterrorista, añade Raso.
Quedan aún entrenamientos que no llega a ver este diario, desde la defensa personal y el cuerpo a cuerpo a cómo actuar ante una alerta por explosivo. Una preparación física y mental rigurosa en la que a veces parece que los agentes se convierten ellos mismos en armas, controladas, disciplinadas y eficaces. Preparadas para las crisis en las que la autoridad, la seguridad ciudadana y el orden público no son abstracciones, sino un muro de escudos en medio del caos, o un arma en manos entrenadas.
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