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Elisa González (70 años), una de las muchas voluntarias jubiladas de las organizaciones de A Coruña: «Tenía ganas y me pareció la oportunidad perfecta para ayudar»

Elisa González, Guillermo Fernández-Obanza y Loli Rivas son jubilados coruñeses que ocupan parte de su tiempo colaborando con ONG para ayudar de manera altruista a los más desfavorecidos. Relantan su experiencia y sus motivaciones a LA OPINIÓN

Elisa González, voluntaria de Sen Valos

Elisa González, voluntaria de Sen Valos / Casteleiro

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A Coruña

La Organización de las Naciones Unidas ha escogido el 2026 como el Año Internacional de las Personas Voluntarias para el Desarrollo Sostenible, para reconocer así el papel esencial de aquellas personas que dedican parte de su tiempo en ayudar a los más necesitados. Tanto en España, como concretamente en A Coruña, esta tarea la ocupan, en su mayoría, personas mayores de 65 años, según recoge el Barómetro del Voluntariado 2025. Para los voluntarios sénior de A Coruña, echar una mano a quien lo necesita es una de las tareas que más les satisface y enriquece en su tiempo libre.

"Tenía ganas y me pareció la oportunidad perfecta para ayudar"

En SenValos está Elisa González, una coruñesa de 70 años a la que le interesa su "huerta y ser solidaria". "Soy miembro de Cruz Roja desde la pandemia, fui también socia de la Fundación Vicente Ferrer durante doce años e incluso de Aldeas Infantiles", relata González, que antes de jubilarse era profesora de Historia y Arte. "En esta ONG hice tan solo una campaña que acaba de terminar y consistía en ayudar a personas inmigrantes que llegan al país con su regularización", comenta la coruñesa, que confiesa que el voluntariado es "necesario y muy recomendable para todos".

La campaña consistía en que González, junto con otros compañeros, informaban a las personas inmigrantes cuáles eran los pasos a seguir y dónde encontrar la documentación para acceder a la regularización. El primer paso era una entrevista donde les explicaban cuáles eran los documentos y en qué condiciones podrían acceder, para después recoger los papeles necesarios, subir la documentación a Internet y hacer un seguimiento de cada caso. "Tenía ganas de hacer un voluntariado, porque tengo tiempo libre y me pareció la oportunidad perfecta para ayudarles", destaca González.

"Antes ayudaba económicamente, sin embargo, ahora tengo más tiempo para echar una mano", explica la voluntaria, que reconoce que siempre le ha gustado "la marcha social" y no descarta continuar en la ONG con futuros proyectos. Su todavía corta trayectoria en SenValos comienza a través de una compañera, María José Vázquez, otra exprofesora de historia de 62 años que lleva desde los 20 colaborando de manera altruista.

"Además de ayudar en SenValos a las personas inmigrantes junto con Elisa y otras compañeras, también soy voluntaria de una protectora de animales de A Coruña con la que llevó 15 años, acogí a varios niños en mi casa durante una temporada y participé en asociaciones de padres", destaca Vázquez, que confiesa que a su edad tiene "más seguridad y serenidad y los objetivos más claros". "Mi madre siempre fue muy colaboradora y mi padre tenía una conexión muy especial con la protección de los animales, así que en la familia siempre hubo sensibilidad con muchas causas", relata la voluntaria.

La filántropa lleva cerca de tres años colaborando con SenValos, aunque antes de adentrarse en este proyecto de ayuda a la regularización de manera continua, solía participar en proyectos esporádicos en relación con su profesión donde ofrecía asesoramiento formativo. "Me dijeron que iban a vivir una situación de intensidad de trabajo y les dije que contasen conmigo para esta iniciativa. Fue una experiencia muy interesante", detalla.

Según explica Vázquez, siempre hay algún día libre para "dedicarte a los demás", aunque "es necesario estar fuerte para ayudar a otros y no llevarte los problemas a casa". La voluntaria, también de A Coruña, denuncia lo poco que se fomenta el voluntariado en España y la idea que se tiene en el país de que ayudar es una tarea ardua, cuando reconoce que en verdad "debe ser poco tiempo y hacerte sentir bien". "Soy consciente de que soy una auténtica privilegiada y ayudar a otra gente es lo mínimo que puedo hacer. Me han tocado buenas cartas y me toca repartir juego y echar una mano al resto", confiesa la voluntaria.

"Hay que levantarse del sillón y decir: ¿de qué puedo servir yo?"

Guillermo Fernández-Obanza tiene 80 años, nació en A Coruña y lleva ya más de 60 años en el mundo del voluntariado y el altruismo. Desde hace 30 años, participa como voluntario en la ONG Ecodesarrollo GAIA, donde trabaja fundamentalmente con gente inmigrante que viene a España para que se instalen y se forme una sinergia positiva entre locales y extranjeros. "Debemos recordar que nosotros también fuimos migrantes y el drama de la inmigración es muy duro", subraya,

"Cuando llegan a A Coruña ayudamos a gente en precariedad a aprender el idioma, encontrar piso y buscar comida. Queremos que sepan que el mundo no es casa de fieras y hay gente que quiere solucionarlo", destaca Fernández-Obanza. Con 17 años, comenzó a dedicar su tiempo a causas de carácter socio-medioambiental, ya que, según explica, contaba con una sensibilidad social "por los ámbitos en los que estaba", aunque era consciente de que "poco podía hacer una persona sola".

"Hace 30 años fuimos capaces de intuir que habría una problemática en relación con la inmigración y quisimos ir preparando el terreno para que se resolviese como humanos", confiesa Fernández-Obanza. "También estuvimos muy preocupados por el cambio climático incluso antes de que se hablase del tema", comenta el voluntario, que subraya que "cuando no tienes un interés lucrativo sabes leer lo que puede pasar y no engañas".

Su trayectoria como maestro, que terminó cerca de los 60 años, le proporciona un cierto poder comunicativo a la hora del voluntariado, sin embargo, reconoce que "todo el mundo puede echar una mano". La edad para él no supone ningún impedimento, por lo que continuará ayudando "mientras que pueda el cuerpo". Ahora, Fernández-Obanza está trabajando en un proyecto de formación médica en Senegal, en el que jóvenes gallegos se encuentran con estudiantes senegaleses de ciencias médicas para "crear conocimientos y sensibilizar sobre casuísticas sanitarias que existen en el país y conocemos de primera mano", según destaca.

"El voluntariado es una actividad en relación con la gente en circunstancias difíciles, por lo que aprendes mucho de la gente y eso es lo que más me motiva a seguir en ello", comenta el filántropo coruñés, que considera que se le debería dar más visibilidad y difusión a este tipo de labores. "Es una ocupación ética, social y muy recomendable. Hay que levantarse del sillón y decir: ¿de qué puedo servir yo?", detalla.

"Echar una mano a la gente que lo necesita es un progreso real", sentencia Fernández-Obanza. "Deberíamos estar más atentos a las situaciones de carencias y no perder la conciencia de que pertenecemos a un colectivo", confiesa el voluntario, que reconoce que "ayudando, abres tu imaginación, buscas soluciones y aprendes humanamente".

Guillermo Fernández-Obanza posa en Senegal con Aissatou Faye, una de las alumnas del proyecto de formación sanitario, tras terminar el curso.

Guillermo Fernández-Obanza posa en Senegal con Aissatou Faye, una de las alumnas del proyecto de formación sanitario, tras terminar el curso. / Cedida

"Me encontraba sola, así que decidí dedicar mi tiempo a los demás"

María Dolores Rivas (también conocida como Loli) tiene 70 y "pocos" años y lleva 55 siendo socia de Cruz Roja, además de que ahora se dedica al voluntariado en la organización. "A lo que más me dedico es a hacerle compañía telefónica a personas mayores que viven en soledad no deseada, a las que llamo todas las semanas para charlar un rato, conocer sus problemas y hacerles compañía", explica Rivas. "Muchas de estas personas, como están solas, necesitan que alguien las escuche y les dé un poco de calor humano", confiesa.

La voluntaria, antes de dedicarse a ayudar a los demás, trabajaba en el mundo empresarial, pero tuvo que dejarlo para cuidar a su madre. "Ahí aprendí a tratar más a las personas mayores, a estar en contacto con ellas", comenta. Cuando cumplió 50 años de socia de Cruz Roja, le propusieron ser voluntaria y ella aceptó sin dudarlo ni un segundo. "En un principio quería estar con jóvenes, ya que con otras organizaciones había hecho apoyo formativo a niños latinos en centros educativos, sin embargo, me ofrecieron lo de las personas mayores y me acabó encantando", relata Rivas.

"Me encontraba sola, así que decidí dedicar mi tiempo a los demás", explica. "Cuando la técnica de Cruz Roja me llamó para ofrecerme el proyecto, me cautivó su voz y ahí me quedé", describe Rivas, que dice estar "muy cómoda y agradecida con la organización". En las llamadas, las personas mayores le cuentan lo que hicieron durante la semana y lo que les gustaría hacer. "Ellas están esperando que alguien las escuche. Hay personas maravillosas que te dan unas experiencias increíbles", destaca la voluntaria.

Además, en Cruz Roja también ofertan talleres y excursiones para que las personas con soledad indeseada pasen un rato acompañadas. "Alguna vez damos paseos, otras hacemos talleres de cerámicas... Todo esto lo valoran mucho", narra Rivas. "Cuando hay algún día en el que no puedo llamarlas, lo echan mucho de menos, porque se han acostumbrado a mí aún a pesar de que muchas no me conocen físicamente", confiesa.

"Lo que más me llena es que las personas estén satisfechas con que yo las escuche y que mi conversación sirva a los demás para algo", detalla la voluntaria, que reconoce que "a ellas les gusta contarte sus cosas y que les des ánimos". "Mientras yo me encuentre bien, esté a gusto y sea necesario, continuaré en Cruz Roja, porque hace mucho por las personas más indefensas", destaca Rivas.

Para ella, ayudar a los demás influye en estar mejor uno mismo. "Socializar es importante para todo el mundo. A mí ayudar me aporta mucho", explica. Ahora, Rivas también está en un proyecto de llamar a personas de A Coruña para informar sobre cómo comportarse ante una ola de calor, con pequeños consejos y gestos que "se agradecen mucho".

"Me encantaría que la gente se animara más a hacer un voluntariado. No te exigen mucho tiempo, al revés, cada uno aporta lo que puede y desde las organizaciones te dan muchas facilidades" destaca la voluntaria. "Ahora mismo estoy muy contenta con lo que hago y donde lo hago, me encanta darles aliento y ayudar a las personas mayores que están solas si lo necesitan", subraya.

María Dolores Rivas (Loli) posa frente a la sede de Cruz Roja en A Coruña

María Dolores Rivas (Loli) posa frente a la sede de Cruz Roja en A Coruña / CASTELEIRO

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