Rompe su silencio una superviviente del Patronato de Protección a la Mujer en A Coruña: "Querría ver a aquella monja y ver si se acordaba de lo que me hizo"
La mujer relata por primera vez un episodio de abuso continuado en el convento de Adoratrices, en A Coruña, y solicita mantener el anonimato porque su círculo cercano desconoce su historia

Montaje de la obra 'Non precisamos perdoar' sobre el Patronato de Protección a la Mujer. / Gus de la Paz
Para la investigadora sobre el Patronato de Protección a la Mujer y comisaria de la exposición Ningúen falou delas en A Coruña, Belén López, la institución franquista "para dignificar la moral de la mujer" se sostuvo sobre tres pilares. "El primero, la psiquiatría manejada por Vallejo Nájera, que solo atendía a cumplir lo que Franco imaginaba. El segundo, las instituciones que servían al régimen, como la Sección Femenina, que detectaban y ejecutaban los mandatos. Por último pero muy necesario, los centros religiosos y las congregaciones, que tomaron parte fundamental en la aplicación de correctivos", detalla López.
Sobre este último apartado, la investigadora nombra cinco lugares en A Coruña como sedes "de tortura y maltrato a mujeres": Oblatas de Palavea, Religiosas de María Inmaculada en Puerta Real, Oblatas de Bañobre y Adoratrices. En este último centro fue internada Emilia Álvarez, nombre ficticio de una superviviente del Patronato que relata por primera vez su historia. La mujer reside actualmente en Madrid y prefiere mantener el anonimato porque su familia desconoce lo que le sucedió en el convento de Adoratrices.
"Nos decían que éramos descarriadas y yo cuando me casé no sabía ni lo que era un orgasmo. La mayoría de las internas éramos niñas con problemas, con muchos traumas, algunas violadas y agredidas sexualmente incluso hasta por su familia. Yo sufrí el acoso de una monja de la orden de Adoratrices. Me gustaría verla, pero ha muerto. Querría verla frente a mí y ver si se acordaba de lo que me hacía", comenta sobre su experiencia.
Emilia tiene orígenes gallegos en Xubín (Ourense), aunque ella es cubana de nacimiento. Su padre trabajaba como policía en Guantánamo y por oposición a los cambios políticos en Cuba, la familia española ejerció presión para que retornasen a España. Entonces como niña, llegó a A Coruña para vivir con una tía, que estaba pluriempleada para mantener el hogar. La familia consiguió por mediación de terceros que aceptasen a la niña en el colegio de la Gran Obra de Atocha.
La mujer explica que su "fuerte carácter y temperamento" fue un problema, unido "a la rebeldía de venir de otro lugar más libre, de otra manera de pensar". Debido a la ausencia de su tía en la casa familiar, las instituciones educativas del régimen franquista comenzaron a investigarla hasta terminar bajo tutela de Menores. "Siempre he sido muy rebelde. Era contestona, irónica, tenía mucho genio. Por mediación de Gloria Mantecón Cuevas, empleada de Menores, paré en Adoratrices y después me mandaron las Oblatas de Vigo. Mantecón siempre me estaba regañando por mi actitud, pero yo los tenía bien puestos y le planté cara en alguna ocasión", detalla.
Meses de abuso y maltrato en Adoratrices
Emilia explica que la monja de Adoratrices le "amargó la vida" durante meses de acoso, en los que ella no podía rebelarse, y su comportamiento era solo hacia ella y ninguna compañera más, al menos que ella sepa. "Su obsesión besarme la boca y restregarse contra mí, además de que yo la tocara a ella. Me citaba todos los días en el cuarto de costura en las cinco de la tarde. Yo era su alumna y ella mi superior, no podía negarme, pero me resistía. Me forzaba a estar cerca, a que le pusiera la mano en ciertos sitios y ella se propasaba conmigo, pero me negaba. Nunca consiguió introducir nada en mi vagina porque me oponía con fuerza", relata.
"Esta monja me perseguía por todo el convento y yo me escondía en cualquier lugar. He llegado incluso a dormir bajos las escaleras más oscuras del edificio y prefería ese miedo a despertarme de noche con ella en la habitación, intentando besarme. Ella entraba en la habitación y llegó en alguna ocasión a realizarme tocamientos exteriores, nunca más porque yo era virgen. Por culpa de ese comportamiento me metieron en un sótano oscuro sin ventana y estuve ahí aislada durante días. Solo tenía con un cubo para mis necesidades y una manta para dormir en el suelo", continua.
La superviviente jamás se atrevió a contar nada a nadie en Adoratrices, "mucho menos a la madre superiora Amparo". "Imagina si comento que una hermana quería abusar de mí", supone Emilia, que imagina la habrían tildado de "sinvergüenza y pecadora". La mujer, que se reconoce como muy creyente católica, recuerda cómo "lloraba en la cama pidiéndole a Dios por qué a mí si yo lo amo". Emilia, que llama "demonias" a las monjas, confirma que sí había compañerismo y cuidados entre las compañeras "para resistir", pero no tanto como para "contar lo que sucedía" con su abusadora.
"En los pasillos he visto bofetadas. Nos mandaban formar fila y con una tijera nos cortaban el pelo por detrás. Nos obligaban a limpiar de rodillas las escales, con cepillo. Todo mientras rezábamos y nos llamaban pecadoras, entre otras cosas muy graves", comenta Emilia, que llegó a fugarse de la institución y ser devuelta por la Policía franquista. "El día que salí de Adoratrices fue porque me escapé. La monja de la puerta se hizo la loca, caminé hacia la puerta. Atravesé toda la ciudad de A Coruña y ahí conocí a mi marido, que me dio muy mala vida", resuelve.
Otro episodio en Santa Lucía
Sin embargo, Emilia completa su historia con otra situación de abuso previa y también en el seno de la Iglesia. En la congregación de Santa Lucía en A Coruña, la superviviente del Patronato de Protección a la Mujer acudía como ayudante del padre José, ya fallecido, y miembro del coro. Siendo una niña, Emilia acudía allí como creyente y por aviso de su tía, ausente en casa. Ahora, la mujer recuerda un episodio más del mismo tipo.
"Llevaba el uniforme, iba a la Iglesia y el padre José me llevaba a la sacristía para manosearme los glúteos y los senos cuando me estaba desarrollando. Él me decía: "Qué gusto, cómo te estás desarrollando, qué delicia". No sabía cómo actuar porque pensaba que al ser de la Iglesia no me hacía daño. En realidad, se aprovechaba de mí", recuerda la superviviente
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