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Otra manera de vivir el eclipse en A Coruña: "No podía ver las luces, pero sí sentía la oscuridad"

Los coruñeses Yésica Val y Jesús Suárez, con discapacidad visual, detallan cómo las percepciones de la temperatura, el viento y las reacciones del público les permitieron experimentar el fenómeno astronómico

La coruñesa Yésica Val

La coruñesa Yésica Val / LOC

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A Coruña

Para Yésica Val, el eclipse no estaba en las gafas. Tampoco en mirar al cielo. Con apenas un mínimo resto visual, decidió no arriesgar la visión que conserva y vivir el fenómeno de otra manera. Se fue a la playa con dos amigos, tomó asiento entre una multitud que esperaba el momento y dejó que fueran la oscuridad, el viento, la temperatura y las voces de quienes la rodeaban las que le contaran qué estaba pasando.

"Yo tenía miedo de quedarme más ciega de lo que estoy y ya no quise mirar al Sol ni por accidente", explica. Su visión se limita a percibir luz, sombras y oscuridad. "No puedo ver las caras, leer ni nada de eso. Con ese porcentaje me da para andar a tumbos por la vida", cuenta con naturalidad.

Por eso, antes del 12 de agosto, tenía dudas sobre cómo sería para ella un fenómeno tan asociado a la observación. "Pensaba que iba a ser una chorrada y que le iban a dar un bombo que no tenía", reconoce. Como ella, muchos coruñeses. Sin embargo, la experiencia terminó por sorprenderlos.

Yo tenía miedo de quedarme más ciega de lo que estoy y ya no quise mirar al Sol ni por accidente

Yésica Val

Yésica eligió la playa de Riazor para pasar las horas previas junto a dos amigos. Allí, rodeada de cientos de personas, encontró otra forma de participar en aquel acontecimiento. "A mí me gusta mucho la playa, así que nos quedamos allí unos amigos y haciendo un poco de tiempo hasta que llegara el momento. Después vimos que estábamos rodeados de un montón de gente", relata.

El viento paró de golpe

Lo que más le interesaba era precisamente aquello que no necesitaba ver. "Las sensaciones que hay, como un cambio de temperatura, un cambio de dirección del viento, que los animales se vuelven locos y que se apaga todo, eso sí que lo puedo percibir", explica. Y así fue. "De repente se quedó todo oscuro, se encendieron las luces del paseo marítimo, del estadio… Eso me lo iba contando la gente. Yo no podía ver las luces, pero sí sentía la oscuridad. Y, de repente, volvió a salir otra vez la luz. Me pareció brutal", recuerda aún emocionada.

La temperatura también le confirmó que algo estaba cambiando. "Cuando estaba en el proceso, antes de llegar a la noche, paró el viento de golpe. Fue algo raro. Había muchísimo viento y, de repente, paró", señala. Después llegaron las aves y el frío. "Las gaviotas se pusieron un poquito locas y el cambio de temperatura se notó muchísimo. Cuando ya estaba oscuro me puse una chaqueta", indica la coruñesa.

Pero hubo otra sensación que para ella resultó casi tan importante como el propio eclipse: compartirla con miles de personas. "Me emociona mucho que tanta gente estemos a lo mismo y que estemos tan entusiasmados. Mola esa sensación de sentir que no eres la única que vive algo, sino que hay una conciencia colectiva de un fenómeno que nos agrada a todos", explica.

Para ella, además, había algo especial en que el eclipse ocurriera precisamente en A Coruña. "Creo que es un momento histórico que no se da más que una vez en la vida. Se dan más eclipses, claro, pero que coincida que lo puedas vivir desde tu ciudad solo pasa una vez", señala. "Una cosa más que me llevo en la vida", indica.

Un "negro absoluto"

Jesús Suárez también estaba en el paseo marítimo cuando llegó el momento de la totalidad. A diferencia de Yésica, él no tuvo ninguna duda sobre si mirar o no: su resto visual le permite distinguir únicamente entre luz blanca y oscuridad. No necesitó gafas ni buscó el Sol. Su eclipse llegó cuando la luz empezó a desaparecer.

Estaba con su hijo, que iba hacia el estadio Abanca Riazor, cuando empezó a notar el cambio. "De repente notaba claridad, una luz muy tenue. Fui notando cómo la luz se iba apagando y, de repente, me encontré totalmente oscuro, negro absoluto", relata.

Fui notando cómo la luz se iba apagando y, de repente, me encontré totalmente oscuro, negro absoluto

Jesús Suárez

Ese paso de la luz a la oscuridad fue para él el momento más impactante. "Para mí se concretó todo en negro, negro puro", cuenta. Y aunque no pudo contemplar el cielo, sí pudo escuchar lo que sucedía a su alrededor: "Fue muy emocionante. Además, ves a la gente hasta aplaudir, que es raro. Pero esa fue la sensación, de que de repente todo era oscuro".

Su hijo, que sí podía ver, intentaba localizar el Sol con las gafas. "Me decía: 'Papá, que no veo el Sol, no sé dónde está, no tengo ni idea de dónde mirar'", recuerda entre risas. La escena refleja hasta qué punto las nubes complicaron la observación para muchos de los que acudieron al paseo marítimo. "A mí me gustó la sensación. Fue muy bonita y difícil de describir. Una noche muy rápida, como si fuera noche fugaz", explica.

No necesitó ver el Sol para saber que aquel momento era diferente. Le bastó con sentir cómo desaparecía la luz, notar el frío y escuchar la reacción de quienes estaban a su alrededor. "Supongo que la sensación de la gente, al no poder ver el Sol, sería un poco parecida a la mía, de pasar de tener luz a no tenerla", explica.

Experiencias distintas, pero con un punto en común. El eclipse también pudo sentirse. Para Yésica fueron el viento, las gaviotas, la oscuridad y las voces de quienes la acompañaban. Para Jesús, una luz que poco a poco desapareció hasta convertirse en un "negro puro", seguida de una rápida vuelta del día. El eclipse de este 12 de agosto deja en A Coruña miles de recuerdos de una tarde tan oscura como llena de nuevas experiencias.

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