Modistas migrantes dignifican el oficio ante la falta de relevo generacional en A Coruña: "Si desaparecen los costureros, ¿qué nos vamos a poner?"
Profesionales extranjeras, como Rosa María Darias e Iryna Miroshnychenko, luchan por mantener viva la confección frente a la moda rápida: "Vas de una tienda a otra y encuentras las mismas prendas, la única diferencia es la etiqueta"

Rosa María Darias Lafluff en su taller / Gus de la Paz
Puntada a puntada, el oficio de costurero se va deshilachando. Sin relevo generacional suficiente, los profesionales adonde acudir para confeccionar un vestido, subir un pantalón o diseñar un traje son cada vez más escasos. Es el colectivo migrante, en muchos casos, el que está cogiendo aguja e hilo para mantener viva una profesión tan artesanal como necesaria.
Modista por sorpresa
Rosa María Darias Lafluff, originaria de Uruguay y al frente de Rosamari Diseño & Confección (Avenida de Oza, 93) desde 2024, acabó hilvanando de rebote. "En realidad, con 12 años quería ser peluquera. Cuando me fui a inscribir con mi madre, me dijeron que era muy pequeñita, que para peluquería tenías que tener 15 años", explica. Entre las opciones que le propusieron, escogió corte y confección.
Tras cursar tres años de la formación podía cambiar para peluquería, pero se había "entusiasmado tanto" y tenía "tan integrado" el oficio de modista, que decidió quedarse. Se graduó como patronista, continuó su formación en el curso de profesorado de corte y confección e impartió clases en institutos públicos y privados de Uruguay, además de tener su taller.

Detalle de uno de los talleres / Gus de la Paz
En 2003 emigró a España con su marido, en donde estuvo trabajando 18 años en creación de vestidos de fiesta y de novia por cuenta ajena. "Después ya me instalé por mi cuenta, que era mi mayor ilusión. Inauguré Rosamari en 2024", relata. En su local ofrece "confección a medida y de forma artesanal de todo tipo de prendas de mujer", especializándose en "madrinas, fiesta y novias".
"Todos los cuerpos merecen ser bien vestidos"
A sus 55 años, lleva desde los 12 aprendiendo el oficio y desde los 15 trabajando en el sector. "Toda la vida", dice. Percibe que, aunque hay gente joven formándose en diseño, se está olvidando la base. "A la confección no se le da el valor y el estatus que tiene que tener. Chicas y chicos que están estudiando diseño creen que es saber dibujar una silueta y crear algo sobre ella, pero considero que no se puede llegar a ser un buen diseñador si no se sabe la parte de confección", opina.
Planificar un atuendo sobre el papel dista mucho de enfrentarse a la tarea creativa sobre un cuerpo real. "Creemos que vamos a vestir siempre un maniquí y no es así, nosotros vestimos a personas, personas que tienen complexiones de cuerpo distintas. Tenemos que pensar que todas las anatomías son diferentes y que todos los cuerpos merecen ser bien vestidos", afirma Darias.
A raíz de la apertura de Rosamari, Darias ha entendido que "la gente no se hace ropa a medida porque hay poco de dónde escoger, porque faltan profesionales, porque no hay oferta en la calle". Ante esta realidad, la modista anima a la gente a que "se atreva" a buscar y que, cuando vaya a un diseñador, observe que "sepa de lo que realmente habla". "Y para eso, el diseñador tiene que saber el oficio: tiene que saber coser, tiene que saber cortar, tiene que saber montar un traje. Eso es básico", asevera.
Diseño sí, confección también
Iryna Miroshnychenko lleva cosiendo "casi toda la vida", pero la apertura de su negocio, Inira Miró Fashion Art Studio (calle Real, 86), marcó el arranque de su carrera profesional como costurera en 2017.
Se inició en el oficio en su Ucrania natal. "En el colegio nos daban clases de costura", explica. Aunque siempre tuvo claro que quería tener su propia marca de ropa, abrir el local fue "espontáneo". "Vi un anuncio de alquiler de local, primero lo alquilé y después pensé qué hacer en él", relata.

Iryna Miroshnychenko, con la máquina de coser / Gus de la Paz
En la época en la que Miroshnychenko abrió su negocio "había muchísimas costureras". "Cuando yo empecé había costureras antiguas, porque A Coruña es una ciudad en donde este oficio es una de las bases locales", recuerda. Sin embargo, esos establecimientos fueron cerrando a medida que la edad de las profesionales aumentaba. "Si desaparecen los costureros, ¿qué nos vamos a poner?", reflexiona.
Miroshnychenko comparte la visión de Darias: "Lo que veo es que hay gente joven que está estudiando diseño, pero no se enfoca tanto en la parte técnica. Y tú puedes notar si tu prenda está bien confeccionada, porque la sientes mucho mejor por dentro que cuando simplemente tiene un diseño bonito", opina.
La modista dignifica el oficio, asimismo, frente al modelo de producción fast fashion —moda rápida—. "Venden mucho, pero todo lo mismo. Vas de una tienda a otra y encuentras las mismas prendas, la única diferencia es la etiqueta", declara.
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