Gimnasios y clubs de A Coruña ayudan a decenas de mujeres a saber afrontar situaciones de violencia: "Trabajo en un hospital y muchas veces lo sufrimos, eso me llevó a interesarme"
Profesionales de artes marciales y alumnas relatan cómo las clases de defensa personal ayudan a reaccionar ante situaciones de acoso, priorizando la seguridad antes que el enfrentamiento con herramientas físicas y mentales.

Alumnas del Club Hércules, en A Coruña, practicando técnicas de defensa personal. / Gus de la Paz
Una falsa creencia rodea a la defensa personal. Contrariamente a lo que se suele pensar, en este tipo de prácticas es casi más necesario el entrenamiento mental que el físico; resultan más útiles las herramientas de evasión que las de enfrentamiento directo; el control anímico que el corporal. "Es un mundo tan desconocido que la gente se cree que solamente es pegar, pegar y pegar. Y no, porque las partes emocionales de una persona son muy importantes", indica el propietario del Club Bapu (Nueva Travesía Buenavista, 3), José Ramón Barros.
Apuntarse a clases donde aprender estas técnicas se presenta como una valiosa enseñanza, no solo para aquellas personas que sufrieran algún tipo de abuso, sino para cualquier interesada en dominar situaciones de riesgo. En A Coruña cada vez son más los locales que ofrecen cursos de defensa personal, ya sea en grupos exclusivamente femeninos o mixtos. "Trabajo en un hospital y muchas veces sufrimos violencia, eso me llevó a interesarme por el tema", declara Monserrat Pena, alumna de Müller Dojo.
Detrás de las motivaciones más comunes que suelen llevar a las mujeres a apuntarse a estas formaciones, el fundador de Müller Dojo, Pablo Müller, identifica un patrón: "Se nota que sube la demanda cuando, lamentablemente, ocurre algún hecho que marca a la sociedad, si ocurre algún caso muy sonado", indica.

Gus de la Paz
Mantener la calma —y el equilibrio—
La búsqueda de mayor seguridad fue el motor de Ana Ramírez para apuntarse a los cursos impartidos por Enrique Santos en el Club Hércules (Rúa Camariñas, 9). "Me llevó la inseguridad de andar por la calle en determinadas situaciones", afirma. Acabó de inclinar la balanza, asimismo, el haber vivido "en determinados momentos" de su vida escenarios de acoso. "Claro que influyó, porque saber cómo reaccionar en esas situaciones es lo primero que aprendes en las clases", dice.

Pablo Müller, fundador de Müller Dojo. / Gus de la Paz
El objetivo de Ramírez era poder defenderse y, sobre todo, "guardar la calma" en coyunturas violentas. Tras tres años de formación, Ramírez afirma que la enseñanza más valiosa fue, para ella, "aprender a no perder el equilibrio". "Para mí fue muy importante la posición y cómo guardar la distancia, que quizá antes no lo hubiera sabido hacer y hoy sé cómo tendría que reaccionar", comenta.
En las clases del Club Hércules, que para Ramírez fueron "un antes y un después", se trabaja sobre escenarios reales. "De hecho, Quique [Enrique Santos] tiene una navaja de plástico. Practicamos que te cojan por el cuello, que te tiren al suelo, que se pongan encima", expone Ramírez.

Enrique Santos, propietario del Club Hércules. / Gus de la Paz
Gritar 'fuego' y no 'socorro'
Pese a lo sensible de la práctica, Ramírez nunca ha vivido una situación "incómoda". "Porque he tenido muy buenas compañeras y somos muy afines, tenemos mucha empatía unas por otras y nos ayudamos mucho. Y Quique es un crack, es cercano, una persona que te invita a seguir, que te da seguridad", explica.
A las formaciones de Enrique Santos acuden, con todo, mujeres víctimas de maltrato, "y algunas tenían que parar porque lloraban". "Ahí paramos la clase, respiramos. Cada una tiene su historia y muchas de ellas han pasado cosas muy graves", reconoce Ramírez.
Una lección que a Ramírez le llamó especialmente la atención es que, ante una situación de encontrarse sola por la calle y sufrir acoso, no se debe gritar 'socorro' o 'ayuda', sino 'fuego'. "Porque hoy en día la gente igual se asoma o no se mete, o incluso se hace la ciega; pero en el momento en que dices 'fuego', sale todo el mundo. 'Socorro' es como tú ayúdate a ti misma, pero 'fuego' involucra a los demás", comparte.
Aunque ya lleva tres años yendo a clases, Ramírez se las plantea como un continuo. "Esto es como los primeros auxilios: si tú va solo un año o haces un curso, pasa el tiempo y no te acuerdas. Por eso es bueno no dejar de ir, para siempre tenerlo ahí", declara.
Violencia laboral
En el caso de Monserrat Pena, enfermera en el Hospital Universitario de A Coruña (Chuac), fueron situaciones violentas sufridas en el ámbito laboral el motivo de que se apuntarse a las clases de Müller. "He sufrido agresiones", asegura. "Hay una serie de técnicas que no entrañan dificultad y que, aunque pase el tiempo, pueden marcar la diferencia en alguna situación complicada", añade.
En muchas ocasiones, se trata de "pacientes psiquiátricos, ancianos con algún tipo de demencia o familiares, porque en un hospital se viven situaciones de estrés, y también hay que comprenderlo".
Además de las experiencias propias, Pena recuerda un caso que conmocionó a toda la comunidad hospitalaria. "Tenemos un servicio de seguridad que está con nosotros, sobre todo después de las últimas agresiones agresiones que hubo, como cuando apuñalaron a un enfermero", relata. Quedó "tan contenta" con Müller que repitió la formación, y no descarta volver para "refrescar" conocimientos.

Alumnas de Enrique Santos en una clase de defensa personal en el Club Hércules. / Gus de la Paz
Ensayar situaciones reales
La esencia de esta instrucción es su contenido altamente práctico. "La defensa personal es para la calle. A las mujeres les enseñamos de todo: cómo atar a una persona con un cinturón que lleven, a defenderse con un paraguas o un bastón, un llavero... Cosas muy prácticas", afirma Barros.
Sin embargo, la lección empieza con "enseñar a respirar". "Si no sabes respirar, vas a estar nervioso, no vas a tener el control de tu estado físico y emocional", asevera Barros. La armonía entre cuerpo y mente se convierte, así, en una de las claves para dominar el arte de la defensa personal.
El contenido base de la formación en autodefensa es, entonces, "salir de la agresión, no hacer frente". "Si puedo marcharme, pues me marcho", expone el encargado del Club Hércules, Enrique Santos. "Les enseñamos golpes que se pueden utilizar en la calle, patada a los tobillos, defensas para que no te golpeen en la cara, para que no te cojan del pelo... Cosas sencillitas que te permitan salir del apuro en el menor tiempo posible", completa.

Material del Club Hércules. / Gus de la Paz
Las alumnas, en el centro de la enseñanza
Müller recuerda la historia de una antigua discípula que sufría violencia de género. "Su caso fue uno de los que más me han marcado", confiesa. Con el paso de las clases, se sintió lo suficientemente cómoda como para compartir sus vivencias con el resto. "Nos explicó que no pasó de un día para otro, sino que fueron pequeñas agresiones que fueron incrementándose hasta que llegó a lo físico", recuerda Müller.

Alumnas del Club Hércules con el profesor Enrique Santos. / Gus de la Paz
En casos como el de esta usuaria, en el que practicar determinados ejercicios puede hacer resurgir viejos traumas, se trabaja "paulatinamente y muy poco a poco". Como ella acudió recomendada por psicólogos, Müller estableció un plan conjunto para ver "cómo irlo llevando a la práctica".
El hecho de que la alumna compartiera su relato "ayudó mucho al grupo", que adaptó las lecciones para "trabajar sobre esas experiencias que ella había tenido". Esta dinámica, explica Müller, es "habitual siempre que la víctima lo quiera compartir". Respetando la decisión de las usuarias, el monitor intenta "orientarlas". "Pero la última palabra siempre la tienen ellas en cuanto a si quieren compartirlo, si quieren trabajar sobre eso o hablarlo en público", aclara.
Al terminar estas formaciones, que en el caso de Müller son de ocho semanas de duración, las alumnas "salen con seguridad", lo que puede suponer un arma de doble filo. "Hay que tener cuidado con la falsa seguridad", advierte Müller, quien pone su ejemplo: "Si voy por una calle y veo que está muy oscura, no me meto. Y no soy chica y soy instructor de artes marciales. Es cuestión de prevenir y de tener los pies en la tierra", asevera.
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