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Festivales catastróficos (3)

Woodstock, 1999: hogueras de odio, basura y testosterona

La codicia de los organizadores y la irresponsabilidad de algunos artistas se aliaron para convertir el 30 aniversario de aquellos fundacionales "tres días de paz y música" en un peligroso pandemónium marcado por el machismo y el ansia de destrucción de una generación "falta de cariño"

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Paisaje después de la batalla. Un trabajador del festival Woodstock 99 inspecciona el recinto tras los incidentes de la última jornada.

Paisaje después de la batalla. Un trabajador del festival Woodstock 99 inspecciona el recinto tras los incidentes de la última jornada. / AP

Rafael Tapounet

Rafael Tapounet

Si el seminal Festival de Woodstock de 1969 se anunció en su día como "tres días de paz y música", la réplica que tuvo lugar 30 años más tarde a unos 160 kilómetros del emplazamiento de la primera edición bien merecería el epígrafe de "cuatro días de violencia y mierda". Woodstock 99 ha pasado a la historia como una pesadilla fruto de la codicia; una pira funeraria hecha de basura e intereses corporativos en la que unos jóvenes criados en época de abundancia y con la testosterona disparada redujeron a cenizas (literalmente) el espíritu 'flower power' que animó el festival original.

A la hora de buscar responsables, hay que dirigir la mirada hacia los organizadores, Michael Lang y John Scher, que, después de haber saldado con pérdidas el festival que montaron en 1994 para conmemorar el 25 aniversario del primer Woodstock, decidieron que esta vez iban a ganar pasta sí o sí. Por ello, a la hora de escoger un lugar donce celebrar el evento, fijaron como condiciones que fuera un espacio fácilmente fortificable (a fin de evitar que nadie se colara sin pagar), que buena parte de la infraestructura estuviera ya construida y que tuviera mucho asfalto para que la lluvia no lo convirtiera en un barrizal (como había ocurrido cinco años antes). Así, dieron con la Base de la Fuerza Aérea Grifiss, una instalación militar en desuso. Si eran conscientes de la ironía que suponía montar un Woodstock allí, lo disimularon bien.

Ni sombra ni agua

La versión oficial consignó 186.983 abonos vendidos, un poco por debajo de la capacidad estimada del recinto. Sin embargo, casi todas las fuentes señalan que se rebajó la cifra auténtica para pagar menos en tasas locales y que el número de asistentes superaba en realidad los 300.000. Toda esa gente se congregó en una antigua pista de aterrizaje sin árboles ni sombras en unos días -del 22 al 25 de julio- en los que las temperaturas se enfilaron más allá de los 38 grados. Para acabar de complicar las cosas, la distancia entre los dos escenarios principales era de casi cuatro kilómetros, no había apenas fuentes de agua potable y el agua embotellada costaba cuatro dólares (el envase pequeño).

El muy insuficiente número de baños químicos y de duchas hizo que no tardaran en formarse enormes colas para acceder a estos servicios. La impaciencia hizo que algunos asistentes rompieran las cañerías, con lo que la zona se vio rápidamente encharcada. Entretanto, los retretes portátiles quedaron inutilizados por tanto uso y empezaron a desbordarse. El hedor era espantoso, pero ello no impidió que muchos espectadores, creyendo cumplir una tradición festivalera, acudieran a revolcarse felices en lo que suponían que era barro. No lo era.

AP -DAVE DUPREY-23/07/99-ROME- Mud covered concert fans cheer during Woodstock '99 Friday July 23, 1999, on the site of the former Griffiss Air Force Base in Rome, N.Y. More than 200,000 music fans streamed into town for the festival, a three-day celebration of love and peace. (AP Photo/Dave Duprey)

Asistentes a Woodstock 99, cubiertos de algo que solo en el mejor de los casos sería barro. / Dave Duprey / AP

El perfil de los artistas seleccionados para actuar tampoco ayudaba. En las antípodas del 'hippismo buenrollista' que predominó en el escenario en 1969, en el cartel de Woodstock 99 abundaban los grupos y solistas de rock furioso y varonil como Insane Clown Posse, Limp Bizkit, Korn, Kid Rock o Buckcherry, y el ambiente general se fue tiñendo de un machismo cada vez más amenazante y violento. "Aquello se volvió progresivamente más raro, oscuro y terrorífico a medida que el público se dejaba llevar por el frenesí de testosterona", relató el periodista de 'Billboard' Gil Kaufman. Mientras la web oficial del festival se dedicaba a publicar fotos de asistentes femeninas en 'top less', cantantes como Sheryl Crow y Alanis Morisette eran recibidas por el público con gritos de "¡Enseñadnos las tetas!". En el balance final constan cuatro denuncias formales por violación y numerosos casos de agresiones sexuales.

Energía negativa

Con el recinto convertido en un estercolero recalentado por el sol, la saturnalia empezó a adquirir tintes de pandemónium el sábado durante la actuación de Limp Bizkit, cuando el cantante Fred Durst animó a los espectadores a "volverse locos" y a "sacar toda la energía negativa". Una arenga que algunos interpretaron como una invitación a lanzar todo tipo de objetos al escenario (o sobre la muchedumbre) y a destrozar tenderetes y cajeros automáticos. Las cosas estaban mal y se iban a poner peor.

El domingo, una organización pacifista repartió velas entre los asistentes con la consigna de que las encendieran cuando en el concierto de Red Hot Chili Peppers sonara la canción 'Under the bridge', a modo de gesto de protesta contra la proliferación de armas. Mala idea. Lo que hizo la peña fue utilizar las velas para encender hogueras empleando como combustible la basura acumulada. Los fuegos fueron extendiéndose y alcanzaron a una torre de sonido, mientras los Red Hot Chili Peppers alimentaban el caos interpretando una versión del 'Fire' de Jimi Hendrix (posteriormente aseguraron que lo hicieron para evocar la actuación del guitarrista en el Woodstock de 1969) y se multiplicaban las escenas de vandalismo y violencia. Fue necesario desplegar tropas estatales de Nueva York para ayudar a la policía local a poner fin a los desmanes y dirigir a los asistentes hacia la salida.

La MTV se encargó de retransmitir en directo toda esa calamidad, que ha sido además reconstruida en el documental de HBO Max 'Woodstock 99: Paz amor y furia' y en la miniserie de Netflix 'Fiasco total: Woodstock 99'. En esta última se recoge el testimonio de una espectadora veterana que había participado en el festival de 1969 y que, al ver los arrebatos de odio y devastación que se producen 30 años después, observa: "Creo que a estos chicos les falta cariño".

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