MÚSICA
Hay Raphael para rato: el cantante hace otra demostración de fuerza con su concierto en el Movistar Arena
Después de los problemas de salud y las cancelaciones del año pasado, el de Linares lleva los últimos meses demostrando que ni los achaques ni la edad pueden con él, como ha vuelto a hacer este domingo en Madrid

PI STUDIO
No tiene nada que demostrar Raphael a estas alturas de la película, al menos en su faceta artística. Pero con su concierto de este domingo en el Movistar Arena madrileño se diría que al de Linares le tocaba volver a probar, una vez más, que ni la salud ni la edad han podido por ahora con uno de los nombres fundamentales de nuestra música. Son casi 70 años de carrera y varias resurrecciones las que acumula a sus espaldas, pero queda mucho del chaval que debutó a finales de los años 50 en el ya octogenario que se sigue subiendo a los escenarios con un brío casi sobrehumano. Su seña de identidad, la voz, continúa ahí, prácticamente intacta, y el carisma, con el histrionismo algo limado por los años, todavía es capaz de hacer vibrar al público como lo ha hecho siempre.
El pasado junio el artista ya ofreció tres conciertos en Madrid, pero en un recinto mucho más pequeño, el Teatro de la Zarzuela. El de este domingo era un reencuentro más ambicioso, en un espacio enorme y con todo el aforo vendido. Estaba ya pasado el ecuador del espectáculo cuando el cantante entonó la celebérrima Gracias a la vida de Violeta Parra, canción de hacer balances en la que ese "que me ha dado tanto" sonaba extremadamente sincero. No sería el único momento de la noche en el que echar la vista atrás y felicitarse por seguir aquí. En Yo soy aquel, que llegaba en la recta final del concierto, también hubo un respingo general cuando, tras esos versos que repiten "estoy aquí", añadió un sonoro "un año más, señores", como queriendo quitarse el susto del cuerpo. Fue la única vez en todo toda la noche que se dirigió al público: los mitos se construyen con cierto misterio, y en este recital hubo bastante por su parte.
Sigue siendo aquel
Como si quisiera dar una prueba más de que todo va bien, el espectáculo empezó puntualísimo. Eran las 20:30h exactas cuando se apagaron las luces y empezaron a sonar los acordes de un preludio triunfal que dieron entrada al ídolo: se hizo entonces el silencio en el escenario y se desató el rugido del público para recibir a un cantante que se presentaba de negro total, delgado y con un grueso collar asomando en el pecho que le daba un aire casi juvenil. "La noche me hace, al volver, enloquecer", cantaba en La noche, el tema que abriría una velada llena de hits, y a sus fans se les veía también enloquecidos en el reencuentro con un artista que lo ha sido todo en este país. Yo sigo siendo aquel parecía reafirmar que nada ha cambiado en este tiempo: a esa descripción de "eterno solitario, detrás de un escenario, y propiedad un poco de todos" que dicen sus versos, añadía él un improvisado "el Raphael de siempre". Más locura entre el público.
No hay en un show de Raphael más brillo que el de la estrella: la decena de músicos que le acompañaban esta vez en el escenario lo hacían con efectividad, pero eclipsados por el líder y con unos arreglos torpes que por momentos sonaban a orquesta de verbena. El cantante tenía una humilde silla de despacho en el escenario para sentarse cuando fuera necesario, pero apenas la usó un par de veces y más bien al principio. Aún en esa posición, con el primer éxito inmortal de los que llegarían, Digan lo que digan, demostraba que ni el linfoma cerebral del año pasado ni los 82 años que acumula han hecho una mella notable en una voz que, sobre todo cuando tiene que recurrir a toda la potencia de su chorro, sigue como en sus mejores momentos. Que esta iba a ser otra gran noche quedaba claro cuando se contoneaba feliz al entonar esa canción que han pinchado en sus fiestas y guateques ya no se sabe cuántas generaciones.
'Chanson', tango y mucho amor
En su último álbum, publicado el año pasado, Raphael trazaba un recorrido nostálgico por la chançon francesa, y en su recital madrileño sacaba de ese baúl de los recuerdos un tríptico de su adorada Edith Piaf. Al tango misterioso sobre la decadencia que es Padam Padam le seguían su particular aproximación en castellano a La vida en rosa y al Himno al amor, dos canciones eternas que mejor escuchar en francés, porque en sus traducciones al castellano no se sostienen ni gramaticalmente. A pesar de todo las defendió con solvencia, y fue también el momento más brillante de la noche a nivel instrumental, con un contrabajo y un acordeón tomando el centro del escenario y permitiendo que, por fin, la banda sonara a la altura de lo esperado.
No hubo acento francés en esa parte del concierto, pero sí hubo deje argentino en tangos como Malena o Que nadie sepa mi sufrir, temas que el cantate borda y que le permiten sacar al actor que siempre ha sido. Al Raphael juvenil se le echó de menos en Estuve enamorado, con sus arreglos iniciales robados del Day Tripper de los Beatles pero que hoy en día suena algo descacharrada. Desmerecía un poco la creación del maestro Manuel Alejandro, cuya figura sobrevoló el concierto toda la noche porque suyo es buena parte del repertorio que se habría de escuchar. Desde aquel día, Amor míoCuando tú no estás... una tras otra iban cayendo sus creaciones, de arquitectura perfecta sobre todo en las baladas y expresamente diseñadas para el lucimiento vocal de un artista al que, después de décadas trabajando juntos, conoce como nadie.
Hubo mucho amor en un recital donde sonaron hasta ocho canciones que llevan esta palabra y sus variaciones en el título. Y también hizo presencia la Navidad, que para eso estamos en la época del año que estamos. Ver en las pantallas a un Raphael sobre el que caía la nieve cuando sonaron los acordes de La canción del tamborilero fue el momento más kitsch y divertido de la noche. Después vendría el arrebato bailongo con Ámame, el drama sentido, casi a lo Pimpinela, de En carne viva, o el alarde vocal que despacha en Qué sabe nadie.
La traca final se esperaba fuerte y lo fue. Con imágenes de fondo de un Raphael en diferentes momentos de su carrera empezó a sonar la versión modernizada, digamos de electrónica tribal, de Yo soy aquel: hay cosas que mejor dejarlas como están, pero el impulso de parecer eternamente jóvenes nos puede traicionar a todos. Luego, la fiesta siguió viva con Escándalo y su ritmo latino, que ponía en jaque a más de una cadera entre el público añoso. Pero para el remate estaba reservada la dinamita: esa Como yo te amo que, con la firma de Alejandro y en su voz o en la de Rocío Jurado, ha estrujado tantos corazones en este país. Perfecta en su arranque con piano y voz, más torpe cuando se incorporaron el ritmo y los coros, era una despedida poderosa para un concierto que en ningún momento dejó de bascular sobre eso, el amor. Un sentimiento evidente en los ojos de un público embelesado por su ídolo, al que con su fervor parecían suplicarle que ya no haya más sustos.
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