Tres versiones
Un asno que viene y va: el reiterado error de Cervantes en el 'Quijote'

'El encuentro del rucio', de José Moreno Carbonero. / Museo del Prado/Wikimedia Commons
Pedro Fresno Chamorro. Doctorando en Literatura Española, Universidad de Jaén
En 1604 Juan de la Cuesta finalizó la impresión (con fecha de 1605) de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primera parte de la obra más relevante de la literatura española. Eran 46 capítulos en los que se narraba el inicio de las aventuras de Alonso Quijano y su fiel escudero Sancho.
Al imaginar al lector de entonces, sacudido por esas páginas, le veo pensando:
"Sancho, pobre y desdichado Sancho, fiel reflejo del hombre común, acostumbrado a perder cosas sin siquiera ser consciente de ello. Por Sierra Morena andabas en el capítulo 25, al pie de una alta montaña, cerca de un arroyuelo que recorría un verde prado, entre árboles silvestres y dulces flores. ‘Este es el lugar, ¡oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto’, gritó sin juicio tu señor don Quijote, desdichado amante el de la Triste Figura que había decidido hacer allí penitencia de amor por su Dulcinea.
A pie de esta montaña llegaste, Sancho, a lomos de tu rucio, pero ahora, sin comerlo ni beberlo, se ha perdido o lo han robado. ¿Cómo lo explicas? ¿Cómo no lloras, Sancho? ¿Cómo no te lamentas hasta la desesperación? ¿O es que acaso ya lo has hecho y nosotros no lo sabemos? Caso extraño que, igual que desaparece, vuelve a aparecer en el capítulo 46 cuando tu señor te pide que ensilles a Rocinante y aparejes tu jumento".
Así es. El asno de Sancho desaparece en el capítulo 25 y reaparece ya en el 46, sin explicación ni motivo patente. La anomalía no podía ser sino un error del autor, y esto lleva a Cervantes a publicar, ese mismo año de 1605, una segunda edición. En ella interpola dos pasajes, uno en el capítulo 23, en el que se narra el robo del rucio a manos de uno de los galeotes liberados por don Quijote anteriormente, y otro en el capítulo 30, donde Sancho cuenta cómo recupera su burro.
Sin embargo, esta tentativa de enmienda resultaría poco efectiva, pues la narración del robo se inserta dos capítulos antes de que el pollino aparezca referido por última vez.
Lectores, chistes y una tercera edición de 1608
El error doble (primero olvidar y después fallar en la enmienda) le iba a costar a Cervantes más de una burla por parte de sus contemporáneos. Lope de Vega, fiel rival del alcalaíno, le dedicaría incluso unos versos al asunto en su comedia 'Amar sin saber a quién':
"Decidnos della, que hay hombre
que hasta de una mula parda
saber el suceso aguarda,
la color, el talle y nombre,
o si no dirán que fue
olvido del escritor".
La obra se representó por primera vez en 1627 y es bastante posterior a la publicación tanto de la primera parte del Quijote (1605) como de la segunda (1615). Eso indica que el chisme y las mofas debieron extenderse como la pólvora entre los lectores. No sorprende, pues, que Cervantes optara por volver a intentar subsanar el error en una tercera y última impresión de Juan de la Cuesta (1608).
Esta, tal y como ya había hecho de forma acertada la edición de Bruselas de 1607, mantiene la interpolación del robo erróneamente situada en el capítulo 23, pero elimina las alusiones posteriores que generaban inconsistencias.
Tengamos en cuenta entonces que, en cuestión de tres años, los lectores del Quijote pudieron leer tres 'versiones' diferentes de la primera parte. La confusión, a pesar de lo baladí que pueda parecer al lector de hoy, no debió ser para nada intrascendente para Cervantes. En la escritura de una segunda parte, el autor tuvo que responder a lectores de una misma y, a la vez, distinta obra.
El Quijote de 1615 y una nueva forma de exculpación
La precipitada segunda parte del Quijote (Cervantes debía replicar con rapidez al malintencionado Quijote apócrifo de Avellaneda publicado en 1614) sale de la imprenta de Juan de la Cuesta en 1615.
No tuvo que esperar mucho el lector para encontrarse con la aclaración (siempre jocosa) del asunto del burro por el propio autor. El capítulo 3 sitúa en conversación al bachiller Sansón Carrasco con don Quijote y Sancho. Carrasco cuenta cómo sus aventuras, tras haber sido dadas a la estampa, son ahora conocidas en todo el mundo, y menciona algunos de los errores que sus más fervientes lectores le achacan. Entre ellos, evidentemente, está el del robo del rucio.
Así, en el capítulo siguiente, Cervantes, a través de Sancho, relata de nuevo la historia del robo y su rescate, achacando el error a un engaño del autor ficticio Cide Hamete Benengeli o, con clara intencionalidad de quitarse de encima la responsabilidad, a un descuido del impresor.
Genialidad en el equívoco
En fin, lo que está claro es que el error de Cervantes, doble o triple, es manifiesto e influyó tanto en la recepción como en la propia composición de la obra. De no haber habido faltas (si ello fuese posible) el grandioso Quijote de 1615 habría sido una obra diferente. La novela debe parte de su magnitud a los equívocos, desatenciones, celeridades, disputas y enemistades que implicaban a su autor y que Cervantes quiso subsanar rápidamente en la escritura de la segunda parte.
En este sentido, son muchos los estudiosos de Cervantes que defienden el carácter voluntario de sus descuidos, unas veces a modo de imitación (de Homero, por ejemplo) y otras con un patente tono paródico. Parece claro que el robo del rucio no pertenece a ninguno de estos casos, pero debemos admitir que ha acabado por integrarse en la técnica narrativa de Cervantes como elemento metatextual que influye positivamente en sus creaciones.
¿Qué tendrán los genios, verdad? Que hasta sus yerros terminan por ser brillantes.
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