Entrevista
Rachid Benzine, autor de 'El librero de Gaza' : "La literatura no nos devolverá a los muertos, pero nos permite resistir"
El escritor, islamólogo y politólogo explora en su última novela la resistencia a la violencia a través de la historia de un librero palestino, Nabil Al Jaber, que se enfrenta a la deshumanización

El escritor marroquí Rachid Benzine ha presentado hoy en València "El librero de Gaza". / Miguel Ángel Montesinos
Voro Contreras
Islamólogo, politólogo, profesor y novelista, Rachid Benzine ha convertido la literatura en una herramienta de resistencia frente a la violencia, la polarización y la deshumanización. En 'El librero de Gaza' (Salamandra), su última novela, narra la vida de Nabil Al Jaber, un librero de Gaza cuya existencia recorre más de setenta años de historia palestina, desde la Nakba hasta la actualidad. A través de la lectura, Benzine propone un espacio interior de dignidad y soberanía frente al colapso del mundo. Conversamos con él sobre el sentido de escribir ficción en tiempos de guerra, el papel de la literatura frente a la avalancha de imágenes y la pregunta central que atraviesa su obra: qué significa ser un buen hombre en medio de la violencia.
-¿En qué momento sintió que la ficción era el camino adecuado para abordar lo que estaba ocurriendo en Gaza, en lugar del ensayo político o el análisis académico?
-Desde hace unos diez años decidí dedicarme a la ficción porque me di cuenta de que, cuando estallan fenómenos de violencia tan intensos en nuestras sociedades, el análisis conceptual ya no alcanza. Hay debates constantes en televisión, ensayos, estudios, cifras, explicaciones… y, sin embargo, todo eso acaba produciendo aún más rupturas ideológicas. Vivimos en un mundo de reacción inmediata, y necesitaba encontrar otra forma. La novela, el teatro, la ficción permiten decir cosas que el análisis ya no consigue transmitir. Un ejemplo claro es la inmigración: llevamos años escuchando cifras, informes, estudios, y no tienen ningún efecto real. La ficción, en cambio, puede tocar otras capas de la experiencia humana.
-¿Y por qué en un estilo tan sobrio, casi una fábula humanista? ¿No exige una tragedia como la de Gaza una literatura más radical o incluso experimental?
-Puede leerse como una fábula humanista, pero es una fábula que ha aceptado la caída, las ruinas, el derrumbe. No es un humanismo ingenuo. Es un humanismo post-trágico. La concisión era esencial para mí. Buscaba una forma simple que me obligara a trabajar cada palabra, a hacer que cada término tuviera impacto. La brevedad permite que las palabras pesen más. La literatura no nos salvará de las bombas. No devolverá a los muertos. La violencia tiene algo de irreversible. Pero la literatura nos permite resistir para preservar lo más irreductible del ser humano. En los procesos de violencia existe siempre el riesgo de la deshumanización: no solo de que el otro te deshumanice, sino de que tú mismo pierdas tu humanidad. Y eso es lo que hace Nabil. Su nombre, Al Jaber, remite a la idea de reparar: intenta recomponer lo que la violencia destruye para seguir siendo plenamente humano.
-¿Qué representa vender libros, o incluso leerlos, en este mundo saturado de imágenes de violencia?
-La novela se articula en torno a ese contraste entre el fotógrafo, que busca captar una imagen, y Nabil, el librero, que lo invita a escuchar una historia, a entrar en la duración del relato. Como en 'Las mil y una noches', contar historias permite retrasar la violencia. La multiplicación de imágenes termina anestesiándonos y cuando la violencia se vuelve omnipresente y sentimos que no podemos hacer nada, preferimos dejar de mirar. La lectura, en cambio, nos introduce en un espesor del tiempo, en una duración. Frente a la inmediatez de la imagen, leer es permanecer. Hoy, cuando vemos a alguien leyendo, vemos a alguien que resiste.
-Su libro se pregunta qué es un buen hombre durante la guerra. ¿Era urgente plantearlo tras el 7 de octubre de 2023?
-Me impresionó profundamente la manera en que se hablaba de los palestinos. Me planteé tres cuestiones. Primero: ¿qué explica el consentimiento hacia esta violencia? Segundo: ¿cómo se produce esta deshumanización? Para que exista violencia, antes debe existir deshumanización. Y yo la veía en la invisibilización del relato palestino, en la reducción de las muertes a cifras abstractas, en las imágenes de drones que borran los rostros. Y entonces surgió la tercera pregunta: en medio de esta masacre, ¿qué es un buen hombre? ¿Cómo se puede seguir siendo humano cuando se ha perdido todo?
-¿Y se puede? Escribe, por ejemplo, que los niños de Palestina ya saben todo sobre la muerte. ¿Serán de adultos seres pacíficos como Nabil o dispuestos a la guerra como su hermano?
-Espero que sean como Nabil, aunque tengo muchas dudas. El trauma, las pérdidas, la falta de reconocimiento del duelo hacen que todo sea muy difícil. Además, existe un sistema de representaciones que lo bloquea todo. Los palestinos ven a los israelíes solo como colonizadores violentos, y los israelíes ven a los palestinos únicamente como terroristas. Este juego de espejos niega la existencia de personas justas en ambos lados. Y eso vuelve la situación aún más trágica.
-El título de la novela en francés no habla de “un palestino que lee”, sino de “un hombre que lee”. ¿Fue una decisión consciente?
-Absolutamente. El título en francés dialoga con 'El hombre que plantaba árboles', de Jean Giono. Lo que me interesa es el proceso de humanización. No quería contar la historia de un palestino, sino la historia de un hombre. Lo fundamental es su dignidad, su capacidad de mantenerse en pie frente a la tragedia. Su ejemplaridad no depende de su origen, sino de su humanidad.
-Los capítulos dialogan con Shakespeare, Darwish, Primo Levi, Fanon… ¿Buscaba tender puentes entre Oriente y Occidente en estos tiempos en los que parecemos tan separados?
-Sí. Los conflictos generan divisiones ideológicas automáticas. La literatura, en cambio, tiene una capacidad universal. Cuando Nabil recita a Hamlet y pronuncia “ser o no ser”, esa frase adquiere en Gaza una dimensión radical: se convierte en la pregunta misma por el derecho a existir de un pueblo. Cuanto más íntima es la literatura, más universal se vuelve.
-Su librero ha sobrevivido en una Gaza destruída por las bombas. ¿Sobreviviría al hipercapitalismo de una Gaza transformada en resort turístico como quiere Trump?
-Palestina y Gaza sobrevivirán. Trump y Netanyahu pasarán. Hace más de setenta años que se intenta erradicar a este pueblo, y es imposible. Mientras las historias sigan siendo contadas, la memoria seguirá viva. Muchos hemos conocido Palestina a través de la poesía de Mahmoud Darwish. Eso demuestra la fuerza de las palabras. No se puede colonizar la imaginación.
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