Si usted quiere ver las ruinas de la ciudad donde murió Brad Pitt disfrazado de Aquiles después de que Orlando Bloom le cosiera a flechazos, le recomiendo que no vea un documental de Canal Viajar sobre Troya. Escuche la narración en la radio. Las ruinas de Troya pueden ser decepcionantes para quien espera encontrar enormes muros, grandes puertas, elegantes salones y espaciosas avenidas por las que los troyanos arrastraron el caballo que trajo su ruina. Las piedras que sobresalen de la colina de Hissarlik, donde está la Troya histórica, no tienen nada que ver con la Troya del cine ni con la Troya de los poemas de Homero. Eso sí, Troya sigue siendo Troya, como un Madrid-Barça siempre es un Madrid-Barça. La decepción de ver un documental sobre Troya y no encontrarse con Héctor ni Aquiles se puede evitar enviando a Troya a un comentarista radiofónico dispuesto a narrar en directo las ruinas de lo que fue la ciudad de Príamo: "Atención, hay peligro, entramos por las puertas Esceas y parece que las sombras de Paris y Helena vienen a nuestro encuentro... ¿O es Héctor quien se acerca en un carro? Por fortuna, la diosa Atenea está con nosotros, pero... Afrodita parece también decidida a intervenir... El partido entre la arqueología y el mito está muy disputado. Qué emoción, señoras y señores, estar en la misma ciudad a la que llegaron los aqueos en mil naves dispuestos a recuperar a Helena...". Un mal partido de fútbol, como las poco espectaculares ruinas de Troya, suena mejor en la radio que visto por la tele.

¿Los mercaderes quieren que las cadenas de radio paguen por entrar en los estadios y narrar los partidos? Cuando Sócrates fue condenado por corromper a la juventud y tuvo que pedir una pena para sí mismo que le librara de la muerte, el filósofo pidió ser mantenido del erario público en el Pritaneo. Sócrates no propuso una multa (significaría la cárcel: no podría pagarla), ni el exilio (si sus conciudadanos no le soportan, menos lo harán los extranjeros), sino lo que le parecía justo: que se le alojara y alimentara en el Pritaneo, porque su labor con los jóvenes no sólo no los corrompía, sino que los hacía mejores hombres. Escándalo entre los jueces atenienses. En el Pritaneo comían las personas a las que la ciudad tenía en gran consideración como sus benefactores, y era un gran honor. La propuesta de Sócrates fue rechazada, y un mes después el filósofo tendría que beber la cicuta.

Cuando las cadenas de radio son condenadas por corromper el negocio del fútbol al retransmitir gratis los partidos de Liga, deberían hacer como Sócrates y pedir ser alimentadas del erario privado en el Pritaneo. Las cadenas de radio no sólo no deben pagar por narrar los partidos, sino que deberían cobrar a los equipos, a la Liga Profesional o a quien sea por llevar la magia del fútbol a las ruinas de Troya.

Los antifutboleros no deben esconderse en un refugio atómico, sino pedir que el partido Madrid-Barça sea aburrido, esperar que José Mourinho empiece con sus "por qué" y rezar para que los dirigentes del fútbol cometan la estupidez de prohibir a las cadenas de radio la entrada en Troya. La mejor forma de acabar con el fútbol es condenar a muerte a Sócrates.