04 de febrero de 2013
04.02.2013
Atletismo - 10.000 metros

Samson Kimobwa: "Pero si ni siquiera soy el más rápido de mi poblado"

Samson Kimobwa, fallecido esta semana, se convirtió en 1977 en el primer atleta africano en lograr el récord del mundo de 10.000 metros

04.02.2013 | 06:05
Samson Kimobwa, durante un entrenamiento. / la opinion

Es probable que el atletismo no vuelva a tener la oportunidad de ver un récord del mundo de 10.000 metros en manos de un deportista que no tenga su origen en África. La proliferación de fondistas del continente negro, su ventaja genética, su hábitat y la mejora de sus sistemas de entrenamiento han conducido a la actual dictadura. Pero no siempre fue así. De hecho, hasta 1977 el récord mundial de esa distancia no cayó en manos de un africano. Fue Samson Kimobwa, atleta keniano que esta semana falleció de forma repentina.

Hubo un tiempo no muy lejano en el que los africanos parecían sentir cierto rechazo hacia los 10.000 metros, la distancia que ahora gobiernan con una autoridad insultante sobre el resto del planeta y en la que difícilmente volveremos a ver un récord del mundo que no proceda del continente negro. A finales de los años setenta la distancia todavía era patrimonio de los europeos -sobre todo de la legendaria escuela finlandesa- y los kenianos y etíopes apenas habían comenzado a asomar la nariz en las grandes pruebas internacionales. La ruta, el maratón, eran otra historia. Pero en los 10.000, en la tortura de las 27 vueltas a la pista, parecían sentirse algo comprimidos. De hecho, la victoria del keniano Naftali Temu en los Juegos de 1968 eran su única gran conquista en la distancia. El récord del mundo parecía lejos de su alcance.

Todo eso cambió con la irrupción en la gran escena de Samson Kimobwa, protagonista además de una deliciosa anécdota que sirve para explicar mejor que nadie la incontrolable capacidad de Kenia para producir grandes atletas. Kimobwa fue uno de los primeros atletas africanos en ganarse una beca para viajar a Estados Unidos en busca de nuevos métodos de entrenamiento que sirviesen para reorientar el gigantesco potencial que había en sus piernas y terminar con la antológica irregularidad que caracterizaba las temporadas de los africanos. Eran diamantes en bruto que de manera inexplicada se desplomaban en algunas carreras. Con la característica camiseta roja de la Universidad de Washington State su progresión se hizo cada vez más evidente y en 1977, gracias a los grandes resultados tanto en pista como en cross, fue invitado a participar en Helsinki en los World Games, la reunión que el último día de junio se celebraba en una de las capitales mundiales del atletismo, donde los 10.000 metros eran mucho más que una simple carrera, eran una señal de identidad de un país que presumía orgulloso de la relación de leyendas que habían dado a esa distancia durante todo el siglo. La carrera no invitaba a pensar en una gran marca, pero a partir del kilómetro siete, con Samson Kimobwa desatado, la prueba enloqueció y sucedió lo que nadie auguraba, que allí moriría el récord del mundo que estaba desde 1973 en manos del británico Dave Bedford. Kimobwa detuvo el cronómetro en 27:30.5 y se convertía así en el primer africano de la historia que tenía el récord del mundo de los 10.000 metros. El precursor de lo que vendría después.

Pero lo más sorprendente fue la improvisada rueda de prensa que el atleta keniano ofreció en la misma pista del estadio finlandés. Los periodistas le preguntaron qué sentía después de haber batido el récord del mundo de la distancia, algo que él no era capaz de entender y que obligó a la intérprete a un esfuerzo suplementario. Parecieron llegar a un entendimiento cuando Kimobwa dio la impresión de haber asumido que había conseguido la mejor marca de la temporada, lo que avivó el debate con un periodista que insistió:

-El del año no. Has conseguido el mejor tiempo en toda la historia. Nadie ha corrido nunca tan rápido esta distancia como tú esta tarde.

-Pero eso no puede ser -sentenció el keniano-, es imposible del todo.

-¿Por qué?

-Pues porque ni tan siquiera soy el más rápido de mi poblado. Cuando vivía en Kenia había un chico que corría con la gente de mi tribu y que me ganaba siempre.

La anécdota resulta elocuente y describe el enorme potencial africano que surge de un modo casi natural. Kimobwa estaba en lo cierto de alguna manera. Henry Rono, otro keniano, compañero de entrenamientos en Washington State, arrasaría al año siguiente el fondo mundial y batiría su registro en los 10.000 metros.

La carrera atlética de Kimobwa resultó corta. Desapareció pronto de los focos, eclipsado por Rono y también por una caída considerable en su rendimiento. Pero Kenia se aprovechó de sus conocimientos y se convirtió en uno de los grandes especialistas en la preparación de los 3.000 metros obstáculos. Gente como Moses Kiptanui, tres veces |campeón mundial; Brimin Kipruto, campeón olímpico en Pekín, y el actual plusmarquista mundial, Saif Saaeed Shaheen, han corrido bajo sus órdenes. Esta semana, a los 57 años de edad, el atleta murió en su país de forma repentina tras sufrir un paro cardíaco. Queda su legado y el honor.

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