02 de marzo de 2018
02.03.2018

Niños de ocho y diez años lloran por él

02.03.2018 | 11:13

Es difícil explicarlo, tienes que haberlo vivido para poder expresar y entender lo que significa Quini para el sportinguismo. He visto estos días a niños de ocho, diez y doce años llorando por él y te preguntas cómo es posible si estuvieron lejos de haberlo visto jugar. La respuesta es sencilla: es algo que se transmite de padres a hijos. En estos últimos años en Segunda viajaba siempre con el equipo y era el más solicitado, el más reclamado, era mucho más protagonista que los propios futbolistas del primer equipo. Un icono, el más mediático. Hay que tener en cuenta que llevaba ya treinta años sin jugar al fútbol de máximo nivel, pero su influencia era máxima. El Sporting ha tenido a jugadores como Ferrero o Joaquín, pero nadie como él. Todo el mundo reconoce lo buen futbolista que fue, pero todos destacaban su faceta humana y es lógico que lo hicieran. Era amable, cercano, humilde. Esa bondad que tenía te sorprendía. Lo hacía de manera natural con todo el mundo, no se daba cuenta. Estoy seguro de que si no hubiese sido futbolista, también habría sido muy querido por esa manera que tenía de comportarse con la gente. Dejaba mucha huella. De hecho, en Getafe me pareció que Barritos (Juan Ángel Barros Botana, delegado del Deportivo) hacía algún gesto de recuerdo para él.

Cuando conocí la noticia de su muerte la verdad es que no daba crédito, ahora con las redes sociales e internet te enteras de todo al momento, pero fue muy de repente. Yo tuve la suerte de compartir varios momentos de mi vida con él. Coincidíamos mucho con los veteranos del Sporting últimamente, fui el técnico de su hijo Jorge cuando estuve entrenando al equipo de División de Honor de juveniles y, claro, jugué con él en su última etapa como futbolista profesional en El Molinón después de que regresase del Barcelona. No era el más rápido, ni el más técnico, tampoco el más vistoso, quizás, pero tenía un dominio brutal del área. Siempre me acuerdo de que cuando compartimos vestuario en el primer equipo a él le encantaba que nos quedásemos al final de los entrenamientos a centrarle treinta o cuarenta balones para que los rematase, era feliz como un niño de doce años y eso que ya iba camino de los cuarenta. ¡Cómo disfrutaba con aquello! Para mí era un orgullo y una ilusión que nos lo pidiese, ponerle esos balones, jugar con él... Una leyenda.

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