14 de mayo de 2018
14.05.2018
La semana en televisión

El telépata infructuoso

Laureano Álvarez ofreció sus poderes mentales para ayudar al Celta a ascender en 1960, inicio de la década más oscura del club vigués

14.05.2018 | 00:32
Entrenamiento del Celta en la década de los sesenta.

El Celta inició en 1959 su década ominosa. Diez temporadas consecutivas en Segunda. Una época pródiga en infortunios, vivida con la frustración de quedarse casi siempre al borde del ascenso. El cuadro celeste fracasaría en tres promociones de ascenso (1960, 1961, 1966), que el segundo clasificado jugaba contra el penúltimo de Primera; en otras dos ocasiones sería tercero en la liga regular (1967, 1968). Al fin, en 1969, el equipo vigués recuperaba la plaza entre los grandes, dejando atrás momentos realmente dolorosos.

En el verano de 1959 nada se podía intuir de ese tortuoso futuro inmediato, pero sí se sabía que la reconstrucción iba a ser costosa. El Celta, en Primera desde 1945, se había despedido de la élite dejando una bochornosa imagen, con 4 victorias y 5 empates en 32 encuentros. Se había desatado una grave crisis institucional. El presidente, Antonio Herrero, había dimitido a media temporada. Se le criticaba el fiasco del brasileño Jaburú, su gran apuesta, que resultó estar incapacitado para el fútbol y cuyo traspaso del Oporto había costado un millón de pesetas. La junta gestora, devenida en nueva directiva ante la falta de candidatos, destapó que la deuda del club había superado los cinco millones de pesetas. La suscripción popular ideada para aliviar esa delicada situación financiera apenas recaudó 150.000 pesetas.

El comienzo de la temporada 1959-1960 estuvo presidido por el goteo de jugadores vendidos o liberados, como Rojas y Mayoral, y por otro clamoroso desliz burocrático. El entrenador argentino Lúpiz dejaba el equipo en la tercera jornada. Su título no tenía validez en España. La Federación Española le obligaba a asistir a un cursillo para convalidárselo y Lúpiz, que acusaba a la directiva del error, no aceptó tal exigencia, siendo reemplazado por Albéñiz. Incluso la naturaleza se confabulaba contra el Celta y un temporal obligaba a suspender el 6 de diciembre el partido contra el Alavés. Aunque el conjunto vigués concluía la primera vuelta en segunda posición, en el entorno cundía el pesimismo. El Celta había perdido en Riazor. El Racing de Santander galopaba al frente de la tabla. "Es casi imposible que el Celta pueda aspirar al ascenso directo", se titulaba tras una derrota por 4-2 en Tarrasa el 24 de enero.

Justo en esos días el director de Faro de Vigo había recibido una carta de Laureano Álvarez Vázquez. Aunque residente en Madrid, según relataba, Laureano había nacido en Arbo y había estudiado en los Jesuitas de Vigo. Afirmaba haber tenido como compañeros de clase a prohombres de la ciudad, como los médicos Fariña y De Castro. Tras la presentación, Laureano exponía directamente su propuesta: tenía poderes telepáticos y se ofrecía a emplearlos en beneficio del Celta.

Laureano Álvarez había descubierto esa capacidad a raíz de algunos problemas psicológicos que había padecido en 1950. Buscando remedio, se encontró con El poder de la mente, un libro escrito por el ocultista e hipnotizador francés Paul-Clement Yagot. Allí se detallaban varios ejercicios mentales rudimentarios que Laureano había aplicado y que le habían permitido desarrollar su telepatía. El fútbol le pareció el mejor campo paracomprobar las aplicaciones prácticas de sus poderes. En concreto, afirmaba tener la capacidad de provocar efectos negativos en jugadores rivales tales como "imprecisión en los pases, fallos en los remates, pérdida de la combatividad y en general entorpecimiento del sistema de reflejos instintivos e intuitivos".

El psíquico ofertaba estos servicios al Celta después de que Madrid y Atlético lo hubiesen rechazado. Ante la negativa, Laureano amenazó con descentrar al merengue Di Stéfano y al colchonero Vavá. También había advertido públicamente, en declaraciones recogidas por algún periódico capitalino, que influiría negativamente en el central del Oviedo que saliese con el dorsal 5 a la espalda en un encuentro contra el Atlético. Alarcón, la víctima elegida, leyó la bravata. Su actuación fue notable, contradiciendo lo anunciado por Laureano. Alarcón revelaría posteriormente que el día antes del choque había recibido una llamada telefónica en el hotel de concentración. "Ya sé que mañana lo quieren incapacitar", le susurró una voz, en referencia a lo pronosticado por Laureano. "Usted no haga caso. Yo soy sugestionador también. Usted jugará muy bien a condición de que piense en mí y en mi influencia en el momento de saltar al campo".

Laureano no había desfallecido pese a los fracasos, el ninguneo de los clubes madrileños o las contramedidas de otros telépatas. Al Celta se le ofrecía a cambio de los gastos de viaje en los partidos en los que fuese requerido y la gratificación que la directiva estimase conveniente cuando el ascenso fuese un hecho. "Señor director: cuanto antes el Celta me invite a colaborar, más pronto asegurará el retorno a Primera", concluía la misiva.

Laureano se convertiría durante un par de meses en un personaje popular para el celtismo. Sus repetidos ofrecimientos eran puntualmente publicados. Visto que la directiva se mostraba escéptica, el telépata se ponía en manos de la afición. Aportaría nuevas pruebas de sus poderes, como una noticia que en la prensa madrileña constataba sus manejos psíquicos durante los partidos del Atlético en el Metropolitano: "Laureano Álvarez, que anunció el sábado que conseguiría que fallase Vavá en el primer tiempo y Griffa en el segundo, parece ser que ha acertado porque dicen los cronistas deportivos que Vavá falló cuatro ocasiones de marcar. Y por lo visto, Griffa se armó algunos líos en el curso del partido". El comentarista televisivo Eduardo Sancho había admitido, según un periodista: "Hay un señor que nos sugestiona desde su casa y hace que nos equivoquemos al leer".

Aunque las cartas de Laureano eran comentadas con sorna, hubo quien se tomó en serio sus poderes. Una peña céltica lo contrató para incomodar a varios jugadores del Indauchu en su visita a Balaídos el 31 de enero. El ya apodado "la pila humana" viajó a Vigo de incógnito. El partido concluyó 4-2.

El Celta inició entonces una racha victoriosa que lo reafirmaba en la segunda posición de la tabla, aunque nada se supo de nuevas intermediaciones de Laureano. De hecho, éste cayó en el descrédito al anunciar experimentos que concluyeron en fracaso, como facilitar el triunfo en el Bernabéu de un Elche que a la postre fue goleado. "Un retraso en la marcha de la telepatía, pero nunca una derrota definitiva y total", se defendía. Volvería a la carga tras un derbi madrileño. Laureano se había decantado por los rojiblancos y aunque estos perdieron, el psíquico consideraba su deber cumplido habiendo logrado que jugasen mejor que los blancos. Pues Laureano estimaba en un 25 por ciento el peso de sus habilidades sobre el resultado de un partido. Y acaso el Atlético no había cumplido con el 75 por ciento que le tocaba. En todo caso, se consideraba "rehabilitado" y hacía votos por que la buena marcha del Celta en Segunda prosiguiese.

Al Celta se le escaparía el ascenso en la promoción de permanencia con el Valladolid. Al 2-2 de Balaídos le siguió un rotundo 5-0 en el Zorrilla. Laureano había desaparecido paulatinamente de la escena pública celtista si bien en agosto visitaba Vigo para asistir a la boda de una hermana, prometiendo nuevos y más efectivos prodigios. Lo describen con "bigote y acento gallego", un soltero al que agrada "hablar mucho y beber cerveza".

Laureano aparece en las décadas posteriores emboscado entre viejas noticias de fútbol. Siempre empeñado en perjudicar al Madrid, se presenta en los hoteles de los equipos visitantes como el "único telépata-emisor especialista en fútbol" y ofrece su alianza. Lo consignan el ABC de Sevilla en 1981 y La Vanguardia en 1984, con idéntico desencanto, ya que Betis y Espanyol son avasallados por el equipo madridista. Del que curiosamente parece ser aficionado y hasta socio, pues hay quien afirma haberlo visto en las asambleas. Y debe ser el mismo que aparece en el programa televisivo "Al ataque" a comienzos de los noventa, atribuyéndose la debacle merengue en Tenerife, aunque este llamado "Laureano el Telépata" tiene acento catalán cuando mira a cámara y afirma: "Y Floro lo sabe. Y Mendoza lo sabe".

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