03 de diciembre de 2018
03.12.2018
Historias irrepetibles

Los cromos de Mickey Mantle

La decisión de una empresa de chicles de tirar al mar el excedente de 1952 convirtió en un tesoro las estampitas de aquel año del legendario jugador de los Yankees

03.12.2018 | 01:19
Mantle en un partido; en sobreimpresión, el cromo de 1952.

En Estados Unidos encontrarte un cromo de 1952 de Mickey Mantle en buen estado es algo parecido a acertar los números de la lotería. Son las piezas más codiciadas y una de las inversiones más seguras en las que uno puede invertir su dinero. Nunca dejan de revalorizarse. Y todo comenzó cuando una empresa de chicles comenzó a repartir los cromos con sus productos. Un mal cálculo en su primer año hizo que tuviesen que tirar el enorme excedente que no habían conseguido colocar en el mercado. Y eso revalorizó la tirada inicial hasta un punto inesperado.

En 1952 un veterano de la Segunda Guerra Mundial llamado Sy Berger, que había fundado la empresa de chicles Topps Gum Company, diseñó junto al dibujante Woody Gelman una colección de cromos de jugadores de béisbol que a partir de ese momento comenzaron a entregar con cada paquete de golosinas. Una iniciativa que encontró una importante acogida entre los aficionados y que mejoraron de forma inmediata la cuenta de resultados de la compañía. Los niños jugaban con ellos -muchos de ellos eran colocados entre los radios de sus bicicletas porque al rozamiento ayudaba a simular el sonido de una moto- y los adultos los coleccionaban con interés siguiendo una fiebre que había comenzado a funcionar a finales del siglo XIX, pero que había experimentado una absoluta explosión en los años treinta que fue el momento en el que los grandes fabricantes de golosinas -chicles sobre todo- comenzaron a repartirlos con sus productos. En los cromos ideados en 1952 por Berger y Gelman se mostraba en la parte delantera una fotografía coloreada del jugador junto a su firma; mientras que en la parte trasera, además de la información biográfica proporcionaban una tabla de estadísticas, otra importante novedad en comparación con lo que se había hecho hasta entonces.

La primera serie de cromos fue un gran éxito de ventas. El público recibió con alborozo la iniciativa y se dispararon los beneficios de la empresa por lo que los responsables de Topps decidieron redoblar la apuesta. Lanzaron entonces dos nuevas series de estampitas exactamente iguales que las anteriores y aumentaron el número de establecimientos en los que se podían conseguir. La idea era hacerlos más accesibles al público. Pero sucedió algo muy extraño. De repente dejaron de venderse. Los niños, por lo visto, se inclinaron por otros pasatiempos y centraron su interés en las colecciones de cromos de jugadores de fútbol americano cuya temporada estaba cerca de comenzar por lo que les resultaban más atractivos. La jugada de Berger no había los frutos esperados.

Durante los meses siguientes los comerciantes empezaron a devolver paquetes de cromos porque no tenían ninguna salida y ocupaban espacio en sus tiendas. La cuestión es que el excedente de cromos de 1952 era gigantesco y supuso un pequeño contratiempo para la compañía. Trataron en diversos momentos de ofrecerlos a menor precio, pero ya nadie sentía interés por cromos de aquella temporada. Y cayeron en el olvido mientras iban sacando las nuevas colecciones correspondientes a las siguientes temporadas. Ahí ya habían ajustado mucho más la producción en función a la demanda de los aficionados.

En 1960 la compañía de encontró con un problema operativo en el almacén que tenían en Brooklyn y tomaron una decisión radical. Los inútiles cromos de 1952 ocupaban demasiado espacio. Sacaron entonces las cajas en tres camiones de la empresa y las llevaron al puerto para cargarlas en la vieja barcaza que tenía un amigo de Sy Berger. Navegaron durante una hora y a unas pocas millas de la costa tiraron los cromos al fondo del océano Atlántico. Unas quinientas cajas se perdieron para siempre en las frías aguas de Nueva York.

Pasaron los años y los cromos de 1952, los que se habían vendido antes de que en Topps decidiesen eliminar el excedente, comenzaron a revalorizarse de un modo impensable. Sobre todo los de Mickey Mantle, una de las grandes estrellas que el béisbol ha dado en toda su historia. Había debutado en las Grandes Ligas en 1951 tras impresionar en su etapa escolar. Un cazatalentos de los Yankees de Nueva York le reclutó gracias a una casualidad. Acudió a un partido con la intención de elaborar un informe sobre un jugador y se encontró en el equipo rival a un bateador de una fuerza descomunal. Mantle manejaba maquinaria pesada en la mina donde trabajaba su padre y eso le ayudó a alcanzar su inmensa fortaleza y potencia de bateo. No hacía mucho tiempo que había superado una osteomielitis en la pierna izquierda que hizo temer en algún momento por la amputación. Pero superado ese incidente su aparición con los Bombarderos del Bronx generó una gran conmoción. No tardó en convertirse en una de las grandes estrellas de la Liga. Su cara fue una de las primeras que imprimieron en Topps en sus cromos de la colección de 1952.

La carrera fulgurante de Mantle (que fue elegido tres veces como Jugador Más Valioso y conquistó siete anillos de campeón con los Yankees) y el hundimiento en el Atlántico de los cromos hizo que el suyo se convirtiese en una pieza muy codiciada para los aficionados. Sucedió sobre todo a raíz de su retirada en el año 1969. El coleccionismo de cromos de béisbol había hacía tiempo que se había consolidado en Estados Unidos, había mucho dinero circulando en el mercado de segunda mano, pero las piezas de 1952 no podían compararse con ninguna otra. Cada año valían más dinero y eso hizo extender la falsa creencia de que los cromos de béisbol se convertirían en una gran inversión para el futuro. Eso creó una pequeña burbuja que no tardó en estallar. Solo interesaban ciertas piezas.

Por eso el mercado de cartas de Mickey Mantle nunca deja de moverse. De hecho, el Wall Street Journal escribió una pieza acerca de por qué es una de las inversiones más seguras en la actualidad, dado que su precio nunca deja de subir, incluso en las copias peor conservadas. Los cromos de Mantle de 1952 en los últimos doce años (desde 2006) han aumentado su valor un 200% con lo que se han convertido en una inversión más rentable que cualquier otra en el mercado. Ni el oro ni ninguna otra cosa es capaz de ofrecer una rentabilidad tan grande. Eso ha dado pie a situaciones realmente llamativas.

Hace unos años Evan Mathis, un ex profesional de fútbol americano, vendió su viejo cromo de Mantle de 1952 al que se catalogó con un 9 (se puntúan del 1 al 10 en función de su estado de conservación). Alcanzó un valor de casi tres millones de euros (solo superado en la historia por una pieza de Honus Wagner de 1909). Pero no fue el único. En los últimos años casi ninguno de los cromos de Mantle de aquella temporada y que se conserve en buen estado baja del millón de euros. Hace años un par de hermanos de Oregón se llevó la alegría de su vida cuando vaciaron el desván de su vieja casa. Su madre había guardado cuidadosamente las colecciones de cromos que habían coleccionado durante su infancia. Y allí, rebuscando, se encontraron que tenían cuatro veces a Mickey Mantle. No vendieron ninguno por menos de un millón de euros ya que se encontraban en un gran estado de conservación.

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