10 de diciembre de 2018
10.12.2018
Fútbol Copa Libertadores

A corazón abierto

Hinchas de River y de Boca de varios puntos del planeta muestran su pasión desbocada por las calles de Madrid en una jornada colorida y pacífica

10.12.2018 | 01:37
Arriba, panorámica del Bernabéu; abajo, las aficiones de ambos equipos.

Para muchos hinchas de Boca y de River, ayer era el último día de sus vidas. Era la Copa o la nada. El cielo o el infierno. Salir campeón o salir agachado buscando escondites para aguantar el chaparrón. En el partido de los partidos, superclásico errante durante casi un mes y vergonzantemente exiliado a Madrid, no había término medio; no lo hay en un país hiperbólico como Argentina, siempre al límite, amnésico. Si la pelota entraba, gloria. Si no, miseria. El fútbol como flotador. El fútbol como depresión.

Madrid fue ayer una gigantesca y deliciosa exageración. Las calles del centro, un horno en pleno diciembre. Hinchas de Boca y de River, de River y de Boca, elevaron los decibelios de la ciudad como no se recordaba, desbocada en una previa para grabar, pasión irrefrenable, gargantas desmedidas, sentimientos en carne viva que envolvieron la capital en una jornada apacible por soleada, colorida y, especialmente, pacífica.

Rubén Barque explica la sensación contradictoria que impera entre los argentinos: "No deberíamos estar aquí. Es un fracaso. Es nuestro gran fracaso. Pero aquí estamos. Aquí estamos porque los colores lo pueden todo". Rubén sabe de lo que habla. Le contemplan 79 años, más de 40 de socio de Boca Juniors, un sinfín de clásicos. "Me enojé, pero al final la pasión puede con todo". Rubén es bajo y canoso y viste una camiseta de Boca firmada por muchos jugadores. Fue con Boca al fin del mundo. A la Libertadores de Japón, en aquella histórica victoria del equipo de Riquelme y Palermo contra el Madrid. Está aquí con su nieta, Oriana, 20 años. Abuelo y nieta, dos generaciones a voz en grito, saltando y gritando, vibrando. "Si un día venís a Buenos Aires, acercáte a la cancha de Boca. Es esto multiplicado por mil".

Los argentinos viven el fútbol a corazón abierto. Se pudo palpar ayer, alma canchera en las esquinas invisibles de la Castellana, el balompié como relato de un país esquizofrénico cuando se trata de defender los colores de su equipo. El River-Boca es el no va más, quizá el derbi por excelencia, rivalidad electrizante de más de un siglo. Hay que verlo de cerca, hay que tocarlo, hay intentar entender una pasión infinita e inflamable, batalladora como la que más: cuellos con venas hinchadas para gritar más alto, unos encima de otros para alzar sus banderas, historias locas como la de Alejandro Estévez, 37 años, de Buenos Aires, que hipotecó sus vacaciones y las de su familia para comprar un billete y ver la final en el Bernabéu. "No podía no estar aquí", dice con un gorro azul y amarillo muy cerca de Ministerio de Fomento en Nuevos Ministerios, tatuaje de Maradona, incondicional de Boca Juniors. "Decíme qué se siente", ordena. Se siente locura de principio a fin, cientos de pancartas al aire durante horas, una melodía que te atrapa, lo lo lo, que te invita a saltar y entregarte a la causa sin saber muy bien por qué. Ni un segundo de silencio. Un pecado no mimetizarse. "Es el partido de nuestras vidas", apunta Rodolfo Séñez, 42 años, millonario de River, camiseta y bandera.

En dos kilómetros, los que separaron las fan zones de los dos equipos, cupo la esencia de esa Argentina fiestera y peleona. Medio millón de sus paisanos viven en Europa y alrededor de 300.000 de ellos en España. Pero aquí hay muchos de muchas partes. Entre ellos, residentes en Oviedo como Enrique y Maxi Steinfeld, de Boca o en Gijón como Carlos Paulín, de River. "No hay derbi como este. Pero que no pase nada", coinciden los tres.

La seguridad fue total. Furgones y blindados cada pocos metros cortando de par en par La Castellana. Agentes con metralletas, perros, helicópteros, como si fuera una zona desmilitarizada, sin coches, sin nada. Solo Boca. Solo River. Solo sentimiento.

"River es mi vida. Es mi familia. Imposible separarlo", cuenta Patricia Boetto. No quiere decir la edad, pero unos cincuenta y pico. Patricia, porteña, mirada firme, trabajó para River "en el departamento de presidencia" y está en Madrid con Florencia, con Tomás, con Laura, con Diego. "Estamos demostrando lo que realmente somos", reivindica, "gente pacífica, normal, como ustedes pero algo más pasionales". "Gracias, España", añade.

"No tratés de entender esto", dicen Sebastián Cruz y Santiago Araceli. Los dos, xeneizes, son colombianos, de Bogotá. 2.000 euros cada uno y a la final. Alfonso Chicana, más de lo mismo: "Buenos Aires-Londres-Málaga y Madrid". "Me quedé sin plata", dice.

En uno y otro lado de La Castellana, Boca a la altura de Nuevos Ministerios y River en Cuzco, las hinchadas están tan entregadas a la causa que lo de alrededor es aleatorio. No importa nada. Sólo cantar más alto y grabarlo. Entre la multitud de Boca Juniors, cámara en mano, sorprende la presencia de José Antonio Monago, expresidente de la Junta de Extremadura. Un aficionado más captando los mejores enfoques de La Doce. En el campo se espera a Messi, a Simeone? El día es histórico.

La jornada, soleada, es futbolera al máximo. Hay dos escenarios grandes, uno de River y otro de Boca. Hay DJ's. Y muchas banderas ancladas a las vallas. La gente, a tope. El ruido más. Voladores, tambores. La mitad más uno, se lee grande en el escenario de Boca. Solo te pido una locura más, dice una gran bandera de River. Bengalas cronometradas: una cada 20 minutos para que no decaiga el asunto. Y nunca decae. Huele a humo, a veces a marihuana, siempre a fútbol. El alcohol se deja de vender a las 15.30 horas, una orden, pero no es problema. La hinchada argentina se busca la vida, acostumbrada como está. Fácil: un corro para disimular, una mesa desplegada y listo para la venta clandestina.

Toca ir hacia el estadio, pero sigue la fiesta. El perímetro de seguridad es infinito. Tres controles. Nadie puede pasar con nada. Ni un ordenador. Sólo la entrada. Juan Bibiloni, 44 años, y sus hijos Bautista y Manuel (9 años), de River coinciden en un control con Mateo, Juan María y Walter, de Boca. "Que gane el mejor", se desean. Los niños se miran y sonríen. Son rivales. Nunca enemigos.

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