14 de enero de 2019
14.01.2019
Historias irrepetibles

La loca carrera de Stokoe en Wembley

El Sunderland, de moda por la reciente serie de Netflix, vivió en 1973 su último gran momento cuando siendo equipo de Segunda conquistó la Copa ante el poderoso Leeds

14.01.2019 | 00:48
Bob Stokoe levanta el trofeo de campeón.

El Sunderland se ha convertido en los últimos meses en un fenómeno global debido a la emisión en Netflix de una serie de ocho capítulos en la que se cuenta, desde dentro, el descenso a los infiernos de la Division One (lo equivalente a la Segunda B en España) de este histórico. Un equipo que consiguió su último título en 1973 con un inolvidable triunfo sobre el poderoso Leeds United de Don Revie.

La vida en el Sunderland había comenzado a torcerse a finales de los años cincuenta. Fundado en 1879 en la fría e industrial ciudad del noreste de Inglaterra, el club coleccionó títulos y gloria (seis Ligas y una Copa) hasta que se secó a finales de los años treinta con la irrupción de nuevos actores en la élite del fútbol inglés y su progresivo debilitamiento. Pero todo se complicó en 1957. El club, que llevaba un tiempo dando signos de inestabilidad en lo deportivo, se vio envuelto en una gran crisis institucional cuando una investigación de Banco de Inglaterra descubrió que estaba realizando pagos a jugadores que superaban el salario máximo permitido en aquel momento. La Liga les impuso una fuerte multa y fueron suspendidos su presidente y tres miembros de la junta directiva. El efecto expansivo de aquella polémica barrió al equipo que un año después consumó su primer descenso a la Segunda División en casi setenta años de vida.

Inició el club una etapa de inconsistencia en lo deportivo que le tuvo vagando más tiempo de lo imaginable por la segunda categoría. Seis temporadas la primera vez. Subió y volvió a descender al poco tiempo. Era como si no fuesen capaces de despertar de la pesadilla. El público seguía a su lado, pero no acababan de acertar con la composición de la plantilla para ganar algo de estabilidad.

En 1972, de forma sorprendente, el club encontró una fuente de motivación en la FA Cup. Esa temporada el sueño de regresar a Primera se desvaneció demasiado pronto hasta el punto de que en las primeras dieciocho jornadas solo habían conseguido cuatro victorias y llegaron a situarse a un punto del descenso. Eso motivó que llegase al banquillo Bob Stokoe en busca de un vuelco radical. Y las cosas comenzaron a aclararse. Escaparon de la zona peligrosa en la Liga y la Copa les devolvió la autoestima.

En las primeras rondas solventaron las eliminatorias en los replay contra Notts County y Reading. Lo mismo sucedió en octavos en un gran encuentro frente al Manchester City en su estadio tras arrancar un empate a dos en Maine Road. En cuartos apearon al Luton Town y de repente se vieron en semifinales del torneo junto al Wolverhampton, el Leeds United y el Arsenal. Sunderland se movilizó para acompañar al equipo al estadio de Hillsborough de Sheffield donde el 7 de abril de 1973 se enfrentaban al Arsenal por un sitio en la final de Wembley. Aquella tarde el equipo de Segunda pareció de Primera. Los londinenses se vieron desbordados por la fe inquebrantable de quien parecía acudir a ese duelo como víctima. Halom y Hughes pusieron por delante al Sunderland y en los últimos minutos Charlie George recortó diferencias, pero fue inútil. Sonó el pitido final y los jugadores corrieron como locos a la banda para fundirse en un abrazo con Bob Stokoe, el hombre que les había convencido de que el sueño era posible, que lloraba emocionado junto al banquillo.

En la final les esperaba el Leeds United, el mejor equipo de Inglaterra de comienzos de los setenta, el actual campeón de Copa, la obra del carismático Don Revie. Para toda la plantilla del Sunderland aquella iba a ser la primera vez que pisaban Wembley. En cambio, para los jugadores del Leeds, lleno de internacionales y coleccionistas de títulos, era habitual pisar ese sagrado escenario. Allí estaban entre otros Billy Bremner, Allan Clarke, Peter Lorimer o Johnny Giles, leyendas de su tiempo. Y en el banquillo un tipo que había construido una hegemonía tratando de emular al Real Madrid, su referente.

Los protagonistas de aquella final recuerdan que tuvieron que dejar de ver la televisión el día anterior porque se encontraron a Brian Clough y Jackie Charlton (entrenadores por entonces del Derby County y Middlesbrorough) explicando las enormes virtudes del Leeds United y los motivos por los que debía imponerse con facilidad en la final al Sunderland. "Stokoe llevaba días tratando de explicarnos que en el campo no habría diferencias y aquellos tipos nos estaban anunciando la derrota", diría después Hughes, uno de los delanteros del equipo. Hughes explica que solo tuvo un momento de debilidad. Fue cuando al pisar Wembley giró la cabeza y vio a su derecha a Allan Clarke, capitán entonces de la selección inglesa. "Me impresionó verle allí a mi lado".

Como sucediera durante todo el torneo, el Sunderland se comportó en la final con una energía difícil de igualar, algo que incluso sorprendió al Leeds United, un equipo bregado que siempre iba al límite y que hacía del carácter y la pierna fuerte una de sus señas de identidad. Pero el modesto se le subió a las barbas con rapidez y antes de que se diesen cuenta se vieron obligados a remontar. En el minuto once y tras un saque de esquina el escocés Ian Porterfield enganchó un balón suelto en el área del Leeds al que no pudo responder el portero. El milagro estaba más cerca. Más de una tercera parte de los 140.000 habitantes que entonces tenía Sunderland estaban aquella tarde en Wembley. En la ciudad se aplazaron bodas y se canceló cualquier celebración, fiesta o reunión. O estabas en Londres o delante de una televisión. El estruendo de sus aficionados tras el gol de Porterfield y sus cánticos posteriores se adueñaron del estadio. El Leeds se veía superado en el campo y también en el graderío.

En el segundo tiempo el vigente campeón apretó los dientes y cercó de inmediato la portería del Sunderland que se preparó para un ejercicio de resistencia. Fue entonces cuando apareció el otro gran protagonista de la final. Tim Montgomery llevaba desde los dieciséis años en el Sunderland. Llegó de niño y a sus treinta años había disfrutado de un ascenso y su posterior caída a Segunda. Verse en Wembley defendiendo la portería del equipo de su vida era más de lo que nunca hubiese imaginado. En el primer tiempo apenas tuvo trabajo, pero aquel partido no se entiende sin lo sucedido en el minuto sesenta y cinco. En un centro cruzado al segundo palo, Trevor Cherry remató solo. No era un gran cabezazo. Montgomery lo palmea de forma deficiente y lo deja al borde del área pequeña. Por allí aparece Peter Lorimer que remata duro, casi a placer. El portero del Sunderland, desde el suelo, salta como un gato hacia el centro de la portería y con su mano izquierda contacta con el balón con la suficiente fuerza para que el remate no le doble el brazo. El balón sale contra el larguero y se aleja. Una parada que en Inglaterra es considerada una de las mejores de siempre. El efecto de aquella intervención pareció aplacar al Leeds que atacó, pero sin tanto convencimiento. Y el Sunderland se hizo fuerte para manejar los últimos minutos ante la desesperación de los de Don Revie. A las cinco de la tarde del 5 de mayo de 1973 Sunderland estalló de felicidad. A esa hora sonó el pitido final del árbitro. Bob Stokoe, con su gabardina y su sombrero, salió del banquillo y corrió como un niño con los brazos abiertos y se fundió en un abrazo eterno con Tim Montgomery. Hacía más de cuarenta años que un equipo de Segunda no ganaba la Copa. Su triunfo ante un rival como el Leeds hacía aún más grande aquella conquista. La celebración en Sunderland tuvo que aplazarse un poco porque el equipo tenía que jugar el lunes un partido pendiente en Cardiff. Por eso no volvieron a casa hasta el martes. Toda la ciudad les esperó en las calles para un paseo triunfal que pocas veces ha vuelto a registrar una presencia tan masiva. Incluso en los hospitales sacaron a enfermos ingresados en camillas, sillas de ruedas e incluso en sus propias camas para que asistiesen a aquel acontecimiento histórico.

El Sunderland no ha vuelto a ganar desde entonces. La puerta de su actual casa, el Stadium of Light, la guarda la estatua en la que se ve a Bob Stokoe corriendo con los brazos abiertos en busca de Tim Montgomery, su ángel de la guarda aquella tarde de 1973.

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