25 de febrero de 2019
25.02.2019
La Opinión de A Coruña
Historias irrepetibles

El viejo sueño de un niño de Rotterdam

Coen Moulijn rechazó las ofertas de algunos de los grandes clubes de Europa porque su única ilusión era llevar al Feyenoord donde nadie imaginaba que podía llegar

25.02.2019 | 00:23
Coen Moulijn, el día de su último partido con el Feyenoord en De Kuip.

Les gusta a los ingleses aquello del one man club, los futbolistas que consagran su vida a una sola camiseta. Pero lejos de la Premier hay ejemplos igual de grandiosos. Uno de ellos es el de Coen Moulijn, un extremo zurdo brillante, que jugó de los diecinueve a los 36 años en el Feyenoord y al que llevó a donde solo sus sueños infantiles en Rotterdam podían imaginar.

En verano de 1961 una delegación del Barcelona se desplazó a Rotterdam con el objetivo de incorporar a su plantilla a un joven extremo de veinticuatro años llamado Coen Moulijn. Enric Llaudet acababa de llegar a la presidencia azulgrana y los técnicos le habían asegurado que aquel fino futbolista era uno de los grandes talentos que había dado Europa y que el salto de calidad de su plantilla sería gigantesco si fuesen capaces de incorporarlo. Aún faltaban años para que Cruyff llegase al Camp Nou, pero el Barcelona ya sentía una inclinación hacia el producto holandés.

En Rotterdam se vivían días de gloria. Hacía unas semanas que el Feyenoord había conquistado su primera Eredivisie y roto la hegemonía del Ajax. Habían pasado más de veinte años desde su anterior título, el del viejo campeonato de Primera División. Seguramente nunca hubiese sucedido sin la deslumbrante aparición en sus vidas de Moulijn. El extremo, al que habían fichado cuando tenía diecinueve años tras pagar 25.000 florines al modesto Xerxes, había revolucionado por completo la vida del equipo. Desde su aterrizaje en De Kuip el Feyenoord fue dando pequeños pasos, protagonizando victorias históricas como un 7-3 al propio Ajax en 1956, en el año de su debut, pero les faltaba la regularidad de no fallar ningún domingo, de no ceder ante el empuje permanente que ejercían sus rivales. Y eso sucedió en 1961, tras una temporada casi perfecta en la que además se quitaron el mal sabor de boca de la anterior temporada en la que consiguieron forzar un partido de desempate por el título que perdieron contra el Ajax. Pero aquello supuso un aviso de lo que vendría para los de Amsterdam. Por eso cuando el Barcelona llegó a Rotterdam se encontró a un equipo en pleno ataque de euforia que se negó a mantener cualquier clase de negociación. "Les recibimos por simple cortesía", fue el saludo que recibieron de los dirigentes holandeses. No había negociación posible con ellos. Los dirigentes azulgrana probaron entonces con el propio futbolista y su familia. Pero Moulijn fue aún más tajante que sus propios directivos. "En mi vida no he querido jugar en otro sitio que no fuese en el equipo de mi ciudad, en el Feyenoord". El Barcelona, dispuesto a tirar la casa por la ventaja, le ofreció algo inusual en aquella época y que aún ahora apenas se ve: un contrato de ocho años y la posibilidad de jugar en un club que ansiaba robarle al Madrid su hegemonía europea. Buen clima, fama, dinero, un estadio descomunal... el Barcelona tiró de todos sus recursos, de lo más preciado de su oferta. Pero Moulijn se mantuvo firme y les dijo que su auténtico sueño era llevar al Feyenoord a conquistar algún día la Copa de Europa. El Barcelona desistió y se marchó de Rotterdam sin el futbolista al que se situaba a la altura de Stanley Matthews por el parecido que ambos extremos tenían. A las pocas semanas Moulijn amplió su contrato con el Feyenoord por otras ocho temporadas.

No era un farol el que había lanzado Moulijn en su reunión con el Barcelona. El club, con George Sobotka en el banquillo, y el extremo liderando la ofensiva en el campo, inició la mejor década de su historia en la que ganaría la mitad de las Eredivisie que tiene en la actualidad. Cinco de las diez que han ganado en su vida llegaron bajo el reinado de Moulijn en De Kuip. Eso les convirtió en uno de los habituales de la vieja Copa de Europa, cuando solo el campeón de Liga tenía la oportunidad de aspirar al cetro continental. En su primer intento alcanzaron la segunda ronda (les eliminó el Tottenham), en el segundo llegaron a las semifinales en las que el Benfica de Eusebio les demostró que aún les faltaba un poco de cuajo para aspirar a derrotar a los grandes del continente. Algo similar sucedió en 1966 -tras el primer doblete Liga y Copa de su historia- cuando el Real Madrid les apartó del camino aunque tuvieron la posibilidad de derrotarles en la ida por 2-1 ante un De Kuip enloquecido. Pero el Bernabéu se los comió con un inapelable 5-0.

Pero el Feyenoord no desistía. En 1969 volvieron a conquistar la Liga y la Copa con Ben Peeters en el banquillo. El club tomó entonces una decisión que mucha gente no acabó de entender: cambiaron de entrenador y llegó Ernst Happel. Al mismo tiempo se incorporaron un par de buenos futbolistas que revitalizaron aún más al equipo. La siguiente temporada se centraron por encima de todo en la Copa de Europa y los torneos domésticos pasaron a un segundo lugar en el orden de prioridades. Avanzaron no sin dificultades, con alguna remontada agónica como la protagonizada ante un Milan. Y así llegaron a la final en San Siro donde les esperaba el Celtic de Glasgow. Los escoceses se adelantaron aunque el Feyenoord no tardó en igualar. El partido llegó a la prórroga y cuando parecía que se iban a citar para un partido de desempate llegó el momento más importante de su historia. Kindvall, el mejor socio que Moulijn había encontrado para sus centros, recibió un pase largo en el minuto 117 y con un toque sobrado de calidad superó por alto la salida del portero del Celtic. El Feyenoord era campeón de Europa, el primer equipo holandés en hacerlo lo que suponía una alegría extra, y Moulijn, que ya tenía 34 años, había hecho realidad su promesa, la que escucharon los dirigentes del Barcelona nueve años atrás cuando fueron en su busca. Unos meses después rubricaron el año perfecto al ganar la Copa Intercontinental a Estudiantes de la Plata.

Tras conseguir el sueño que le quedaba, Moulijn decidió que había llegado el momento de irse. Dedicó la siguiente temporada a recoger reconocimientos y homenajes, a despedirse de todos los rivales y estadios que habían sufrido sus carreras, sus centros. Dejó atrás 487 partidos con el Feyenoord, la consideración de haber sido el mejor jugador de su historia y 38 partidos como internacional aunque sin la oportunidad de disputar ninguno de los grandes torneos de selecciones. A las puertas del estadio de De Kuip está su estatua de bronce aunque los grandes aficionados del conjunto de Rotterdam les gusta visitar otro lugar muy especial. Cerca de la casa donde se crió Moulijn había una fábrica. Allí solía ir a jugar de niño, muchas veces solo, y golpeaba sin parar un muro para practicar y mejorar su técnica. Años después la fábrica se cerró y se ordenó su desmantelamiento. Pero el Feyenoord pidió que el "muro de Moulijn" permaneciese en pie. Y allí sigue, esperando a que cualquier niño vaya a pelotear al mismo lugar en el que "Mister Feyenoord" soñaba con levantar algún día la Copa de Europa.

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