21 de octubre de 2019
21.10.2019
La Opinión de A Coruña
Historias irrepetibles

La llamada del deber de Joe Hunt

El tenista norteamericano renunció a su carrera como tenista tras alistarse en el ejército, pero conseguiría convertirse en uno de los ganadores más sorprendentes de un torneo grande

20.10.2019 | 22:50
Joe Hunt, en el suelo tras un calambre, recibe la felicitación de Kamer tras ganar el Open USA.

Reuben Hunt, un abogado californiano que a base de perseverancia y de practicar casi a diario se había convertido en un gran jugador de club, tenía como gran ilusión que alguno de sus hijos triunfase en el mundo del tenis. Lo intentó con los tres que tuvo. Las niñas mayores alcanzaron un aceptable nivel sin llegar a la excelencia, pero el pequeño de la casa, Joe, no tardó en alimentar la esperanza de que la vieja aspiración familiar se hiciese realidad. Desde que su padre le puso una raqueta en las manos cuando solo tenía cinco años vio que había algo especial en él. Y el tiempo no paró de darle la razón. Pronto dejó de tener rival entre los chicos de su edad, a los diecisiete años ya había ganado los campeonatos de Estados Unidos de todas las categorías de formación y ya se encontraba entre los diez mejores tenistas del país.

Joe Hunt no tardó en convertirse en una de las grandes sensaciones deportivas del país. El carácter ofensivo de su juego, su delicada volea y su angelical aspecto físico aumentaban su atractivo. Se matriculó en la Universidad del Sur de California con la intención de seguir adelante con su carrera deportiva, pero pronto comenzó a sentir otras inclinaciones. En 1937 el mundo era un pequeño avispero y en Estados Unidos comenzaba a percibirse la sensación de que las cosas podrían agitarse en Europa con lo que las campañas para alistarse en el ejército se multiplicaron. Joe Hunt llegó un día a su casa, se sentó delante de sus padres y les comunicó que había decidido dejar la USC e ingresar en la Academia Naval para iniciar su carrera militar. En ese momento ya era el quinto mejor jugador del país y con solo dieciocho años había sido capaz de alcanzar los cuartos de final del Open de Estados Unidos donde había cedido contra el gran Donald Budge.

La noticia supuso una absoluta conmoción en el hogar de los Hunt. Especialmente para su padre que sentía cercana la posibilidad de cumplir el viejo sueño de ver a uno de sus hijos triunfar en el deporte con el que tanto disfrutaba. En el ejército era evidente que le sería imposible continuar adelante con la aventura. Podría entrenar, jugar torneos, pero difícilmente encontraría el tiempo necesario para progresar y llegar a estar al nivel de los mejores del mundo.

En la academia de Annapolis Hunt siguió practicando deporte mientras avanzaba en el escalafón militar. Jugó al tenis, por supuesto, pero también se asomó a otros deportes. Puntualmente recibía de sus superiores permisos que le permitían cumplir con algunas citas importantes del calendario tenístico. En 1939 pudo jugar una eliminatoria de la Copa Davis contra Australia y a finales de agosto solían tener el detalle de dispensarle unos días para que pudiese disputar el Open de Estados Unidos. Ahí radicaban en gran medida sus esperanzas en el mundo del deporte y las de su padre que acudía a las gradas de Forest Hills cargado de esperanza. En 1939 y 1940 estuvo a un paso de la final ya que alcanzó las semifinales donde cedió contra Bobby Riggs, uno de los grandes de su tiempo.

La promoción a la que pertenecía Joe Hunt debía graduarse en Annapolis en 1942, pero el ataque de los japoneses a Pearl Harbour en diciembre de 1941 y la inmediata entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial hizo que fuesen llamados al servicio activo antes de tiempo. Solo dos semanas después fue enviado al USS Rathburne, un destructor.El tenis pasó a ser un lejano recuerdo, un tema de conversación en los descansos en el barco y unas fotos y trofeos guardadas en casa de sus padres. En dos años enrolado en el destructor apenas pudo disputar un modesto torneo aunque, al menos, encontró tiempo para casarse con su novia de siempre.

Pero en verano de 1943 la Marina le concedió un poco más de margen para que pudiese anotarse si así era su deseo en el Open USA de aquel año. Hunt lo hizo sin dudar. Era una buena manera de regresar a su vida anterior y de apartarse de aquella fábrica de dolor y muerte que era la guerra. Tuvo el tiempo justo para meter la cabeza en un par de torneos previos para recuperar algo la forma y comenzar a jugar en las pistas de Forest Hills con alguna garantía. Con la Segunda Guerra Mundial en pleno desarrollo el americano era el único de los cuatro torneos grandes que se disputaban en ese momento y el nivel de la participación era un poco más bajo de lo habitual. Sorprendentemente en el arranque del torneo Joe Hunt parecía no acusar el tiempo de inactividad de los dos años anteriores. Incluso quienes le conocían le veían más entregado, más ofensivo que nunca. Quedaba la duda de cómo aguantaría su físico teniendo en cuenta que la organización había acortado la duración del torneo y apenas concedía días de descanso a los jugadores. Aquello no parecía afectar a Hunt que avanzó por el cuadro como una fiera. Eliminó sin ceder un set a Jack Ager, a James Brink y a Frank Parker antes de superar la semifinal contra Bill Talbert en un gran encuentro. Al fin estaba en la final del Open de los Estados Unidos, uno de aquellos sueños que su familia compartía en su casa desde que agarró su primera raqueta con solo cinco años. La final la jugaría contra Jack Kamer que, curiosamente, también disfrutaba de un permiso porque estaba alistado en el cuerpo de Guardacostas.

En ese partido definitivo Hunt encontró resistencia en los primeros sets, pero en el cuarto sepultó a Kamer con un 6-0 concluyente. Aunque en el último punto se produjo una escena sorprendente. Con bola de partido a su favor Kamer lanzó un tiro demasiado largo, Hunt iba a por él y al tiempo que se proclamaba campeón del torneo sintió un calambre brutal que le derribó. Fue incapaz de levantarse del suelo por el dolor. Kamer tuvo que acercarse a él para felicitarle y de paso ayudarle a incorporarse. Queda la duda de qué hubiese pasado en caso de que el partido hubiese durado un minuto más. En absoluto es descabellado pensar que nunca hubiese podido seguir jugando la final. De cualquier modo Hunt levantó el trofeo y su padre lloró como un niño pequeño en la grada abrazado a su madre. Al final su vieja ilusión se había hecho realidad cuando menos lo imaginaba.

Hunt se convirtió en el mejor jugador americano del ranking, pero no pudo volver a defender su corona. Un año después la Marina no le concedió el mismo permiso para acudir a Forest Hills y en febrero de 1945 la tragedia llamó a su puerta. Estaba haciendo un vuelo de prueba cerca de la costa de Florida cuando el aparato comenzó a girar sin explicación. La conexión con la radio se perdió y poco después el avión se estrellaba en el mar. La principal tesis que se manejó en ese instante es que Hunt había sufrido un desmayo y había perdido el control del aparato. Su cuerpo nunca fue encontrado. En el mundo del tenis quedó la duda de lo que podría haber sido aquel muchacho espigado en caso de que la guerra no se hubiera cruzado en su camino. Respuestas que descansan con él en el fondo del Atlántico.

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