Hace cinco años, Carlos Arévalo presenció desde el sofá de su casa cómo Saúl Craviotto y Cristian Toro se proclamaban campeones olímpicos en Río 2016 en un K2 200 metros en el que hacía solo unos meses él ocupaba uno de los dos asientos. Un lustro después, el de Betanzos reescribe su historia tras un proceso doloroso en el que no le ha faltado trabajo con ciertas dosis de superación personal para reponerse de un golpe casi letal, regatear la retirada y renacer de sus cenizas habiéndose rehecho a sí mismo. En el segundo escalón del podio, Tokio 2020 le hace justicia y el deporte le devuelve parte de lo quitado. Como si fuera culpa del karma, el propio Saúl Craviotto, su compañero en el K4 500 metros junto a Marcus Cooper y Rodrigo Germade, le colgó del cuello la plata. Subcampeón olímpico y una medalla histórica en todos los sentidos. Para Craviotto, que iguala a David Cal con cinco como deportista español más laureado, el primero de todos los tiempos en subir al podio en cinco Juegos Olímpicos. Y para Galicia, cuyo tope de éxitos estaba en los cuatro alcanzados en Londres 2012 y se va hasta los siete: Ana Peleteiro (bronce); Teresa Portela (plata); Nico Rodríguez (bronce); Iván Villar (plata); Carlos Arévalo y Rodrigo Germade (plata) y Rodrigo Corrales (bronce).

Subcampeón olímpico. Y pudo haber sido un escalón más arriba ya que el barco español luchó hasta la misma línea de llegada con el alemán por la victoria. Es más, a 50 metros de la meta la punta de su piragua, esa ya rebautizada como la Fórmula 1 del agua, todavía iba por delante, pero los teutones, campeones de todo, impusieron su pletórico final para, por 226 milésimas, ganar el oro y dejar a España con la miel de plata. Desde el primer momento en eso se resumía la prueba. Alemania o España. España o Alemania. No parecía haber más opciones en el K4 500, la prueba reina del piragüismo porque se dice que es la que mide el nivel de un país ya que hay que juntar a cuatro palistas superlativos (y que estos antepongan el equipo al yo). Ambos se habían ido retando los últimos cuatro años. Los españoles llegaban como subcampeones del mundo, pero después de batir por primera vez a su rival en la última Copa del Mundo disputada en Szeged (Hungría), un triunfo que les enseñó el camino y les hizo creer en sus posibilidades de oro.

Ese era el objetivo en Tokio. El más ambicioso posible. En la capital nipona se retaron también en la distancia, porque se evitaron hasta la final. Hace dos días, en las eliminatorias, España dio el primer golpe con un anecdótico récord olímpico, ya que era la primera vez que la distancia se disputaba en unos Juegos —hasta Río en el programa figuraba el K4 1.000 metros—. Primera de su serie y billete directo a las semifinales, sin tener que pasar por los cuartos de final. Lo mismo que Alemania. Ayer, tres horas antes de la lucha por las medallas, todavía había que pasar por la criba de las semifinales, casi un trámite, porque solo se quedaba fuera uno por serie, pero endurecidas por el contexto climatológico, con fuertes lluvias y más oleaje en el canal de Sea Forest, de agua salada y sin retorno, lo que ya de por sí generaba que las estelas de los otros barcos provocasen ondulaciones con las que se perdía la sensación de embalse. En la antesala de la final, cada uno de los favoritos tomó posiciones. Victoria en la primera para los germanos. Victoria en la segunda para los españoles. Pero esta vez Alemania incrementaba sus prestaciones, con mejor tiempo y sensaciones que el K4 nacional que, a falta de saber si se había reservado fuerzas, le había costado un poco más el final.

Y llegó el esperado cara a cara. Alemania calle cinco, España en la cuatro. Salida más fuerte del barco con el coruñés, que llegó a la primera referencia, el punto intermedio de los 250 metros, con dos décimas de ventaja, escaso margen que además, centímetro a centímetro, empezó a disminuir. Alemania, con el legendario Ronald Rauhe —que ayer, a los 39 años, se convirtió en el único en sumar medallas en cinco Juegos (ha participado en siete)—, echó el resto y sacó su casta de campeón para en un esprint final, superar en los últimos 50 metros a su máximo rival, el que más le ha forzado en todo este ciclo. Oro y plata. Como ya estaba cantado. Y con las fuerzas cada más igualadas. Eslovaquia, tercera, cerró el podio.

Atrás queda ya aquel tormentoso proceso de selección que, por otra parte, sirvió de espaldarazo y confirmación de Carlos Arévalo. Porque entre toda la polémica, lo único que quedaba fuera de ella era el absoluto dominio del palista del Ría de Betanzos. Arévalo había entrado en el K4 en 2019 por la baja a última hora, a escasos meses del Mundial, de Cristian Toro. La plata exprés subió la cotización del coruñés, pero la pandemia le obligó a esperar más de un año para refrendar su puesto. Y lo hizo con contundencia. El mejor en todas las pruebas, tanto de 200 como de 400. Presente en todas las combinaciones para el K4, lo que ya decía que el técnico Miguel García había depositado toda su confianza en él. Respondió con la plaza individual (K1 200) y la colectiva (K4 500), de las que regresa de Tokio con un diploma (quinto en K1, a dos décimas del podio aunque no la había preparado) y con una plata que afianzan el camino hacia París. Craviotto, de hecho, no cerró ayer la puerta a seguir haciendo historia. Quedan tres años, pero sabe que con el betanceiro ha sellado un poderoso aliado.