Nos están tomando el pelo. Usan el VAR cuando les da la gana, como quieren, sin sentido. Tras el escándalo del Carranza, Iglesias Villanueva pidió perdón por abstenerse en un fuera de juego clarísimo que perjudicó al Cádiz. Un oasis de sinceridad en la opacidad en la que vive el colectivo arbitral. Muy bien, para aplaudir. Pero, ¿qué pasa con lo de ayer en el Camp Nou? Pasaron de revisar la dura entrada de Dembélé, un plantillazo claro, nítido, evidente. ¿Roja? Eso mascullaba el francés temiéndose lo peor, su mirada lo decía todo. Pero nada. ¿Cómo puede ser? El Barça no necesita favores. Ni el Barça, ni el Madrid, ni nadie. Que hagan justicia. Es lo que se les pide a los árbitros, nada más. Ah, y un poquito de coherencia. No puede ser que en una jornada una mano sea penalti y otra acción exactamente igual pase desapercibida en la siguiente. Que se aclaren de una vez porque los errores se acumulan, como la amarilla de Lamela en el minuto 44 del Sevilla-Cadiz. Eso marca un partido. ¿Sabéis lo peor de todo? Que luego sale Medina Cantalejo, el jefe de los árbitros, presumiendo de un noventa y siete por ciento de aciertos. ¿A quién quieren engañar?

Ahora tienen un monitor delante, todas las cámaras del mundo, la tecnología más avanzada (el árbitro de campo ya pinta poco, el asistente aún menos) y pueden revisar las acciones doscientas veces y con todos los ángulos posibles. Pues ya que paran el fútbol, ya que el VAR interrumpe hasta las celebraciones de los goles… que acierten. No es mucho pedir, digo yo. El caso es que ya ha empezado el debate de si el VAR sí o el VAR no.

No nos equivoquemos. Esto no se trata de las máquinas, no. El problema está en los humanos con un criterio que cambia según les da el aire. Las nuevas tecnologías están para ayudar, no para perjudicar al espectáculo. Se está perdiendo la emoción, el fútbol de verdad, la intensidad. No podemos caer en la trampa. La tecnología tiene que intervenir en los fueras de juego, en los penaltis clarísimos y en las entradas que supongan riesgo para el rival. Protejamos el espectáculo. Los árbitros no deben ser enemigos del fútbol. Tienen que estar para ayudar, no para destruir.