La primera fase de la Liga Europea de hockey sobre patines, que terminó ayer en Luso (Portugal) confirmó lo que desde hace años es una tendencia: la brecha de calidad entre la liga portuguesa y la española, unida también al abismo económico que separa a los clubes de un lado y otro de la frontera ibérica —a excepción, por supuesto, del Barcelona—. Solo había que darse un paseo por los alrededores del hotel de concentración de los equipos para ver la diferencia, para la que no hacía falta ser un entendido. Aparcados allí, frente al enorme edificio que albergó el formato burbuja para las nueve delegaciones, los autobuses de Porto, Barcelos, Oliveirense, Sporting y Benfica. Enormes. Portentosos. Con los colores y serigrafías de sus clubes. Una declaración de intenciones y una intimidación sobre ruedas. Marcando paquete. A la altura de los trasatlánticos a los que representan. Tres clubes de fútbol. Otro el capricho de un multimillonario empresario y el último con una larga tradición. Talonario, estructuras profesionalizadas, una liga competitiva cada fin de semana y grandes aficiones detrás —algunos ultras del Barcelos se desplazaron ayer a Luso solo para ver el partido contra el Porto desde el exterior del pabellón ya que la competición era a puerta cerrada—. La fórmula portuguesa obliga a reflexionar. Y convierte en más necesaria que nunca el formato de la Liga Europea que la EHCA quiere imponer para la próxima temporada.

Durante tres días de competición, según pasaban los partidos, el sentimiento era unánime. La superioridad portuguesa era total. El Noia consiguió empatar contra el Barcelos, pero perdió contra el Porto; el Liceo cayó frente al Benfica, lo mismo que el Barcelona, y el Reus cedió sus dos partidos, contra Sporting y Oliveirense. Un abismo que empezaba en la confección de las plantillas. Las portuguesas, igual que la del Barcelona, están compuestas por dos quintetos iniciales completos. Da igual quien juegue de inicio o salga desde el banquillo. El nivel nunca baja. El Noia solo tenía para dos rotaciones. El Reus otras dos y el Liceo, tres. El Benfica incluso se pudo permitir el lujo de dejar a Carlos Nicolía, considerado uno de los mejores jugadores del mundo, en la grada. Como el Barcelona, que partido tras partido tiene que hacer un descarte —Llorca lo fue en los dos de Luso—.

Pero no solo es el dinero el que marca la diferencia. Tienen a los mejores jugadores y la liga más competitiva, con partidos importantes cada fin de semana y en la que no hay las diferencias y escalones que hay en la española, donde al Barcelona solo puede seguirle el ritmo el Liceo, como mucho el Reus. En Portugal sería imposible el dominio abrumante y soporífero de los culés, que en Luso fueron víctimas de su propia medicina, de lo que ha provocado y promovido en España. Su paseo por la competición doméstica no le prepara para la que se va a encontrar en Europa. Hasta ahora resistió. Pero Luso fue la escenificación de la humillación.

Final a cuatro completamente portuguesa

El Barcelona llegó a la última jornada de la Liga Europea como el único superviviente español y con opciones de meterse en la final a cuatro del próximo mes de mayo. Pero igual que el día anterior el Liceo, los azulgrana se vieron destrozados por el Benfica, que se impuso por 6-2 y certificó una final a cuatro completamente portuguesa. Antes habían sido el Porto, el Oliveirense y el Sporting los que habían sellado su pasaporte, de nuevo para Luso, ya que repetirá como escenario de la final a cuatro. Todo queda en casa. El primero fue el Porto. En el grupo A, el Barcelos solo tenía una pequeña opción si conseguía ganar al Porto. Los dos equipos portugueses, de máxima rivalidad, no pasaron del empate (3-3), lo que le dio el pase a la final a cuatro a los segundos. En el grupo B las cuentas salían más fáciles. Tanto al Sporting como al Oliveirense les beneficiaba un empate. Los dos habían ganado en las jornadas previas al Reus, arrastraban el mejor golaverage y cuatro puntos permitirían a uno ser primero y a otro clasificarse como mejor segundo. El partido fue una locura. En siete minutos se habían marcado cinco goles. La intensidad se mantuvo hasta los cinco minutos finales en los que, con 6-6 en el marcador, no se les vio con demasiada intención por jugar. Una entente cordiale que dejaba todo en manos del Benfica, al que también le llegaba con empatar pero no se conformó y completó la humillación de Portugal a España con una goleada al Barcelona.