¡Cuántas ganas había de Copa del Rey y de la Reina! Aunque con la mascarillas no se puede ver las sonrisas, no hacía falta. Ambientazo dentro del Palacio de los Deportes de Riazor. Ambientazo fuera. Demasiado ha robado ya el coronavirus. Y aunque con restricciones, era el momento de celebrar el reencuentro, entre jugadores, entrenadores, árbitros, directivos. Juntos de nuevo. Pero sobre todo para el público. Volvieron los bombos al pabellón coruñés. Una fiesta por y para todos. Inclusiva. Con un palco reservado para las personas con movilidad reducida —están invitados por el Liceo los jugadores del AD Barberá del Vallés—. Y con el programa Escoita llevando los partidos a los oídos de cinco discapacitados visuales por primera vez en la historia del hockey sobre patines.

Desde primera hora de la mañana había movimiento. Y eso que el partido inaugural se disputó a las 10.30 horas. La grúa todavía se llevaba a los últimos coches rezagados mientras empezaban a instalarse las carpas de los patrocinadores. Dentro empezaba la competición y con ella también algunos problemas de colocación en la grada. Y es que los equipos podían asistir a los partidos —en Luso, en la Liga Europea, por ejemplo, los jugadores tenían prohibido estar en las gradas— pero tenían que hacerlo desde las zonas indicadas para ello, dos de las esquinas del pabellón y además respetando las burbujas de los hoteles de concentración. La mitad de los equipos están en uno y la otra mitad, en otro.

Faltaban pocos detalles. Desde la fruta en los vestuarios, una costumbre iniciada por el Liceo, que recibe así a los que visitan su feudo, y seguida por otros equipos de la liga. Y es que en el Palacio hubo sesión de desayuno, comida, merienda y cena. In crescendo. Cada vez más espectadores. Al Manlleu-Telecable Gijón se acercó, aprovechando la cercanía, mucho público asturiano con banderas mientras la megafonía les agasajaba con el Asturias, patria querida. Pero el plato fuerte era evidentemente el Liceo-Voltregá de la noche y el Palacio a tope de su aforo reducido.

Fuera, durante toda la tarde, bajo el sol que Sergio Tomé, speaker de la competición, prometió que estaba pedido en el sorteo, los más pequeños tuvieron su particular versión de la Copa. Más de cuatro horas ininterrumpidas de hockey sobre patines sobre una pequeña pista instalada en la explanada del Palacio de los Deportes de Riazor. Los niños y niñas no se cansaron de jugar, casi al rey de la pista, entraban unos y salían otros, a veces incluso con espectadores de lujo, los propios participantes en la Copa, que al entrar y al salir se quedaban a disfrutar con la diversión pura que solo tienen ellos. Mucho movimiento. Negocios hosteleros, que tanto han sufrido en este tiempo, beneficiándose de ello. Un espectáculo con el que todos ganan.