En aquellas disciplinas en las que hay unos jueces que con sus puntuaciones deciden las posiciones de los deportistas, siempre hay polémica y unos países que, por su mayor tradición, salen beneficiados. ¿Son los chinos los mejores saltadores? Sí. ¿Son las rusas las mejores en natación artística? También. Pero a un salto, a un ejercicio igual, tendrán siempre unas décimas más de puntuación por la bandera que acompaña a su nombre. Para ganarles, como hicieron hace unos días los británicos Tom Daley y Matty Lee a los asiáticos en la final de sincronizados desde la plataforma de 10 metros, hay que rozar la perfección. Y esto es así desde que el mundo es mundo y el deporte es deporte. Tengo amigos árbitros y jueces —sin que a suene a la típica excusa de “no soy homófobo/racista/machista porque tengo un amigo homosexual, negro y ayudo a mi mujer en las tareas de casa”— y no quiero que se me enfaden. Con esto lo que quiero decir es que Cuba es una potencia en boxeo, Julio la Cruz una institución, y para ganarle había que hacer algo más que ser superior. Porque a igualdad de condiciones... la moneda va a caer del otro lado.

Lo que resulta chocante es que en el siglo de la tecnología no haya un sistema más justo para determinar cuántas veces un boxeador toca al rival, algo parecido al taekwondo, con esos petos que no dejan lugar a las dudas, o una revisión en vídeo, que ya está instalada en muchas otras disciplinas, que ayude a revisar bien las puntuaciones. ¿Es justo que todo el trabajo de cuatro años dependa únicamente de lo que decidan cinco señores sentados en una silla? Bueno, ellos han estudiado y pasado también muchas pruebas para llegar hasta donde están. Pero después, pasa lo que pasa. Y lo peor, que se pierde en credibilidad.