La halterofilia coruñesa tiene cuatro Reyes Magos. Melchor, Gaspar, Baltasar y Ferenc Szabo. El entrenador húngaro llegó a la ciudad el 5 de enero de 1991 para cambiar el deporte coruñés para siempre. El primer día apenas había niños entrenando en los bajos del pabellón de Riazor. Pero dio con el plan maestro para darle la vuelta a la situación: un sistema de captación en los institutos. De ellos salieron los rostros, ya cerca de treinta, que figuran en el muro de los campeones de la sala de entrenamiento de la Casa del Agua. Ahora A Coruña está a la vanguardia de la halterofilia nacional e internacional. Y el Concello se lo acaba de reconocer al ponerle su nombre a un trofeo internacional que empezará el próximo año. “Para mí es raro, pero si sirve para promocionar el deporte base, que siempre ha sido mi preocupación, bienvenido sea”, opina.

Estos reconocimientos animan a echar la vista atrás, a valorar el camino. En el caso de Ferenc Szabo son treinta años, aunque ya había hecho un trabajo previo en su país como entrenador del Ejército y después, de la Federación, desde donde envió a dos de sus pupilos a los Juegos Olímpicos. Su palmarés y su conocimiento del castellano le abrieron las puertas de España en un momento “revuelto” en Hungría coincidiendo con la caída del muro de Berlín. “Se preveía que ya no iba a ser tan fácil vivir del deporte como con el comunismo, que suponía una buena salida y con resultados te proporcionaba un bienestar relativo. Mi mujer y yo decidimos que antes de la incertidumbre, mejor aceptar. También éramos jóvenes y teníamos ganas de conocer el mundo”, recuerda. Ya había perdido un trabajo en Castilla y León el año anterior y no dejó pasar el tren hacia A Coruña. “La ciudad solo me sonaba por un trofeo de ajedrez muy prestigioso y salía en el periódico en Hungría”, reconoce. Aunque las fotografías que le adjuntaron desde la Federación Gallega fueron la mejor carta de presentación.

Peor fue el escenario que se encontró. “Llegué a entrenar y había dos o tres. Me explicaron que pillé un cambio generacional, que se habían retirado los que había y no venían chavales. Durante varios años me recorrí cada fin de semana Galicia intentando buscar soluciones, pero no veía los resultados. Salía algún resultado. Pero faltaba lo importante, una masa de deportistas”, continúa. Todo cambió cuando encontró el método. La única manera de atraer a los adolescentes era ir a buscarlos. ¿Y dónde están los chavales? En los institutos. Sus primeros acercamientos no fueron los esperados. “Les parecía sospechoso eso de que quisiera ver a los niños”. Pero estas casualidades de la vida le llevaron a cruzarse con una funcionaria del Concello a la que le contó la idea y le facilitó las puertas a las que llamar. De eso hace ya veinte años. “Ahora cada año están esperando a que vuelva”, dice.

Lo primero para hacer las pruebas era escoger la edad y fijó en los 12 ó 13 años, lo correspondiente a Primero de ESO en la actualidad, como la adecuada. Después, seleccionar las pruebas de velocidad, fuerza explosiva y coordinación. A cada una le corresponde una puntuación y con ellas hace un ranking de los cerca de mil niños que ve cada año. “A los mejores les escribo una carta de invitación para que venga, aunque siempre insisto que puede venir el que quiera”, comenta. El ojo no suele fallar. “Encontramos con bastante acierto a los niños que, en dos años, serán como mínimo medallistas en un Campeonato de España”, insiste y cuenta una anécdota. “El primer instituto que fui, en la primera clase y el primer niño que salió, que hacemos las pruebas por orden alfabético, hizo unas maravillas que me quedé alucinado. Pensé, ¡si el primero es así, cómo serán los demás!’. Pero indudablemente fue el mejor de aquel año”.

Aquel niño era Víctor Castro, hoy uno de los mejores halterófilos de España, no obstante acaba de participar en el Campeonato del Mundo absoluto y entre su palmarés figura un título de campeón de Europa sub 23. Y vendrían más como Irene Martínez, Irene Blanco, Ruth Fuentefría o Paula Canedo, todos ellos medallistas a nivel internacional. Pero para eso la halterofilia ha tenido que ir derribando barreras. De prejuicios. “Algunos padres me dicen aquello de que con las pesas se quedan pequeños y me llevo los más grandes a las captaciones”, bromea. Y también barreras materiales. “Estuvimos en sitios imposibles. Cuando nos echaron de los bajos de Riazor para arreglarlos, nos llevaron de hueco en hueco, cambiando cada dos por tres, nos metieron debajo del tejado del frontón de Riazor, donde cagaban las gaviotas encima, en huecos en las gradas e incluso en un vestuario del frontón, sitios reducidos, a veces incluso inventados, hasta que nos dieron el espacio en el que estamos en la Casa del Agua que es una maravilla y supuso un gran impulso”, enumera.

Los resultados se acumulan. A nivel deportivo, donde quizá solo falte la guinda de los Juegos Olímpicos y señala a Irene Martínez como la candidata ideal para París 2024. Pero también a nivel social. Los chicos que van a entrenar están en una edad complicada. El tiempo que pasan allí no lo hacen en otro lugar más problemático. “Tenemos convenios con la Fundación Emalcsa para utilizar el deporte como arma de intervención social, sacar a los niños de la calle y también ayudar a aquellos en situación de vulnerabilidad. Colaboramos con instituciones como la Cocina Económica, Meniños, Casco, Servicios Sociales del Concello, que nos derivan niños. Estamos como en familia y el gimnasio tiene su atractivo. Se lo pasan bien, hacen amistades. Y cobrar no cobramos nada, más económico imposible”, sostiene. Él es una figura paterna para ellos. Ellos, como sus hijos. “Bueno, estos de ahora ya más bien como mis nietos”, concluye.