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halterofilia

Irene Blanco renace en casa

Alejada de los principales centros nacionales de entrenamiento, la coruñesa, campeona del mundo juvenil, recupera en A Coruña su mejor versión

Irene Blanco, ayer, en la Casa del Agua.

Irene Blanco, ayer, en la Casa del Agua. / Carlos Pardellas

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“El nivel deportivo no está en un sitio, está en ti”, le dijo Ferenc Szabo a Irene Blanco, “vuelve a casa, donde hay gente que te quiere”. Fueron las palabras que sirvieron a la campeona del mundo coruñesa de halterofilia para romper el año pasado con una situación que para ella estaba siendo insostenible en el Centro de Alto Rendimiento de Madrid tras una ruptura sentimental. “Tanto el entrenador como el director de la residencia no hicieron nada para ayudarme, sino todo lo contrario”, denuncia. Y llegó el momento de hacer las maletas y volver a cambiar su vida para regresar a casa, donde creía que costaría más mantener el nivel deportivo. Los resultados dicen lo contrario ya que el fin de semana logró la mínima para el Campeonato del Mundo júnior, que será dentro de dos meses en Grecia. Con 20 años, será el último para ella y quiere cerrar esta etapa de la mejor manera posible. “Si ya pude hacerlo una vez, ¿por qué no más?”, se pregunta.

Irene Blanco y Ferenz Szabo, el domingo, después de lograr la mínima para el Mundial.

Irene Blanco y Ferenz Szabo, el domingo, después de lograr la mínima para el Mundial. / La Opinión

La reacción cuando mantuvo por encima de su cabeza los 113 kilos que le daban la mínima fue de absoluta felicidad. También de alivio. “Íbamos a por ello”, reconoce, aunque sí hubo un cambio de planes en el peso: de 81 kilos pasó a 76. Porque todos los problemas a los que tuvo que hacer frente el último año se le añadió uno de salud. En agosto, una infección grave le mantuvo en el hospital durante una semana. “Estuve bastante mala”. Perdió diez kilos y ahora no consigue subir de peso, aunque tendrá que hacerlo para el Mundial. “Supongo que competiré en 81, porque me encuentro más cómoda y conozco a las rivales”, dice. Pueden ser las mismas de hace tres años en el Mundial juvenil, cuando se colgó tres medallas de oro. “Cuando salgan las listas veré si puedo ir a por ello y si no, la intención es hacerlo lo mejor posible”, responde.

Se perdió el del año pasado. Con polémica. Casi un castigo, otro, de la dirección técnica que no le había ayudado con su problema en Madrid. “Utilizaron un criterio más personal que deportivo, injusto cuanto menos. Me escribían de páginas internacionales de halterofilia para preguntarme si estaba lesionada. Nadie se lo explicaba. Y yo ya no sabía qué contestar. Con mi marca hubiese quedado segunda”. Todavía se le nota la decepción. Porque le había ocurrido algo similar unos años antes cuando no pudo ir al Europeo de Kosovo por cuestiones políticas —España no reconoce el país—: “Me acuerdo perfectamente que ese día entrenando había levantado 85 y 105 kilos y después vi la competición por la tele y se ganó con 72 y 90. Me puse muy triste”.

Ahora la dirección técnica de la Federación ha cambiado, en parte por lo ocurrido con ella. Hay mejor sintonía y ha puesto una mínima razonable. “La de este año es 207 y la del pasado era 225. Quiero quitarme la espina y demostrar que se equivocaron conmigo”, señala. Ella también es otra con su nueva vida en A Coruña. Decidió no presionarse con los estudios. Va a la Escuela de Idiomas, donde aprende inglés e italiano, y saca al carnet de conducir, lo que compagina con las dos sesiones diarias de entrenamiento en la sala de la Casa del Agua. “Lo que más me cuesta es la constancia. En Madrid no te queda otra que ir a todos los entrenamientos y siempre hay alguien supervisándote y aquí no, por eso es más difícil sacar la fuerza de voluntad”, admite, “pero aquí llevo una vida plena emocional, con mis amistades de siempre, con el gran ambiente de compañerismo que hay en el club y con Ferenc, que es como un padre”. El entrenador húngaro sí que le cambió la vida: “Cuando vino a mi instituto a hacer las pruebas le dije que como era gordita, no valía para el deporte. Él me respondió que sí y que iba a ser una campeona, que tenía un cuerpo perfecto. Nunca me habían dicho algo así. Aquella niña de 13 años nunca hubiese creído que cinco después iba a ser campeona del mundo”.

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