La Torre de Hércules es uno de los elementos que se pueden ver dibujados en el stick personalizado de Pablo Álvarez con los que quiso reconocer esos siete años que pasó en A Coruña, a donde llegó desde su San Juan (Argentina) natal como un adolescente para crecer personalmente y deportivamente y marcharse, con destino al Barcelona —como muchos otros compatriotas suyos durante la década pasada: Carlos López, Reinaldo García, Lucas Ordóñez, Matías Pascual—, convertido en uno de los mejores delanteros de la época. Porque en sus siete temporadas, en la que la primera apenas cuenta —solo jugó un par de partidos subiendo desde el júnior—, le dio tiempo a entrar en el top de máximos goleadores de la historia verdiblanca, en el puesto noveno, con 229 dianas. Una inspiración que nunca se le va cuando se enfrenta a su exequipo, como si la ciudad y el Liceo fueran su talismán. Con los azulgrana marcó 37 goles cada vez que se veía las caras contra los coruñeses. Ayer era la primera vez —salvo el partido de pretemporada en Lisboa— que lo hacía con su nueva camiseta, la roja del Benfica. Y el resultado siguió siendo el mismo. Cuatro goles más en su cuenta personal de verdugo. Y ya son 41. Es el segundo jugador en activo que más veces ha perforado la portería liceísta por detrás de Marc Torra, ex del Barça y del Reus y ahora en el Oliveirense, que ha anotado 45. Ambos todavía están lejos de la máxima pesadilla verdiblanca personificada en Beto Borregán, líder de esta lista con 61 tantos.