“¿Y ahora esto dónde se celebra?”, preguntaba ayer un niño en las puertas del Palacio de los Deportes de Riazor. Las cerca de 500 personas que se acercaron ayer al pabellón para ver en familia el partido del Liceo en Reus a través de la pantalla instalada por el Concello se resistían a marcharse así, sin más. Porque había mucho que festejar. Los aficionados verdiblancos habían tenido que sufrir, pero según fueron pasando los minutos del segundo tiempo y se veía cada vez más cerca la victoria y con ella, el título de liga, empezaron a soltarse. “¡Cinco, cuatro, tres, dos, uno!”, llevaron la cuenta de los últimos segundos para desatar, entonces sí, toda la euforia después de la tensión acumulada. Besos, abrazos y bufandas al aire al grito de “¡campeones!”. Aunque solo se gritara a una pantalla, la emoción era la misma. Ahora solo queda una gran fiesta entre equipo y afición. Ambos la tienen más que merecida.

Euforia verdiblanca en la distancia María Varela

La jornada había empezado con rock and roll mientras se esperaba que aparecieran las primeras imágenes en la pantalla. Ya casi sobre la bocina, la conexión con la Televisión de Galicia arrancó y empezaron los primeros aplausos. Tímidos. Había que dosificar. No convenía gastarlo todo junto porque iba a ser largo. Las primeras ocasiones del Reus causaron sufrimiento pero el penalti que tiró Carballeira encendió los ánimos. El tanto de Salvat volvió a rebajarlos. Era un sube y baja constante. Porque los dos goles seguidos a continuación del Liceo dispararon la ilusión. El tanto de Marc Grau, el primero, se celebró con un poco de retardo. Prácticamente no se vio si la bola entró o no. Todo lo contrario que, a continuación, el de Álex Rodríguez.

Euforia verdiblanca en la distancia

En el descanso tocaba reponer fuerzas. Quedaban veinticinco minutos para animar y los aficionados querían que sus voces viajaran a través de los mil kilómetros de distancia que les separaban de los suyos. Incluso se abucheaba y hacía ruido cuando tiraron a bola parada los del Reus, intentando intimidar. Los nervios se erizaron con el 2-3 marcado por los rojinegros, pero ayer tocaba celebración. Dos goles más para poner la sentencia y dejar unos últimos minutos en los que el reloj jugó una mala pasada a los aficionados, porque empezó a contar hacia adelante en vez de hacia atrás y después se paró. Así que de dos minutos se pasó a que quedaban solo 58 segundos; y también la televisor dio un susto cuando la pantalla, a poco del final, amenazó con ponerse en stand by.

Euforia verdiblanca en la distancia María Varela

El Liceo no estuvo solo. Ni aquí, ni allí. Había una pequeña curva verde que resistía en medio del rojo de la grada reusense. Muchas caras conocidas de la afición de cada fin de semana en el pabellón. Familiares de jugadores. E incluso Zach Monaghan, que ya había estado en el Palacio de Riazor la semana pasada y viajó hasta Reus.

Euforia verdiblanca en la distancia