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La Opinión de A Coruña

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Rubén Río: o deportista de alto nivel o cojo para siempre

El coruñés, campeón del mundo júnior y jugador profesional en la liga francesa, obligado a retirarse con 25 años por una complicada lesión de rodilla

Rubén Río posa en la plaza de María Pita. | // CASTELEIRO/ROLLER AGENCIA

–¿Qué se le pasará por la cabeza cuando lea la entrevista y ponga exjugador de balonmano?

–Me va a doler.

–Terapia de choque.

–Mi mayor problema es que sigo teniendo esa pequeña esperanza de que aparezca un médico que diga: “Esto lo arreglo yo”. Pero eso es imposible. Y es lo que hay.

–¿Y el de Rafa Nadal?

–El mes que viene voy a un cirujano muy importante en Madrid. Pero es que nadie me da esperanzas. Es lo que hay.

“Es lo que hay”, repite una y otra vez, casi como un mantra, durante más de media hora de conversación. Poca explicación más hay a lo que le ha tocado asumir a Rubén Río. El jugador coruñés, un portento físico de 190 centímetros y 80 kilos, una de las promesas del balonmano nacional que se proclamó campeón del mundo júnior en 2018 y que se fue a Francia a vivir como profesional con el objetivo de ganarse un puesto en los Hispanos, ha tenido que retirarse con solo 25 años después de haberse pasado los dos últimos a vueltas con una complicada lesión de rodilla que tras infiltraciones, una operación y distintos tratamientos avanzados como con plasma y ácido hialurónico, le devolvieron a la casilla de salida. Porque el dolor le estaba empezando a afectar a su vida diaria. “Me dijeron que o paraba o me quedaría cojo para siempre”, dice. “Y ahora mismo no puedo correr ni para jugar una pachanga con mis amigos”, apunta. No le quedó otra que, recoger los bártulos y volver a casa.

La pesadilla comenzó hace ya más de dos años, como la pandemia. “Fue en el último partido antes de que nos confinaran a todos”, recuerda. Todavía estaba en el Valladolid —su segundo equipo en la Asobal, el primero fue el Gijón, a donde llegó de su club de formación, el Ártabro—. “Se me cayó un compañero de mi equipo encima de la rodilla y yo ya me di cuenta de que había pasado algo”. Sin embargo, las pruebas médicas solo revelaron un edema óseo, una lesión que en teoría en un mes tenía que estar olvidada. Aprovechó el parón forzado de las competiciones para hacer reposo, pero cuando en verano empezó en A Coruña la preparación física notaba que algo no iba bien. “No podía correr y ya habían pasado cuatro meses. Y me tenía que ir a Francia”, confiesa. Porque hacía meses que se había comprometido con el US Ivry parisino para jugar como profesional, una oportunidad única... que casi no pudo aprovechar. Al poco tiempo de llegar se reprodujeron los problemas en la rodilla y las pruebas fueron contundentes: tenía un agujero en el cartílago.

“Ya no me dieron muchas esperanzas. Empezamos con infiltraciones para ver más que nada cómo iba evolucionando porque mejorar no iba a mejorar. Lo único que quedaba era operar y tampoco me daban mucha fiabilidad, era como un 50% de quedar bien o mal”, explica. “Estuve jugando tres o cuatro meses infiltrado, pero al final ya ni eso valía y me operaron en enero de 2021. Estuve dos meses y medio sin apoyar la pierna, fui a un centro de rehabilitación interno... y cuando volví a jugar, a los diez meses, solo aguanté una semana bien. A nada que empecé con los contactos y los cambios de ritmo fuertes, me volví a hacer daño, me repitieron las pruebas y salió que me faltaba cartílago por muchas otras zonas. Y ya me dijeron que lo mejor era que parar para no quedarme cojo de por vida”, relata.

Duro. Muy duro. “Al principio no quería asimilarlo”, reconoce, “porque es algo que siempre escuchas que le ha pasado a otras personas pero nunca piensas que vas a ser tú, aunque siempre existiera esa posibilidad”. Si la mayoría de deportistas profesionales necesitan ayuda para la transición a su vida normal después de la etapa competitiva, y cuando esta es precipitada y forzada el trauma se multiplica. “Voy a un psicólogo todas las semanas”, admite. Aún está en el proceso de duelo.

“Los deportistas de alto nivel, aunque no seamos de fútbol o baloncesto, vivimos en una burbuja”, valora, “exige muchísimo entrenador todos los días, jugar los fines de semana... pero no nos tenemos que levantar de madrugada para trabajar ocho horas todos los días”. Esa es la realidad con la que choca ahora que no solo se ha hecho oficial su retirada, sino que le ha tocado hacer la mudanza de París a Oleiros. “Antes venía solo de vacaciones y ahora pienso ‘es que me voy a quedar aquí’. Y eso hace que le dé muchísimas vueltas”, dice.

Le cuesta, de momento, pensar en el futuro. Porque es otra de las particularidades del deportista profesional, que convive siempre con una meta que se convierte en la brújula que guía sus pasos en el día a día. “Cuando me fui para Francia lo hice pensando en llegar a la selección absoluta. Después de estar toda la vida con este tipo de metas, ahora mismo no consigo fijarme un objetivo, no sé qué quiero conseguir ahora. Con el tiempo, todo irá fluyendo”, comenta.

Ni siquiera puede pensar en balonmano: “Ahora mismo quiero cortar por lo sano un tiempo, mientras dure este duelo. Cambiar el chip de ser de un día para otro jugador de elite a entrenador de niños... es un proceso. Pero sé que después seguro que voy a querer seguir vinculado con el balonmano, completamente seguro”. Y mientras, pasar página. “No puedo quedarme en el ‘¡ay, pobriño, qué mala suerte tengo!’ Vale, lo he tenido que dejar. Pero ya está. A otra cosa”, parece que se dice a sí mismo.

En casa, donde se siente arropado, será un poco más fácil. “Mis padres siempre han estado ahí. Cuando las cosas van bien quizás te olvidas de llamar a casa pero cuando todo va mal, llamas todos los días”. Tiene soporte familiar y de amigos. Y también el de los recuerdos de una carrera, sí, corta, pero completamente satisfactoria. “Siempre fui dando pasos hacia adelante, nunca para atrás, hasta lo de la lesión”, pone en valor. “Y es cierto que retirado a los 25, a los 35 o a los 40 años, siempre voy a seguir siendo campeón del mundo júnior. Y además cómo y donde ganamos, en Argelia ante 15.000 personas con un ambiente increíble. Son recuerdos para toda la vida”.

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