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Baloncesto | Primera FEB

A Coruña, la ciudad que vive, sueña y palpita en color naranja

La afición del Leyma Coruña ilumina una jornada de fiesta del baloncesto gallego que terminó de forma amarga | El Coliseum presentó un ambiente envidiable en el derbi

La afición del Leyma, en las gradas del Coliseum durante el derbi contra el Obradoiro.

La afición del Leyma, en las gradas del Coliseum durante el derbi contra el Obradoiro. / Casteleiro

Daniel Abelenda Lado

Daniel Abelenda Lado

A Coruña

Una hilera de tambores, vuvuzelas, bufandas y alguna que otra bengala coloreó de color naranja a una ciudad que se ha acostumbrado a latir, contener la respiración y animar al Leyma Coruña con la ilusión de verle una vez más en la Liga ACB. El derbi contra el Obradoiro, una final entre finales, dos colosos frente a frente, se convirtió en una fiesta de la identidad propia. La de un equipo, el coruñés, que se acuerda de las gestas del Forno de Riazor, mientras, en el Coliseum, no tiene nada que enviarle a ninguna otra caldera del baloncesto español.

El reloj todavía no marcaban las 17.00 horas cuando la marea naranja cruzó la pasarela de Matogrande hacia el Coliseum. Una metáfora, la de un equipo y una afición que han vivido todos sus sueños en los últimos dos años y quieren volver a repetirlos.

Toda una tarde de fiesta

No cesó el griterío a las puertas del multiusos. Pasillos de saludos, de aplausos y de cánticos de arenga con cada jugador que desfilaba rumbo al pabellón a casi dos horas del salto inicial. Algunos se llevaron baños de masas, decenas de saludos como los de Paul Jorgensen o Caio Pacheco. Otros, se lo tomaron con más templanza, esperando, afilando las espadas, como Guillem Jou o Jacobo Díaz. O los hay que hasta encendieron a una hinchada que ya rozaba el punto de ebullición mucho antes de tomar sus asientos, como Brnovic o Cuevas. También, algún reencuentro en silencio de viejos conocidos como Yunio Barrueta, Diego Epifanio, Álex Galán, Goran Huskic o Olle Lundqvist, estos dos últimos, desde la grada. Reconocimiento por la historia, rivalidad propia de una afición y unos jugadores inconformistas y ambiciosos.

Aplausos desde unas butacas a rebosar, que colgaron el cartel de completo a la velocidad de la luz, y un Fogar de Breogán con gaitas que quedaron enmudecidas por 9.000 voces antes de que comenzasen las hostilidades en una final con la ACB en el horizonte que se decantó del lado picheleiro y terminó afeada por una trifulca en el parqué. Fuera de la pista y, sobre todo, en las calles, salió airosa una marea naranja que, una vez más, vivió, soñó y palpitó por su Leyma.

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