Baloncesto
Álex Hernández, exjugador de baloncesto: «Dije ‘no’ a la primera llamada del Leyma, pero jugar en A Coruña ha sido la mejor decisión de mi vida»
Casi dos décadas después de su debut en el baloncesto profesional, Álex Hernández (Murcia, 1990) ha decidido colgar las zapatillas. Se formó entre Murcia y Barcelona, destacó en Manresa y, tras varias experiencias en el extranjero, lideró, dentro y fuera de la pista, al mejor Leyma Básquet Coruña de la historia en su primer ascenso a la Liga ACB

Álex Hernández excapitán Leyma Básquet Coruña / CARLOS PARDELLAS / LCO

Lleva ya dos o tres semanas oficialmente retirado, casi un año después de su último partido con el Leyma. ¿Cómo se encuentra?
Estoy bien. Durante todos estos meses he intentado recuperarme de la muñeca. Una vez que los doctores empezaron a decirme que posiblemente iba a tener que retirarme, me ha dado tiempo a asimilar que se cierra una etapa. Ha sido muy bonita. Al mismo tiempo, tengo ilusión y me preparo para lo que viene. También tengo ganas.
Toda una vida con un balón en la mano y casi 20 años de carrera. ¿Qué es lo que más orgullo le transmite tras todo este tiempo?
Momentos, hay muchos. Al final, han sido 17 o 18 años como profesional. Estuve en diferentes proyectos, con diferentes objetivos y diferentes situaciones. Tuve la experiencia de jugar dos años en el extranjero. Es un cúmulo de experiencias que me han ayudado a desarrollarme como jugador y como persona. Al mismo tiempo, fui construyendo una familia, que es de lo que más orgulloso me siento. Me acuerdo de las personas que uno deja en cada sitio. Compartes momentos muy bonitos y, ahora que ha llegado este final, recuerdas todas las amistades y la gente a la que has conocido. Es lo que me llevo.
¿Lo mejor de ser profesional es la oportunidad de conocer es cruzar caminos con tantas personas diferentes que te marcan, aunque no vuelvas a verlos en la vida?
Tenemos la oportunidad de convivir con gente de muchos sitios y culturas diferentes. Siempre lo he visto como una oportunidad de intentar entender a cada uno. Me quedo con las cosas buenas. Con unos creas más vínculos que con otros, pero yo, después de tantos años, he tenido la suerte de establecer buenas amistades con mucha gente.
¿Fue amargo no poder despedir la temporada pasada en la pista y ver que la muñeca le marcó el final del camino?
Me hice daño en la muñeca en un entrenamiento en abril. Era un momento muy complicado para el equipo, teníamos muchas complicaciones físicas. Yo quería pensar que no me había hecho nada importante. A través de los vendajes, el trabajo de los fisios y la medicación, más o menos fui trampeándolo. Hubo un momento a mediados de mayo en el que el doctor me recomendó hacer una resonancia porque no era normal y podía tener algo grave. Se vio que el ligamento estaba roto. La muñeca estaba sufriendo mucho y era bastante urgente operarme para que pudiese quedar bien. Me avisaron de que era bastante complicado para la práctica del baloncesto, pero me centré en recuperarme bien y vivirlo todo como viniese. Me hubiese gustado despedir la temporada en el pabellón, pero los médicos vieron que no iba a ser posible acabar y así lo asumí. A pesar del descenso, el aplauso de la gente fue muy bonito. Estábamos muy agradecidos por todo lo que nos habían apoyado en una temporada tan complicada. Todos sentimos que se terminaba algo. Quizá el final no era el esperado, pero ese respeto mutuo entre el equipo y la afición es algo que todos los que estuvimos allí recodaremos.
Siempre me he fijado mucho en Juan Carlos Navarro y, cuando yo era cadete o júnior, me regaló las zapatillas con las que debuté con el Barça en la ACB

Álex Hernández entra a canasta en un partido del Leyma Coruña. / CARLOS PARDELLAS
Primeros pasos y salto a la élite
¿Cómo empezó a botar y lanzar una pelota naranja?
Empecé desde muy pequeñito. Tengo un hermano que es cinco años mayor. Él ya practicaba baloncesto. Recuerdo ir a verle entrenar y aprovechar cada momento en el que había un balón libre para botar y tirar. Cuando tuve la edad, me apunté. Jugar con los amigos siempre fue una pasión. Disfrutaba mucho, se fijaron en mí y tuve esa oportunidad de convertirme en profesional.
¿En qué jugadores se fijaba?
Tuve muchos ídolos. Michael Jordan era el ídolo de todos. A mí me pilló ya en su etapa final. Me gustaban muchos bases como Jason «chocolate blanco» Williams o Steve Nash. Me fijé mucho en Juan Carlos Navarro. No sé si les llamaría ídolos, pero era gente que me encantaba ver y que me inspiraban.
Navarro fue su ídolo o referente y luego pasó a ser su compañero.
Me di cuenta de que es una persona muy cercana y muy atenta. Tuvo detalles chulísimos conmigo. Yo era un simple cadete o júnior y recuerdo que una vez me llamó al vestuario para regalarme unas zapatillas. Fueron las mismas con las que debuté con el Barça en la ACB. Las conservé y las usé aquel año, cuando él se marchó a la NBA. Siendo una persona a la que yo siempre había admirado, luego, cuando tuve la oportunidad de tratar con él, me di cuenta de lo cercano que era.
Pasó de Murcia a la cantera del Barça. ¿Es la vía más rápida hacia la élite o un exigente techo de cristal?
Ahí empecé a notar un cambio. Yo siempre jugaba para divertirme y eso me ayudó. Con quince años tenía esa ilusión de irme a Barcelona y aprovechar esa oportunidad. Para mi familia no fue fácil, porque perdieron un poco el control sobre su hijo y sobre su entorno. Yo era una persona bastante madura y eso les hizo confiar, pero el nivel de exigencia cambia mucho. El día a día era diferente, pero, como tenía tanta pasión por el baloncesto, me seguía encantando. Fue una muy buena decisión. Me ayudaron muchísimo y disfruté la etapa. Hice muchos amigos en la Masía.

Álex Hernández controla el balón ante el base del CAI Zaragoza Pedro Llompart en 2014. / Susanna Sáez / EFE
Llegó a la ACB de azulgrana, pero no fue flor de un día. Manresa llamó a su puerta. ¿Su segunda casa?
Es un sitio superespecial. Confiaron en mí con 20 años y pasé seis temporadas muy importantes de mi carrera allí, en ACB. Lo sentí muy adentro. Seguramente, a nivel madurativo y emocional no estaba tan preparado para vivir ciertas situaciones de tensión y presión que tuvimos. Éramos un equipo que luchaba cada año por salvarse. Pero, al mismo tiempo, tengo un recuerdo magnífico de poder jugar en el Nou Congost, en un ambiente de baloncesto fantástico. Es un club al que siempre sigo.
Es una de esas pistas que curten a los jugadores.
Es un disfrute jugar allí como local. El club hace muy bien las cosas, ayuda al jugador a desarrollarse y a crecer. Me tocó una época complicad a nivel económico, pero siempre estaban detrás de nosotros. La afición anima muchísimo, es una ciudad que respira baloncesto desde siempre. Es una de las claves de que una ciudad no tan grande esté tantos años en la élite e, incluso, tenga algún título.
¿Qué es lo primero que tuvo que aprender como jugador para saber cómo quedarse y competir en la élite?
Fui consciente desde el principio que hay que escuchar cómo puedes ayudar al equipo. Muchas veces tenemos la idea de que podríamos ayudar teniendo más el balón o tirando más a canasta. Pero los jugadores que entienden rápidamente su rol, cómo pueden ser útiles para el equipo y el entrenador, suelen tener una carrera más larga. Eso se aprende con los años, pero los entornos son importantes para asimilarlo. Luego, hay que vivirlo todo con naturalidad, que no te afecten mucho las derrotas y no venirte muy arriba en las victorias. Creo que eso podría haberlo hecho mejor. Les daba muchas vueltas a las derrotas. Sin darme cuenta, me pesaban bastante. En esa época no tenía las herramientas para gestionarlo de la manera adecuada.
Muchos compañeros [del Leyma 2023-24] tuvieron ofertas mejores para marcharse, pero todo el mundo hizo un esfuerzo para seguir aquí. La gente sacrificó su ego por el bien común para lograr el ascenso a ACB
Desembarco en Riazor y la importancia de la familia
Pequeño paso por el extranjero, una vuelta fugaz a Murcia y le llaman desde A Coruña. ¿Cómo decidió volver a salir de casa para cruzar toda la península?
Yo había vuelto a Murcia y el equipo lo hizo muy bien. Nos metimos en play off y casi eliminamos a Granada. Hubiésemos jugado aquellas semifinales contra Coruña. Como siempre he hecho, mi primera opción era escuchar al club en el que estaba y, a partir de ahí, seguir si estaba contento o escuchar otras opciones. El Murcia empezó a tener problemas y mi agente me comentó la posibilidad de Coruña, donde ya se empezaban a hacer las cosas muy bien, pero decidí seguir escuchando al Murcia. Recuerdo que Sergio (García) me llamó y llegué a rechazar la oferta. Insistieron y noté que me querían mucho. Yo había vuelto a casa, la situación laboral de mi mujer estaba bien e iba a nacer mi segundo hijo. Me apetecía que naciese y se criase en Murcia, pero llegó un momento que mi mujer me dijo ‘si te hace ilusión lo de Coruña, nos vamos todos’. A veces esas decisiones las tomas sin reflexionar mucho y yo llegué a rechazarla una vez. Hoy, puedo decir que venir al Leyma Coruña es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Estoy muy contento de haber dicho que sí y haber jugado los últimos años de mi carrera aquí.

Álex Hernandez, en su etapa en el Zielona Gora en Polonia. / FIBA
No le fue nada mal.
Me hacía ilusión a nivel deportivo. Una vez que nació mi primer hijo empecé a darle más vueltas a todo. Mi mujer se sacrificó muchos años por mí. Yo sentía que ella estaba creciendo a nivel laboral y no veía con buenos ojos el cambio. Pero fue ella quien me impulsó a venir. Aquí estamos muy felices y disfruté mucho jugando al baloncesto.
En la pista solo se ve al jugador, pero fuera de la pista hay un mundo detrás de cada uno.
Para mí, mi familia es lo más importante. Desde que empieza la pretemporada hasta que acaba la temporada, sacrifico mucho por el equipo. Nunca escatimé en trabajo, en horas en el pabellón, en prevención. Fuese cual fuese mi rol, yo siempre intenté estar al cien por cien. Mi familia lo entendía y lo respetaba, aunque supusiese renunciar a ciertos planes con mis hijos. Yo tenía que hacer un poco más de trabajo para estar, por lo menos, un uno por ciento mejor. Pero cuando llegaba el verano, nunca tomaba decisiones yo solo. Me apoyaron para venir, mi segundo hijo nació aquí y estoy muy contento por ello.
Ahora son una familia naranja más en el Coliseum porque el padre fue uno de los héroes del ascenso. ¿Se dio cuenta del crecimiento del club desde su llegada?
Cada año se fueron dando pasos hacia delante. La junta directiva supo trabajar muy bien, pero siempre estaba el tema de la masa social. A la directiva le quitaba el sueño. Era muy difícil que viniesen más de 2.000 personas al Palacio. En el vestuario entendimos que nosotros también teníamos el reto de enganchar a la ciudad. Hicimos todo lo posible. Íbamos a cualquier acto que nos decía el club. Berrallouco ayudó muchísimo en ese proceso reuniéndose con nosotros. Para mí, fue muy fácil como capitán porque todos estaban predispuestos para hacer cualquier cosa por la afición. Fue muy bonito vivir desde dentro cómo empezaron a venir 3.000, cómo a falta de cinco días para el partido ya no quedaban entradas. Al mismo tiempo, acompañó lo deportivo, al ir primeros. Aquel final de la temporada del ascenso fue muy emocionante a nivel deportivo, pero, sobre todo, a nivel social. La fiesta del ascenso en el parking de Riazor fue impactante porque sabíamos de dónde veníamos. Luego, la respuesta del Coliseum hizo evidente que A Coruña es una ciudad de baloncesto.
La primera temporada de Epi tiene esa racha larguísima de victorias. ¿Empezaron a ahí a conocer sus opciones de ascender a la temporada siguiente?
Pese a la derrota contra Gipuzkoa en el play off, en ese verano teníamos la sensación de que el trabajo no estaba hecho. Yo sé que había compañeros con ofertas mucho mejores para ir a otros sitios, pero se había creado un vínculo y todo el mundo estaba dispuesto a hacer un esfuerzo para seguir. El club nos hizo sentir muy cómodos, la masa social nos apoyaba mucho y recuerdo que se hicieron dos o tres retoques y se mantuvo esa base. La gente estuvo dispuesta a sacrificar su ego por el bien común del club conseguir ese hito del ascenso. Todos los que nos quedamos estamos contentos de haber tomado aquella decisión. Es algo que nunca se nos va a olvidar.
Hicieron historia, que no es poco.
No se había conseguido nunca, sabíamos la ilusión que había y éramos conscientes de ese crecimiento social. Para mí, esa es una mayor satisfacción que el título. Hoy en día voy al Coliseum, veo a tanta gente de naranja, tantos niños, como los míos, que lo viven con pasión. Hay mucho esfuerzo y mucho trabajo detrás de mucha gente que pasó antes por el club.

Hernández levanta el trofeo de campeón de la LEB Oro tras el ascenso del Leyma Coruña en Melilla. / LCO_Externas
La experiencia naranja en ACB
Pasó de recordar esos días en el Palacio a ver a 9.000 personas celebrar una victoria contra el Real Madrid.
Incluso cuando empezó la campaña de socios no sabíamos qué esperar. Había la duda de si pasaríamos de los 5.000 socios. La respuesta del Coliseum fue abrumadora desde el primer momento y nosotros, los que tuvimos la suerte de quedarnos, vivimos un inicio soñado. Ganarle al Real Madrid con ese triple de Yunio Barrueta es algo que se te queda para siempre. Ojalá la temporada hubiese acabado mejor, pero no hay duda de que la afición estuvo ahí toda la temporada.
Compitieron bien hasta Navidad, pero las cosas comenzaron a torcerse. ¿Qué ocurrió?
Es algo a analizar. Seguro que había cosas que mejorar. El equipo empezó bien. Recuerdo ganar en Girona a mitad de diciembre y ponernos en una buena situación, fuera del descenso en todo momento. Empezaron las lesiones y perdimos esa dinámica. Hubo un momento en el que fuimos limitados a varios partidos por los problemas físicos. La ACB es muy exigente y, eso, nos metió una dinámica negativa de la que no es fácil salir. Cuando llegaban partidos que todo el mundo calificaba como finales, no tuvimos ese nivel de confianza para sacar esas victorias que nos hubiesen permitido salvarnos. El final de temporada fue difícil. Aunque desde el vestuario intentamos luchar hasta el final, como demuestra la victoria contra el Barça. Todos nos quedamos con ese mal sabor de boca. Ojalá haberlo hecho mejor, yo el primero, para habernos salvado.
Scrubb decía que varios partidos se escaparon, realmente, por mala suerte. Breogán, Lleida, aquel partido en Badalona…
Hubo un tramo en el que se juntó todo: lesiones y perder finales apretados. Perdimos confianza en nosotros mismos. El día a día era bueno, entrenábamos fuerte y tratábamos de seguir el plan de partido. Una gran parte del vestuario habíamos vivido todo el proceso y nos pesaban mucho las derrotas. Muchos habíamos vivido grandes cosas en Coruña y era una losa de la que costaba levantarse. Nos faltó relativizar y vivirlo con más naturalidad. Eso nos habría ayudado en finales en las que, nuestro rendimiento, hubiese sido mejor.
Muchos compañeros elogiaban su labor en los entrenamientos pese a tener pocos minutos en pista. ¿Cómo lo gestionó?
Desde dentro se sufre. Jugase más o jugase menos, entrase en la convocatoria o no, siempre tenía que ser muy exigente en el día a día. Me preparaba bien, entrenaba bien. Quería estar siempre preparado por si me llegaba esa oportunidad. Uno pasa por momentos complicados y, seguramente, mi mujer es quien más los ha vivido. Al final, me sentía con mucha responsabilidad, al ser el capitán. Pensé siempre en el equipo, en ser optimista y en ayudar a mis compañeros. Lo importante era el Básquet Coruña, no Álex Hernández. Había que remar todos juntos y así lo intenté hacer yo.
¿Cómo eran aquellas conversaciones con Epi para dar ejemplo a pesar de saber que, quizá, no iba a ir convocado?
Eran muy naturales. Cuando Epi me llamó al fichar por el Leyma, le di mi palabra de que nunca iba a ser un problema para él. Mi palabra es más importante que mi pensamiento en momentos puntuales. Él siempre fue muy claro conmigo y se lo agradezco. Yo también lo fui con él. Iba a estar preparado siempre para intentar ganarme minutos en la pista. Lógicamente, cuando no los consigues te queda esa decepción. Además, yo con él tenía máxima confianza. Le tengo un cariño brutal y me encontraba muy cómodo en su forma de jugar. Siempre pensé que podía tener mi momento. En ACB ya vi desde el principio que todo iba a ser más complicado. Intenté vivirlo de la mejor manera sin que mi frustración personal afectase a ninguno de mis compañeros. Yo solo quería transmitir trabajo y profesionalidad ayudando a mis compañeros. Ayudaba a los bases, sabía cómo podíamos sacarles rendimiento a los sistemas. Lo importante era el club, no yo.
Thomas Heurtel es el jugador con más talento natural que he visto y podría habernos ayudado mucho en A Coruña, fueron una pena sus problemas de rodilla

Álex Hernández posa en el Paseo Marítimo de A Coruña. / CARLOS PARDELLAS
De la cancha a la grada
Ahora es usted quien aplaude a los que están en la pista. Incluso, ante excompañeros que ahora están en el Obradoiro. ¿Le gusta ya más vivir el baloncesto desde el otro lado o todavía tiene añoranza?
Yo intenté prepararme para este momento. La retirada siempre es un golpe de realidad. Me he tenido que recuperar fuera del deporte profesional y, ahora, mi sitio está en la grada. Apoyo al proyecto con mi familia. Para mí es algo nuevo ver el baloncesto desde la grada con mis hijos. Hay que saber dónde estar en cada momento. Mi época como jugador ha terminado.
¿Es fácil cambiar ese chip de base a espectador?
Por mi forma de ver el baloncesto, siempre lo estoy analizando. Cuando veo al Obradoiro, siempre sé a qué están jugando, cómo se llama el sistema y por qué lo están haciendo. Conozco bien todo eso. Con el Leyma me pasa igual. Sé cómo pueden reaccionar a lo que les va ocurriendo. Haber jugado tantos años y analizar el baloncesto hace que eso sea imposible quitarlo de un día para otro. Cuando estoy con mis hijos aplaudo y celebro, pero el análisis no se me quita.
¿Qué le pareció la trifulca del derbi?
No fue bonito. Fue un buen derbi, había terminado bien. Incluso se habían dado ya la mano. Se generó ese momento malo. Seguro que ambos clubes lo habrán analizado para que no se vuelva a repetir. Me generó tristeza porque tengo amigos en ambos lados. No me gustó ese final. Fue un partido de mucha tensión que se llevó bien durante el encuentro, pero no se gestionó bien al final.
¿Qué compañero le sorprendió más?
En cuanto a talento natural, diría que Thomas Heurtel. Tenía destellos de un jugador muy diferencial en cuanto a talento puro. En mi segundo año en Manresa estuvo Justin Dolman. Venía de Alicante e hizo un temporadón. Era muy profesional y trabajador, me impactó mucho. Roger Grimau también fue un capitán en el que me fijé mucho. Y otros compañeros que no son tan conocidos, pero me dejaron aprendizajes que intenté conservar.
¿Cómo fue para usted ver a Heurtel aparecer en el vestuario del Leyma?
Thomas llegó a mitad de temporada, en un momento complicado. Se llevó con naturalidad. Intenté ayudarle en su adaptación. Nos podía dar muchísimo baloncesto, fue una pena que, desde el principio, estuviese con problemas en la rodilla. No podía entrenar todos los días, hacía esfuerzos para poder jugar y, luego, lo pagaba durante la semana. Al final, no poder entrenar y estar tanto en el día a día fue complicado y se tuvo que operar. Nos podría haber ayudado, porque su talento es indudable. Todos sus problemas impidieron que no nos pudiese ayudar todo lo que le hubiese gustado a él y a nosotros.
¿Algún entrenador le ha motivado para seguir sus pasos en los banquillos?
Oficialmente, nadie me ha invitado (se ríe), pero me han marcado mucho. Lo fácil sería decir Ponsarnau, Pedro Martínez o Ibon Navarro. Son entrenadores que te impactan porque son gente de máximo nivel. Tienen detalles que te marcan mucho. Cualquiera de los que he tenido. Estos últimos años con Epi fueron un lujo, en un momento en el que yo he empezado a entender el baloncesto desde otro punto de vista. Poder trabajar con él ha sido un aprendizaje brutal. Lo mismo con Sergio García, que me fichó para el Leyma, Félix Alonso, que me llevó en Mallorca. El entrenador que tuve en el extranjero tenía una metodología muy diferente, más estricta. De cualquiera he sacado cosas buenas.
Sin olvidar a los que uno tiene cuando es un niño que solo quiere salir a jugar y a divertirse.
En navidad fui unos días a Murcia y me encontré con Fernando, un entrenador que tuve durante muchos años, y para mí fue una alegría. La figura del entrenador es súper importante para cualquier niño. Yo soy de los que aboga por tener en las canteras aquellos que sepan inspirarles, que les den buena formación. Porque les puede hacer mucho bien. Lo importante es que tengan ilusión por el baloncesto y un buen desarrollo humano y emocional. Por eso defiendo mucho su labor.
¿Le ilusiona festejar otro ascenso como el de Riazor?
Por supuesto. Tengo muchos amigos dentro del club. Incluso, entre los jugadores. Jugué con Guillem Jou, conozco a Dídac Cuevas. Me haría ilusión que muchos trabajadores pudiesen vivir ese momento. Como aficionado, el equipo y el club se lo merecen porque han hecho una gran temporada. Toca estar muy fríos de cabeza para conseguir ese ascenso directo que parece perdido, pero hay que lucharlo. Y, si no, preparar bien el play off con la máxima confianza y optimismo. Tienen muchas opciones y ojalá así sea.
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