13 de marzo de 2019
13.03.2019
la pelota no se mancha

Hablemos de fútbol

12.03.2019 | 22:20
Natxo se muestra pensativo en la banda de Riazor durante un momento del Dépor-Las Palmas del domingo.

Ganó Osasuna y muchos deportivistas se pasaron la noche del lunes tirando de derivadas o raíces cuadradas para construirse una realidad tranquilizadora. Una treta, una ilusión. Cada cuenta, cada nuevo submundo era peor. El mes del pleno acabó en el mes de la incómoda verdad, esa que entre tanto artificio nadie se atrevía a asumir como la auténtica. El Dépor lleva un tiempo desangrándose. Gota a gota. No por ansiedad, no por la temperatura de su grada, simplemente por fútbol. Hay condicionantes y entornos que pueden influir sobremanera, pero no debería el equipo apartarse de la esencia, volver al adorno que oculte lo básico, que le desvíe del origen del problema. El Dépor juega bastante peor en Riazor que hace meses. Es todo incomodidad, acelerones con la primera marcha metida, ofuscación. Sí, ha merecido ganar muchos de los partidos que ha jugado en 2019 en casa, a veces solo con empuje o jugadas aisladas le hubiera llegado, pero el equipo debe expresarse sobre el terreno de juego con mayor fluidez o seguridades, ser más dañino y dominante. En definitiva, hacer más para ganar los encuentros, para llevarlos a donde le interesa y rematarlos. Ahora que el ascenso directo empieza a aproximarse a la catalogación de milagro, mal haría de nuevo el Dépor y su entorno en detenerse en cuentas, en batallas sobre cómo debe comportarse la grada o en lamentar la ausencia de quién no está, de a quién no se ha fichado. Lo importante es su fútbol, reactivarlo, ofrecer alternativas con lo disponible, que no es poco. Mientras el Dépor no recupere el juego, nada será posible, el resto será accesorio.

Laterales inocuos, pivotes en su mayoría sin profundidad y velocidad en el juego, extremos sin desequilibrio por fuera, delanteros desasistidos, poca movilidad sin balón? El panorama muestra un Dépor involucionado que vagó desorientado sobre el césped en la segunda parte ante Las Palmas. El corazón le iba, la cabeza, no. Bloqueado de puro ofuscamiento. Con los tres puntos frente al Reus en el bolsillo, Natxo dispone ahora de una nueva pretemporada hasta el duelo del Almería. Es cierto que echa mucho de menos a Carlos Fernández, que hay futbolistas que ya han vivido sus mejores días sobre el césped o que se encuentran en un estado de forma que les hace ser irreconocibles; algunos llamados a ser capitales como Fede, Krohn-Dehli o Vicente. Tampoco se puede obviar que la plantilla se quedó coja de creatividad por el centro y en los últimos metros tras la salida en el mercado de invierno de Carles Gil, un futbolista que hasta él se sabía amortizado, pero al que no supieron suplir. Las circunstancias del fichaje frustrado de Gaku son entendibles, las luchas por el ascenso no entienden de peros. Todos estos condicionantes son ciertos, nadie los niega. Y aun así, Natxo tendría que haber tenido en los últimos tiempos más incidencia, ser más influyente sobre el grupo. Al equipo se le ve sin herramientas, sin plan B justo cuando ya no es una sorpresa para nadie. Desasistido. Y los cambios se hacen de rogar, en ocasiones han sido hasta contraproducentes, como ocurrió el domingo con Mosquera. Falta de cintura. Cuando aterrizó, Natxo supo llegar a su plantilla, minimizar el periodo de acoplamiento, dotarla de una identidad en la que creyeron y que sigue subyaciendo, pero que ahora ya no se siente tan firme. Son valores de un técnico que está en el momento de dar el paso que se le resiste: el de mostrarse como un verdadero líder en los momentos decisivos, en los instantes en los que hay que dar soluciones a las eventualidades. ¿Qué era Osasuna a principio de Liga y qué es hoy? ¿Cómo se ha reinventado? ¿Qué ha llevado al Granada a mostrar esa firmeza y regularidad? El Dépor lució una gran versión tras el verano, superior a la esperada, pero desde entonces ni el equipo ni los jugadores han evolucionado, todo lo contrario. El único que es mejor que en agosto es Edu Expósito. Quizás Carlos también podría entrar en este selecto club, pero hace tanto tiempo que no juega...

Riazor se mueve entre la incomodidad y la crispación, un estado que poco ayuda al equipo. En el momento de subirse a la ola del ascenso, ni ha saldado todas las cuentas ni el equipo le motiva lo suficiente. Básicamente, no se lo pide el cuerpo, pocas razones más irrebatibles. La era dorada del Dépor ya queda lejos, hay que adaptarse a una realidad menos glamurosa y, además, los últimos siete años han abierto heridas sin curar. Todo pesa. A la grada siempre se le pide por decreto, nadie está libre del pecado de atribuirle poderes sobrenaturales o de acudir a ella a modo de Santa Bárbara, pero el empuje debe ser mutuo. Quizás habría que preguntarse las razones de esa falta de conexión. ¿Por qué ni en los mejores momentos de esta temporada sintió al equipo como verdaderamente suyo?

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