Los últimos tiempos no han sido fáciles para los delanteros del Dépor. Condenados a vivir en una isla desierta, a buscarse la vida, a los cambios continuos, a no responder a las expectativas. Un bocado eterno en el medio de la garganta. Así han sido sus vidas, los 90 minutos de cada partido para ellos. Una y otra vez. Lejos quedan Bebeto, Tristán o Makaay. En nada, se hará mayor de edad aquella temporada de la Bota de Oro del holandés y sus 29 tantos. Desde entonces ningún ariete blanquiazul ha pasado de la veintena. Dio igual la edad y el momento del rematador, la categoría en la que militase el equipo, la configuración de la plantilla, el estilo... Nada. Imposible que cualquier técnico jugase con esas cartas marcadas, que cualquier aficionado deportivista se pudiese llenar la boca con esa marca registrada del delantero de 20 goles, la que en teoría certifica objetivos y otorga pasaportes a escalafones superiores. Hasta hubo una campaña, con Caparrós, en la que el Dépor se salvó con un pichichi como Arizmendi, que ni llegó a la media docena. Siempre deficiente, siempre menguante. Un problema casi endémico. Por elección de delantero, por estructura de equipo.

La repiqueteante realidad es que en dos décadas casi nunca hubo un '9' de entidad máxima, que levitase por el césped, que llegase fino y limpio a casi cualquier remate. Tampoco estuvieron nada bien asistidos. De momento, ni en una categoría impropia para el Dépor como la Segunda B parece que vaya a cambiar el panorama, salvo metamorfosis. Claudio Beauvue tampoco es capaz de dar continuidad y soporte al juego del equipo, de buscarse en soledad su alimento goleador, como sí hizo Lucas Pérez en su segunda temporada en el Dépor. El de Guadalupe es de llegar, no de estar. De mucho servicio para acabar embocando. Vive mejor acompañado y está lejos de estarlo. Se pierde sin remates, entre defensas rivales. Lo haría casi cualquiera en su situación ante la lentitud y la falta de ideas ofensivas del equipo. Tampoco debe servir de excusa para su raquítico rendimiento.

Pero, entre las tinieblas, ha aparecido una luz. Tenue, pero brillante a su manera. Una que generó destellos en los pocos minutos que tuvo y que está llamada a ser referente a la espera de que el equipo cambie, de que sus competidores crezcan o rompan el cascarón. Una que quizás no llegue a esos 20 goles, pero que puede recolocar al equipo, ejercer de ariete terapéutico para un entramado ofensivo en estado muy incipiente. Ese haz se llama Miku.

El venezolano está lejos de lo que fue, ni siquiera el Dépor lo necesita en su máximo esplendor. Nadie aspira a revivir en el ocaso de su carrera a ese delantero que goleaba con facilidad en el Rayo, que hizo una docena de tantos en Primera con el Getafe. El equipo coruñés necesita sus dianas, sin duda, pero sobre todo precisa de un guía ofensivo. Un soporte, cierta fiabilidad, algo que, de momento, ni Beauvue ni Rui Costa ni Rolan ni Adri Castro parecen darle. Algunos por condiciones o porque son una incógnita, otros por la falta de confianza de Fernando Vázquez o porque parecen tener siempre un pie en la escalerilla del avión. Miku es lo que es, pero al menos es algo y enseña detalles que muestran que cuenta con un apreciable margen de progresión ante sí, al alcance de la mano. Aun al 50% se le han visto unos controles, una capacidad para domar el balón y asociarse, para dar aire y asistir a sus compañeros, por ahora, ausentes en el resto. Él está, a su nivel, pero está; no hay que intuirlo ni anhelarlo.

De la capacidad que tenga Miku de llegar a un estado óptimo, de la pericia que tenga Vázquez para integrarlo y revitalizarlo dependerá gran parte del éxito del Dépor esta temporada. Este verano tardío la planificación condujo al club a buscar seguridades en su zona defensiva y a apostar en el ataque. Fernando siempre ha construido sus equipos desde atrás y, en ese sentido, los movimientos del Dépor en el mercado facilitaron y agudizaron esa tendencia. Pocos a estas alturas dudan de lo que puedan ofrecer Mujaid, Borja Granero o Uche. En la mediapunta y en el ataque ya es diferente. Queda mucho por crear, por ensamblar. Y es el momento de empezar a tomar decisiones. Futbolistas como Nacho o Lara o el propio Beauvue no han dado excesiva respuesta individual a lo que necesita el equipo, más allá de que el plan grupal parece extraviado en un cajón de algún despacho de Abegondo. El técnico debe decidir si es ya el momento de Borja Galán, de Gandoy o del propio Miku. Tampoco sería extraño que al venezolano aún le tocase esperar. Lo que es seguro es que llegará su oportunidad y será en breve. El Dépor lo necesita casi más que a cualquier otro futbolista y a un nivel superior.