“En Ferrol me querían matar”
La chispa la prendió la marcha de Joaquín Vázquez. “Me pegaron una paliza, me libré sacando el machete”, contaba

Joaquín Vázquez, único arrodillado, en un once del Dépor en los años 20 en Riazor. | // LOC / Carlos Miranda

“En Ferrol me querían matar”. Si la chispa de la rivalidad entre Celta y Dépor fue la fuga de Luis Otero, Chiarroni, Isidro y Ramón González, los supuestos traidores que cambiaron Vigo por A Coruña a partir de 1923, ese papel en la enconada pugna con Ferrol y el Racing recayó en Joaquín Vázquez.
Este carpintero, nacido en Extremadura y criado en Irún, fue parte activa de la fundación del Racing y una de sus primeras figuras. Era exuberante su capacidad para estar en todas partes y su instinto goleador. Y había acabado en Ferrol casi por casualidad, aunque, en este caso, el destino señalaba uno de los viveros departamentales en sus primeros años: los jóvenes de diferentes puntos de la península destinados allí para cumplir con el servicio militar o con diferentes obligaciones castrenses. Él formaba parte del 2º Regimiento de Infantería y también jugaba al fútbol de manera extraordinaria.
Se desempeñaba tan bien que el Dépor le echó el ojo, le invitó a jugar de blanquiazul un par de amistosos en los que hizo siete tantos y ya quiso quedárselo. Entonces no era tan fácil. Pero lo logró y lo hizo con la anuencia del propio Vázquez. Eso sí, con su antiguo equipo y su antigua ciudad levantados en pie de guerra. Fue una afrenta, de las más grandes. Por el medio o de manera subyacente, además de una rivalidad deportiva incipiente, estaba el conflicto de los profesionales encubiertos en un mundo romántico que todavía los consideraba amateurs. Para el gran público eran o los peores judas o jóvenes que buscaban un mejor futuro para ellos y para sus familias. Había poco lugar para el término medio en un debate enquistado en la España de los años 20.
“Entonces me di cuenta de lo que eran la pasión y la rivalidad deportiva”
Joaquín Vázquez, uno de los cuatro citados de los equipos gallegos para la selección española que se trajo la plata de los Juegos Olímpicos de Amberes, acabó en el viejo parque de Riazor de las Esclavas y en su antigua casa se lo tomaron de la peor manera. Un día se lo hicieron saber con hechos, mientras paseaba por la calle. Así lo relataba él mismo, décadas después, en una entrevista concedida al semanario AS. “En Ferrol me querían matar. Una noche salieron a mi encuentro unos cuantos individuos y me pegaron una paliza. Me libré de ellos sacando el machete. Entonces me di cuenta de lo que eran la pasión y la rivalidad deportiva”, contaba aún con el susto en el cuerpo.
Triunfó en tierras belgas en una experiencia icónica para generaciones futuras que acabó alumbrando la tan manida Furia. Durante toda su vida fue uno de los héroes de Amberes. Aún genera debate entre los historiadores del fútbol gallego a qué equipo pertenecía cuando jugó aquella cita. Federativamente, el Racing llevaba delantera, aunque el jugador reconoció años más tarde que había viajado a la preselección de Vigo como blanquiazul y con un directivo del Deportivo junto a él. Disputó en Riazor cuatro años en dos etapas.
Rivera, eterno futurible
Los flirteos y los enfados no acabaron ahí en aquellos primeros años. Uno de los eternos pretendidos por el Dépor era el gran capitán del Racing, Manuel Rivera, el que rebautizó el estadio de O Inferniño. Un año sí y un año también lo intentaba. En 1923 casi se lo lleva y, de hecho, fue sancionado por duplicidad de fichas. Siguió en Ferrol. Una década después el equipo coruñés lograba atarlo por unos meses, aunque para firmarlo se produjeron escenas casi de escapismo al tener que evitar el pivote a directivos del Racing en la parada del tren en Betanzos. Buscaban que se echase atrás, esa vez no lo lograron.
Desde 1919 el trasiego ha sido constante entre uno y otro equipo. Más allá de Joaquín Vázquez y Manuel Rivera, el futbolista más importante, formado en Ferrol y que acabó en A Coruña, fue Marcelino Fernández Sánchez, Tino, la cuota autóctona de la famosa Orquesta Canaro junto a Franco, Moll, Corcuera y Oswaldo. El extremo de San Pedro de Nós estuvo cinco años en O Inferniño con una trayectoria ascendente antes de fichar en 1949 por el equipo de su vida y hacer historia con Scopelli. Se fue al Zaragoza, volvió al Dépor; todo en una longeva carrera con génesis profesional en Ferrol. No fue el único de aquellos años que transitó ese camino, ya que un histórico verde como el internacional y malogrado Juanito Vázquez también jugó en Riazor antes de la Guerra Civil. No lo hizo Marcelino, el héroe de la Eurocopa de 1964, a pesar de que desde A Coruña lo intentaron. En los 70 y 80 fue el momento de Alfonso Castro y Pancho García, Pero hubo innumerables: Portugués, Fabeiro, Guimeráns, Aurre, Ledo, Aira, Mackay, Vela, Bicho, Fornos, Seoane, Planas, Vaz, Fernando Vázquez, Luis César...
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