Hace tiempo que el Dépor no tiene ni el más mínimo control sobre su destino. Pasan técnicos, presidentes, jugadores, partidos y siempre es un sujeto pasivo, nada de lo que hace tiene una mínima incidencia directa sobre su futuro, del que asusta adivinar qué le deparará. Nada de rebelarse, de intervenir, de resistirse. Parece que solo le toca sentarse a esperar. Y a recibir. Vio como le arrollaba el Mallorca en aquella noche negra de Son Moix, vio como perdía semana a semana durante una vuelta entera, vio como se le escurría la permanencia ante el filial del Extremadura cuando ya la acariciaba y, por último, vio como le tocaba descender sin jugar, sin que ni siquiera se pudiera defender o penar en el campo. Hubo aldraxe, injusticia, rabia, una conspiración, nada cambió. Nada cambia nunca. Una sucesión de agujeros negros sin solución de continuidad. Ahora le toca ser espectador de su propia caída, asistir al desplome de su cuerpo hacia el vacío sin intuir un asidero, sin saber muy bien en qué categoría acabará. Una nube negra eterna, una maldición. Es como asistir día tras día a una lucha en la arena del Coliseo en la que siempre es el cebo. Y todo desde fuera, con la única capacidad de cerrar los ojos o cambiar de canal. Frustrante, devastador.

Le toca ser espectador de su caída, asistir al desplome hacia el vacío sin saber muy bien en qué categoría acabará

El partido de Ferrol supuso volver a ver una película más que justita, con un guion adivinable y con un final que sí o sí se te va a atragantar. El Dépor llegó débil a A Malata y se fue igual. Todo sobre los pasos marcados. Aguantó en pie el tiempo que supo esquivar las manos blandas de un rival que está a su nivel. Muy poquito contra muy poquito. Muchas imprecisiones, miedo, balones divididos y carreras para presionar, mientras las posesiones largas y el control del juego brillaban por su ausencia. En cuanto recibió el primer sopapo se fue al suelo sin remedio. Ni levantó la mano para recordar que estaba allí ni deambuló por el cuadrilátero hasta que le volviesen a vencer las piernas. Nada. Un par o tres de escaramuzas casi le rescatan en los últimos minutos. Ni eso. Hasta el 1-0 se había repartido los 50 minutos de juego con su rival. Empezó peor, fue capaz de imponerse en los últimos minutos del primer acto. Hasta tuvo más ocasiones. No había sido ni mucho menos inferior al Racing, le faltó puntería. Todo se desmoronó y solo quedaba esperar al pitido final y a que llegase una ayuda del Compos en Pasarón. Llegó, pero los problemas del Dépor siguen más presentes que nunca y ni mucho menos se le percibe cuajo como equipo para ser fuerte, para aguantar los embates y darles la vuelta y trazar un camino victorioso y digno. Queda, al menos, un mes de moneda al aire.

El Dépor no construyó nada en los primeros meses y ahora le es imposible. Se fueron los puntos, quedaron las cenizas

En esa línea de club ajeno a sí mismo, poco o nada se ha notado la mano de Rubén de la Barrera. Por momentos, se le ve al equipo algo mejor, con cierto sustento en su estructura para atacar, se le intuye una mejoría, se le percibe valiente en la apuesta por Villares y Rayco. Pero es tan tenue ese paso adelante, es tan inconsistente y sufre de manera reiterada pasos atrás que es imposible no ponerlo en cuarentena. Siempre bajo la lupa, siempre con dudas. Al final, el Dépor y el propio De la Barrera son víctimas de sí mismos, de la coyuntura. El equipo no construyó nada sólido en los primeros meses del campeonato y se limitó a ir ganando, a ir tirando. Llegó la primera derrota y, ya sin puntos, no quedó nada. Se fueron la s victorias, quedaron las cenizas. Los jugadores y el equipo se fueron empequeñeciendo cada día más y más, y han llegado a un punto en el que parece imposible consolidar cualquier mejoría, mucho menos fuera de casa. A esa aniquilación futbolística, a esa involución como grupo solo hay que añadir un poco de presión externa, las gradas vacías de Riazor y las evidentes y sonrojantes taras en la planificación deportiva, sobre todo en zona ofensiva, para componer un panorama de psiquiátrico.

Ni un descenso ni otro

Sin dejar de tener parte de culpa, sería injusto cargarle este desastre en su totalidad a Rubén de la Barrera, como tampoco se puede contabilizar el descenso de la temporada pasada en el debe de Fernando Vázquez, a pesar de que se le escurrió el equipo en los últimos partidos. Situaciones heredadas que, para bien o para mal, no dejan de servir como coartada, como salvedad. Solo le queda al Dépor resistir el golpe, tocar suelo y empezar a construir. ¿Cuándo llegará ese momento? Ahora mismo parece que nunca en ese eterno invierno en el que vive el deportivismo desde hace tiempo.

Sería tan injusto cargarle la situación a Rubén de la Barrera como sumarle el descenso pasado a Fernando Vázquez