Ese niño que correteaba cada verano por Abegondo y que guarda como oro en paño “una foto con Luque”, ese joven al que le “marcó un Teresa Herrera en Riazor entre el Deportivo y el Milan de Kaka”, es hoy un futbolista que disputará la próxima Liga de Campeones. Quentin Maceiras (Sion, 1995), el nieto de José María y Mercedes, lleva una semana en la que sus conquistas futbolísticas han ido más allá de su imaginación infantil. Todo forjado en torno al equipo de su familia, ese de las franjas azules y blancas que seguía desde Suiza. “Cuando era pequeño veía al Deportivo en Champions y ahora soy yo el que la va a jugar, es algo con lo que ni podía soñar”, confiesa el lateral del Young Boys, aún abrumado tras eliminar al Ferencvaros (2-3 en la vuelta) y ya pensando en esa fase de grupos en la que le esperan el Villarreal, el Atalanta y el Manchester United. “Prefería al Barcelona, pero al menos jugaremos ante el Villarreal. No es lo que esperaba, pero me gusta. Podemos hacer puntos. Ojalá podamos ser terceros y si hay un milagro, incluso segundos”, anhela.

“El Dépor es el equipo de mi familia, de mi corazón” , relata quien hasta hace pocos años venía cada verano a visitar a sus “primos y tíos” y a sus abuelos, ya retornados del país helvético y que vivían en la ciudad, aunque eran naturales de “Muros y Santiago”. Ahora ha crecido, se ha labrado una incipiente carrera como futbolista y, entre el coronavirus y las pretemporadas del balompié de élite, ha acabado posponiendo una tradición que espera recuperar esta misma Navidad. Para él A Coruña y el Dépor van más allá del tiempo y las categorías. “Mis tíos, mis primos van a Riazor, es mi familia. No tiene que ver con que esté en Primera o en Segunda. Ahora en Segunda B si puedo, veo partidos o estoy pendiente de los resultados, sigo lo que le pasa por Instagram”, cuenta el futbolista de 25 años, que hasta la pasada temporada era entrenado por un ex deportivista, Gerardo Seoane, ahora en el Bayer Leverkusen.

Queda ya lejos aquel tiempo en el que su regalo predilecto, ya fuese en Navidad o cuando venía a A Coruña, era una prenda o cualquier accesorio del Dépor. “Aún tengo muchas camisetas y ropa en casa. Mi padre siempre me compraba”, relata mientras resopla y recuerda aquellas mañanas de frío o calor, dependiendo de la estación, en las que se pasaba de niño por Abegondo para “verlos entrenar”. El conjunto blanquiazul estaba tan incrustado en el día a día de una casa de emigrantes coruñeses de Sion que Quentin, en plena disputa infantil, sabía cuál era la mejor manera de hacer rabiar a su padre, nacido en Suiza, pero “100% coruñés”. “Cuando quería enojarlo le decía que de mayor iba a jugar en el Celta y no le gustaba nada”, ríe recordando la anécdota.

Creció siguiendo al Deportivo en la distancia y, de manera esporádica, desde la grada de Riazor o desde el otro lado de la valla de la ciudad deportiva. Siendo niño o joven, nunca surgió la oportunidad de probar en el vivero blanquiazul. Eso sí, tiene claro que “nunca es tarde, nunca se sabe” lo que le deparará el futuro próximo en su carrera. “Soy joven. Ojalá algún día pueda jugar en España. Si el Deportivo sube a Segunda o a Primera, voy directo”, asegura Quentin Maceiras, que, tras una semana cumpliendo sueños, ya piensa a lo grande.