La pelota no se mancha

El Dépor recupera parte de sí mismo

Los jugadores deportivistas celebran el tanto de Lapeña en Tudela. |  // LOF

Los jugadores deportivistas celebran el tanto de Lapeña en Tudela. | // LOF / Carlos Miranda

Carlos Miranda

Carlos Miranda

El Dépor, su gente, echarse a la carretera, el orgullo de llevar esa camiseta donde sea, la compañía. Fue más que una victoria lo que se llevó de tierras navarras. Un equipo que quiere tocar suelo e impulsarse, que pretende dejar atrás el peor momento de su historia solo puede hacerlo poco a poco, como los enfermos débiles, recuperando viejas rutinas. La de ganar, la de parecerse a un equipo de verdad sobre el campo, la de reanudar la simbiosis con su alma, con sus aficionados. Dentro y fuera. Y pocas maneras mejores que llegar a Tudela calentar con tu familia en la grada, celebrar un gol con ellos y volver a mirarles a la cara, hora y media después y tras mil sufrimientos, para dedicarles el triunfo. Son detalles antes del día a día, hoy añorados, casi recuperados, que recobran valor. Si el fútbol tiene sentido es por estos momentos, por vivirlos juntos, por acompañar e impulsar. Como aquellos viajes de 2012 y de 2014, como antes de la pandemia. El Dépor volvió a recuperar parte de sí mismo este domingo.

Calentar con tu gente, marcar, celebrar. Detalles, antes del día a día, hoy añorados, que recobran valor

Antes del respiro y la satisfacción, el grupo de Borja Jiménez tuvo que meter media pierna en el barro y encoger el corazón en casi una decena de ocasiones. Para entonces parecía parte de una ensoñación ese 5-0 de Riazor ante el Celta B en el que levitaba por el campo, en el que caían los golazos como fruta madura, en el que todo se veía como en uno de esos filtros de Instagram. De los brillos, las correcciones, los highlights y los cuentos de hadas a los grises, las jugadas de estrategia y las tardes de fontanería y achique. Por no haber ya no había ni canteranos juveniles que edulcorasen la historia aún más.

Esto es también Primera Federación, antes Segunda B. Por pura matemática pasar de 102 a 40 equipos iba a reducir el número de partidos trampa. Y lo ha hecho, no del todo. Es ley de vida. Forma parte de la exigencia de esta categoría, de ese punto infernal de estos duelos en los que vas al matadero e intentas librarte con fútbol y, al final, lo haces como puedes. Hasta con las tripas. Es esa competitividad poliédrica que exige volver al fútbol profesional, un camino que no consiste únicamente en maravillar por tapetes con hierba cortada a escuadra y cartabón. Es más, mucho más, es todo.

El triunfo gana en sentido dentro de un proceso. El Dépor debe agarrarse más a la pelota, llevar el partido por su guion

Y, de esa manera, salió el Dépor vivo del Ciudad de Tudela. Pegó a la primera y muy fuerte, alejó balones hasta la estratosfera, se hizo fuerte en los centros laterales, respiró cuando pudo y se encomendó a una mano milagrosa de Mackay. Borja estaba contento, a pesar de tener que pagar una cena. Había ganado en una jugada de laboratorio, su equipo seguía a ritmo de pleno y había respondido como grupo en un contexto bien diferente al de hace una semana. Detalles que hacen crecer, indicios de que el grupo se hace fuerte. Y todo cuando aún inaugura septiembre.

No debe olvidar tampoco el Dépor el proceso, es preciso que no se deje engatusar por un casillero de puntos a rebosar. Se dan por buenos, sobre todo, si son parte de un crecimiento, de una trayectoria ascendente. En un futuro, no muy lejano, debe construir en torno al fútbol los cimientos de estos triunfos en ratoneras. No al 100% porque hace falta de todo y muy variado para que la cosecha sea máxima, sí en un porcentaje más elevado. La consistencia de su juego debe mandar, ser el eje de las conquistas. Pocos campos y pocos equipos le han producido tal nivel de agobio en el año que lleva el Dépor en la tercera categoría como el Tudelano. Engañosamente rudimentario, pero eficaz. Pero, cuanto más pueda defender y atacar con la pelota en su poder, mejor le irá. Cuanto más sea capaz de llevar el partido a donde le interesa, más sólido se hará. Hay que condimentar con su juego las victorias, también lejos de Riazor. Necesita tiempo, lo tiene. Si no lo consigue, puede acabar atascándose, chocar contra un muro y acabar involucionando, como le ocurrió al equipo de Fernando Vázquez, que hace diez meses ganaba en el campo de Unionistas.

La pausa de Ian Mackay

A Ian Mackay le alumbraron los focos tras impulsarse y sacar esa mano cuando parecía ya vencido. Rescataba de la muerte, salvaba de un duro golpe a su equipo con una estirada de las estratégicas, las que fundamentan fichajes, impulsan equipos y dan cuajo a un grupo. Hay de quien fiarse ahí atrás. El camino que llevaba a Ian Mackay a Riazor no fue, ni mucho menos, una autopista y estuvo lleno de carreteras secundarias, de desvíos en el camino. Y esa veteranía, esa carretera que lleva encima se le notó al guardameta coruñés en Tudela. Y no solo por esa manopla que le vedó el camino del gol a Alain Ribeiro, también por su tono, por gestualidad durante todo el encuentro. Hasta por esas pérdidas de tiempo que exasperaron a rivales y grada. Tranquilo. Él ya había jugado mil veces ese partido. Él ya sabía que, ante la sobreexcitación, había que ponerle Valium, sumergirlo en hielo. Y más cuando un cabezazo de Lapeña había allanado el camino. Esa veteranía, esa sensación que transmite y que se filtra al equipo y a la afición, vale casi tanto como una de esas paradas salvavidas.

No solo por la parada, Mackay ya había jugado mil veces el partido de Tudela y sabía que había que enfriarlo