Con Juergen reinando y Miku y Quiles goleando, el Deportivo acaba su etapa reina esprintando, mandando en la categoría, poniendo un ritmo inalcanzable para el resto. Aguantó de pie en Santander y sale con las alforjas llenas de Las Gaunas y el Cerro del Espino. Este equipo está, de momento, a otro nivel y es imposible adivinarle el techo. Gana por costumbre y lo hace como le gusta y también como no le gusta. Estuvo certero en el primer intercambio ante el Rayo Majadahonda, supo rehacerse tras el empate y domar el partido. En la segunda parte, demostró capacidad de sufrimiento y de dominio en repliegue y sin la pelota, a contra natura según su código futbolístico. Dio igual. Su rival no le hizo ni cosquillas, mientras amasaba muchos minutos el esférico sin la más mínima productividad. Otra victoria más que le dispara hasta los 29 puntos cuando queda mucho 2021. Solo el Racing le resiste a distancia.

Dos minutos y habían ocurrido tantas cosas en esta mañana de noviembre en Madrid... y quedaban tantas por pasar. El sino del partido. Fue uno de los varios microcosmos que explicaban un duelo loco, eléctrico, humano, de choque de trenes, de pulso de estilos. Así fue gran parte de la primera parte. El Rayo, puro rock and roll, se había estirado en su primera contra y, al regreso, el Dépor lo pilló descolocado en el repliegue, se puso su traje, galopó y Quiles cruzó la primera a la red. Minuto 2, 0-1.

¿Quién fue el mejor del Dépor ante el Rayo Majadahonda?

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La grada estallaba, el banquillo también. Necesitaba este gol el onubense tras el bajón de las últimas semanas, que él mismo adivinaba estos días que estaba llegando a su fin. Precisaba volver a sentirse el que era, el Dépor lo echaba de menos. Nada mejor que una terapia de gol. El tanto atronó en el Cerro del Espino porque la grada era blanquiazul. Era uno de esos partidos modestos que el deportivismo suele convertir en una demostración más de fuerza, en su alegría semanal. Da igual el lugar, la categoría; simplemente el Dépor. Nadie sabe cómo acabará esta liga, pero lo vivido ayer en las gradas recordó a esa electricidad de partidos como los de Guadalajara o Soria de hace diez años en Segunda.

Para entonces ya casi nadie se acordaba de que Borja había sentado a Héctor y a William y que se estrenaba Diego Aguirre y volvía el propio Quiles al once. El Dépor estaba por delante en el marcador, pero el partido no era ni mucho menos suyo. De hecho, durante muchos minutos, en ese tramo inicial, se jugó a lo que quería su adversario. Era incapaz el equipo coruñés de sacar la pelota, de sobreponerse a la intensidad de su contrincante, de enfriar ese fulgor del equipo de Abel. Lo mejor era el 0-1 hasta que desapareció...

Ya había avisado el Rayo y, en una jugada desgraciada con mal despeje de Lapeña y un rechace-gol de Jaime en propia, se consumó esa amenaza palpable. 1-1, minuto 15. Al Deportivo, por entonces, se le veía superado y su banda izquierda era una autopista sin peaje en la que iban apareciendo todos y cada uno de los atacantes madrileños, siempre con Borja González al mando.

Fue una pena que llegase el empate. Por el hecho en sí y porque el Dépor estaba a muy pocos minutos de controlar el choque. Fue a partir del minuto 20. Juergen se hizo gigante entonces ayudando un poco más en la salida y empezando a reinar en el partido. El equipo coruñés respiró, se asentó y pudo ser, por fin, él mismo. Al menos hasta el descanso. El Rayo corría menos, el Dépor mascaba las jugadas y empezaba a ensanchar el campo y a ser punzante. Sin prisa, sin pausa. En su salsa. El conjunto de la banda empequeñecía, sus ataques eran a cada paso más esporádicos o se producían en estático, donde es bastante más inofensivo. Casi de manera paralela, los de Abel empezaron a cavarse su propia tumba con infinidad de pérdidas de balón en la salida de balón. Champagne se desesperaba. En una de tantas, Miku se encontró un regalo, corrió y embocó. 1-2. Pudieron ser más en ese tramo. El daño ya estaba hecho y la ventaja conseguida.

Aún así, el Deportivo no se libró antes del paso por vestuarios de alguna escaramuza más de su rival, sobre todo, con un disparo de Bastos. Ya le pilló esta ventaja, ese amago de arreón local con otro punto de maduración. Ya no veía pasar aviones, tenía el partido punto en boca, con las riendas ajustadas. Solo echaba de menos, para vivir tranquilo y desahogado, algún tanto más, que sin duda mereció antes del descanso.

Lo que no hizo en el primer acto quiso resolverlo, eso sí, pronto el Dépor en el segundo. Quiles rozó el tercero a los dos minutos en un cabezazo, Doncel también lo tuvo poco después. Era el momento de romper el encuentro y no lo hizo. Para entonces, Abel ya había metido a Rubén Sánchez, ayer suplente, su gran baza para doblegar al líder. Con el avance del segundero, el Rayo Majadahonda se fue adueñando de la pelota, pero echó de menos los espacios, correr, su razón de ser. El Dépor no era capaz de controlar el duelo de manera holgada, como le gusta, con la pelota bajo la suela y circulando. En realidad, tampoco pasaba por excesivos apuros, salvo algún balón colgado al área o alguna corrección apurada de sus centrales.

Pasaban los minutos y poco ocurría. Se jugaba en el campo del Dépor, muy poco en su área. Aún así, a Borja tampoco le gustaba del todo el panorama. Quería el esférico y echar al equipo unos metros más adelante. Dio entrada a Soriano, a Menudo. Nada, hoy fue imposible. No dejó de ganar el equipo, pero tuvo que hacerlo de otra manera. Hasta recurrió a un tercer central para los últimos minutos. Todo, mientras Víctor y Aguirre, con siete pulmones cada uno, no desistían de alguna cabalgada por la banda. Todo, mientras Elitim movía las manijas del reloj a su gusto. Con toques precisos, utilizando el cuerpo, acelerando, frenando, se convirtió en una bombona de oxígeno para su equipo, que no tenía la pelota, pero al menos disfrutaba a él y así, en esta Primera Federación, se vive extremadamente mejor.