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1-1 | Ibai y Villares evitan un sonrojo mayor

El Deportivo rescata un empate ante el Celta B en Balaídos en otro partido para olvidar que acrecienta las dudas alrededor del proyecto | Una jugada aislada salva a los blanquiazules, de nuevo perdidos

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Celta B - Deportivo Grobas

Ya es una costumbre que se repite de manera peligrosa que al Deportivo le rescate semana tras semana la inspiración de sus jugadores en una acción aislada. Ayer fueron Ibai Gómez y Villares los que evitaron un sonrojo mayor contra el Celta B en Balaídos en otra actuación muy pobre del equipo, huérfano de recursos colectivos y sin iniciativa por parte del grueso de sus jugadores. Muy pocos salen bien parados de otro encuentro incómodo que acrecienta las dudas alrededor del proyecto.

Casi todo tiene un aroma provisional en este Deportivo en el que se decidió apostar por la continuidad frente a los bandazos de la época más reciente. Por continuidad se entendía una idea a largo plazo, no insistir en los problemas que hicieron descarrilar al equipo el curso pasado. Borja Jiménez recibió un voto de confianza, pero eso también implicaba que buena parte de las miradas se centraran sobre él. Ya no arrancaba sobre cero, sino que lo hacía con la enorme losa de lo sucedido al final de la temporada.

A nadie más que él le interesaba que el juego acompañara a los resultados, pero lo que se ha encontrado el deportivismo, que cada vez mira con más recelo lo que sucede en el campo tras un nuevo desengaño, es un equipo temeroso y lejos de una versión convincente.

Casi al instante quedó de manifiesto que el Deportivo gravita en la indefinición, anclado en una propuesta en la que parece que solo lo reconoce su entrenador. Ayer insistió en el doble pivote con el que ha arrancado la temporada, pero esta vez sin el elemento posicional que representa Álex Bergantiños. En la primera jugada del encuentro, el Celta B ganó un balón en el centro del campo ante Olabe. Enseguida Lautaro enfiló hacia Jaime, desnudado con un amago al borde del área, que acabó en dos remates consecutivos que rechazó Mackay. El tercero lo remató Iker Losada ante la mirada de dos jugadores blanquiazules que hicieron el ademán de estorbar cuando ya era demasiado tarde.

Había pasado un minuto y el planteamiento de Borja Jiménez para el partido, fuera el que fuera, ya había saltado por los aires. Tendría tiempo para digerirlo el Deportivo porque el partido tardaría casi diez minutos en reanudarse por el lanzamiento de numerosos paquetes de pañuelos al campo por parte de la afición deportivista como protesta, se entiende, por la multa impuesta al club por un hecho igual la semana pasada en Riazor contra el Pontevedra. No puede decirse que el momento fuera el más oportuno, como tampoco que el equipo de Borja Jiménez se supiera recomponer del golpe recibido a las primeras de cambio.

Este Deportivo insiste en una fórmula que su entrenador defiende a capa y espada porque es la que mejor se adapta, asegura, a las características de sus jugadores. Ese juego posicional, sin embargo, empacha cuando se transforma en una propuesta sin ritmo ni velocidad basada en conservar la pelota. Lo intentó matizar ayer Borja con la entrada de Olabe, capaz de girarse y encontrar opciones de pase en una zona en la que el equipo había carecido de cualquier capacidad de control.

No la tuvo tampoco ayer a través de un juego de nuevo sin ritmo ni continuidad. Va en el debe también de los jugadores, incapaces de rebelarse ante una situación en la que se espera más de ellos. Al Deportivo le ocurre que quizá ha limitado en exceso la iniciativa de sus futbolistas en favor de una propuesta colectiva que no termina de funcionar. Afloran así los nervios, la desconfianza y queda de manifiesto la falta de alternativas que demuestra ahora el equipo.

Al Dépor le costó atacar en posicional cuando el Celta B se protegió sobre su área y no encontró recursos para dar salida al juego en las fases del partido que decidió adelantar líneas y presionar arriba a los blanquiazules. Esa situación, cada vez más común en el fútbol contemporáneo y que multiplica los espacios a la espalda de la defensa rival, por lo que sea nunca ha sido explorada por el equipo deportivista. En su lugar insiste en enfocar el juego hacia lo posicional sin demasiado resultado.

La circulación del balón, lenta y previsible, impide las superioridades a pesar de que el equipo busca asociarse, como empezó a conseguir mediada la primera parte. La mayoría de los jugadores del Deportivo, sin embargo, piden la pelota al pie. Nadie rompe, nadie conduce, excepto Mario Soriano, y a los rivales les resulta sencillo defender. Sin profundidad, el juego blanquiazul está condenado a que le rescate alguna individualidad, como ocurrió en los anteriores compromisos contra Linense, Mérida y Pontevedra.

Ayer sobrevivió gracias a una jugada que alumbraron entre Ibai Gómez y Villares. El primero filtró un pase delicioso para el desmarque de su compañero, que definió en el área con la misma precisión para igualar un partido que hasta entonces el Deportivo había sido incapaz de gobernar.

Tampoco lo hizo cuando pudo aprovechar la inercia del gol y el Celta B, un equipo inexperto, más cercano a la filosofía de un filial de lo que lo estaba el año pasado, sin ir más lejos. Puede ser falta de carácter o simplemente que este Dépor no sabe hacia dónde se dirige o a lo que agarrarse. La segunda parte volvió a ser otro intento desperdiciado que expuso de nuevo la falta de cintura del técnico para alterar los partidos. Los cambios no ayudaron a pesar de que Villares rozó el segundo en un disparo despejado. Hubiera sido mucho premio.

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