La tuvo ahí. Siempre a la vista, parecía que la acariciaba, pero, impotente, se le acabó resistiendo al Dépor la victoria y el mensaje rotundo de remontada, ese punto de inflexión que necesitaba marcar. El Cordóba sale vivo de Riazor y muy bien encaminado hacia el ascenso directo por la poca pegada coruñesa en el primer tiempo y por la falta de fuelle y fútbol en el segundo acto. El equipo coruñés, con mejores sensaciones y sin margen, ahonda en ese eterno camino en el alambre que parece esperarle toda esta temporada. Agotador, inevitable. Queda creer, mejorar, apretar los dientes y no desfallecer. Más que nunca será una carrera de fondo y el grupo esta para competir con cualquiera, es mejor equipo. Un consuelo raquítico, no hay más. 

Deportivo - Córdoba Casteleiro | Roller Agencia

El Dépor está acostumbrado a tener la pelota, ha sido configurado para ir inclinando el campo hasta que se asemeja a un tobogán. El Córdoba, por sistema, controla los duelos a su antojo, es capaz de ser punzante casi en cada acción, dominando muchos registros. Pero, como ocurre en los choques de poder a poder, ninguno de los dos equipos fue lo que quiere ser ni lo que suele ser. El conjunto coruñés se quedó en muchas fases de la primera parte sin la pelota y solo consiguió ser dañino para su rival cuando robaba y transitaba. Mientras, los andaluces sí que monopolizaban el esférico y cortocircuitaban la salida de pelota blanquiazul, pero no era profundos ni generaban ocasiones. Se les veía un tanto fuera de sitio, a ambos. 

Y eso que, al menos, el Dépor intentó poner sobre el césped todas las piezas conocidas para reproducir del ecosistema de esos últimos partidos en los que tan a gusto se ha sentido atacando. Óscar Cano repetía once, lo previsible. A jugar a partir del trío de pivotes, mientras Svensson se fajaba y Quiles y Soriano enfilaban la portería. La idea era esa, la realidad otra. El equipo coruñés estuvo a disgusto en los primeros minutos, aunque se le veía asentado y competitivo en su área. Resistía. El líder, por lo menos, no campaba a sus anchas por Riazor, aunque se le veía cómodo complicándole la vida al Dépor. Duelo de apretar, de gesto torcido, de disputas.

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Poco a poco el equipo coruñés, con la brega de su delantero y con buenas transiciones y recuperaciones comandadas por Quiles, empezó a hacer daño, a enseñar los dientes. Riazor olía la sangre, rugía. Era el momento de hacer su parte, de empujar la pelota sobre la línea si era menester. El Dépor se subió entonces a esa ola y disfrutó de hasta tres oportunidades muy claras en ese tramo: dos de Quiles y una de Soriano. El onubense siempre estaba por el medio, Carlos Martín se agrandaba en la portería. Perdonaba, mal asunto.

En la portería contraria poco pasaba antes del descanso, aunque sí es verdad que el grupo blanquiazul encontró algo de indulgencia en torno a Mackay. El colegiado y el asistente anularon un tanto del Córdoba en una jugada a balón parado en la que no parecía haber ninguna incorrección ni ningún fuera de juego. Bola extra. Todo quedaba para la segunda parte con un conjunto andaluz que le hacía ojitos a la igualada y un Dépor al que de poco le servía el 0-0 en su pretendida escalada.

El arranque del segundo acto fue casi coincidente en muchos puntos con el inicio del partido. El Córdoba incomodaba al Dépor, quería la pelota, a veces hasta parecía querer dormir el duelo. Llevaba tiempo con el empate en el bolsillo y, aunque no perdía de vista la meta de Mackay, era una salida de emergencia más que apetitosa y que siempre tuvo en mente.

Le costó de nuevo al grupo de Óscar Cano mandar en el partido, llevarlo a su terreno. De nuevo, en torno al ecuador fue capaz de apretar, de embotellar, de crear esa atmosfera tan especial de Riazor en la que huele a remontada, en la que el fútbol coge peso. Aun así, era más efectista que real ese olor a rotura de partido, a gol coruñés. El Dépor no terminaba de estar. Perdió varias pelotas en zonas sensibles y mostró que le faltaron fuelle e ideas con futbolistas que debían haber dado un paso al frente y que no lo dieron como Rubén Díez o Mario Soriano. Tampoco fue la noche de un Quiles desequilibrante, que erró antes del descanso y que se ofuscó en los remates desde la frontal en el último tramo.

Al técnico coruñés, aún así, le gustaba el plan de partido diseñado desde el principio, ya que veía al equipo vio sostenido, a pesar de estar ya algo cansado. Por eso demoró los cambios. Yeremay fue de nuevo su primer recurso por encima del minuto 70, aunque le dio entrada por Isi Gómez y no por Mario Soriano. Cambió el dibujo y el Dépor, entre esas modificaciones y el movimiento de piezas en paralelo de los andaluces, estuvo algunos minutos perdido, ahogado, frustrado.

Se encontró a tiempo para que Kuki Zalazar, quien tomó tres decisiones sobre el césped y todas mal, fallase un remate cruzado tras un chispazo de Yeremay. Lo intentaba el Dépor, también se descosía. De hecho, Willy Ledesma, ya en el campo, tuvo dos oportunidades sobre la hora, una muy clara, y eso que su equipo ya casi ni quería atacar, porque ya tenía la mirada fija en el botín que suponía la igualada. Un empate de mérito, aunque insulso, que deja al Dépor a mitad de camino. Parece ser su destino esta temporada.