Adiós a Arsenio, faro del deportivismo
Muere a los 92 años la figura más eterna y transversal de la historia del Deportivo, un padre y guía espiritual para la afición | Le enseñó a la grada de Riazor cómo convivir con el éxito y el fracaso

Arsenio Iglesias se despide de Riazor después de ganar la Copa del Rey de 1995 y ofrecerla a la afición en el estadio. | // EFE / EFE

Se fue Arsenio Iglesias (Arteixo, 1930-A Coruña 2023) y con él se fue tanto y se quedó tanto. Es imposible entender la historia del Dépor sin él. “El Dépor y el fútbol son mi vida”, solía decir. Por poso, por momentos, porque su vida ha transcurrido en paralelo a la del Dépor, porque estuvo a su lado en los peores momentos, porque con él empezó a ganar, porque él le enseñó tanto al deportivismo. Un mito popular. Se marcha a los 92 años tras fallecer en su casa después de unos días en los que sus más allegados ya preparaban un adiós inevitable. Llevaba unos años fuera de la vida pública en los que disfrutaba de su familia y de sus nietos, pero seguía más presente que nunca entre el deportivismo. En sus hechos, en sus palabras, era un guía para la contención en las alegrías y para tener esperanza en los tiempos oscuros. El faro.
Con Arsenio Iglesias se va la figura más perdurable y que mayor huella ha dejado en el Deportivo en sus 116 años de historia. Su pegada va más allá de esos 714 partidos en los que defendió al Dépor como jugador o entrenador. Desde que era un niño y se escapaba de casa para ver a Juan Acuña cuando el Dépor se concentraba en el balneario de Arteixo hasta hoy ha pasado una vida entera. Él fue ese pequeño emocionado con un equipo y con sus ídolos, él fue ese joven meritorio que alternaba con la Orquesta Canaro y el equipo de Scopelli y que poco después debutó, él fue ese discípulo guiado que escuchaba a Helenio Herrera, él fue ese compañero que estaba junto a Luis Suárez cuando daba sus primeros pasos, él fue ese coruñés que tuvo que emigrar a Sevilla, Granada u Oviedo antes de volver a casa. Él fue ese técnico novel que empujó a Beci a rematar un cabezazo histórico en 1971, él ya sufría por todas esas gentes en la nefasta tarde del Rayo en 1983, él dejó corriendo el Compos para librar a su equipo de las tinieblas junto a Vicente en 1988. Él fue ese referente que llevó de nuevo al equipo a Primera tras 18 años cuando el estado ardía en 1991, él fue el que volvió de la jubilación para comandar un equipo único y generacional, el Superdépor, que le dio el primer título al club en 1995. Fue el último acto de servicio sobre el césped, pero nunca dejó de guiar al club, uno de sus amores, con su forma de ser y con su forma de entender el deporte. Un maestro que ahora se ha marchado.

Jóvenes deportivistas, en la capilla ardiente instalada ayer en Riazor. | // VÍCTOR ECHAVE / Carlos MIranda
Consiguió mucho, pero lo que le hizo grande no es lo que se puede tocar, no es lo que adorna las vitrinas del club. Son los intangibles. Arsenio Iglesias es una forma de entender la vida de la que se ha impregnado todo el deportivismo, que cada vez la siente más arraigada. “Viví alegrías y también tristezas. Es muy agradable notar el cariño, hay que ser honesto para merecer el respeto”, decía hace unos años a LA OPINIÓN cuando enfocaba la parte final de su vida y todo se convierte en un balance.
Su humildad que lindaba con timidez y su postura de antihéroe, ese lenguaje tan enigmático… La sencillez del que no había dejado de ser o neno da Baiuca. “No entiendo el éxito. Decir que eres un ganador es una ordinariez. Soy solitario y silencioso, necesito callarme. Me gustaría que me recordasen como una persona normal”, apuntaba el propio Arsenio Iglesias hace ya casi tres décadas en el libro biográfico El Fútbol de El Brujo, de Xosé Hermida. Esa sencillez y esa constante de huir de la gloria le acabaron elevando aún más en las preferencias de la grada blanquiazul.
La iconografía lo recordará como viejo y sabio, con el pelo gris y lleno de experiencias, pero antes de haber un técnico o un guía espiritual, existió un joven blanquiazul y existió un jugador. En su ser no dejó de haber algo de aquel niño, pequeño de nueve hermanos, que vio cómo algunos se fueron a la guerra y todos tuvieron que sufrir las estrecheces de unos tiempos en los que no había de nada. El fútbol era el salvavidas y pronto empezó a llamar la atención en los ambientes futbolísticos de A Coruña y su comarca. Antes de recibir la alternativa en Les Corts, pasó por el Bergantiños, el Ciudad Jardín, el Fabril y el Juvenil de Rodrigo García Vizoso. Fue Chacho, otro histórico, el que le hizo debutar con el primer equipo y le acompañó hasta sus últimos días el agradecimiento por aquel gesto de uno de los grandes del fútbol coruñés.
Se abría un mundo nuevo en el que él tampoco creía demasiado. Nunca podría haber imaginado a donde le acabaría llevando. Todavía hincaba los codos, en Escuela de Maestría Industrial, y se subía con frecuencia al trolebús para volver a Arteixo. Pronto finalizaría esa vida alternativa y se acabaría convirtiendo en ese trabajador y educado jugador que, al mes de debutar, haría un doblete en Chamartín y al que un conductor de grupos llamado Helenio Herrera llevaría a su rego. Unos meses, en 1953, que serían el germen de su pasión por los banquillos y la mecha de su fichaje por el Sevilla solo unos años después. No quería salir de A Coruña, pero el destino ya había decidido que su carrera estaría unida a la de Helenio. Él vio en Arsenio Iglesias al técnico metódico que acabaría floreciendo tras retirarse, al del “orden y talento”, a un adelantado a su tiempo. La llama siguió viva en su estancia en Nervión y en esas cartas que se mandaban entre ambos. Los Cármenes y el Viejo Carlos Tartiere también disfrutaron de su fútbol. Su mente ya le pedía pasarse al banquillo. Ya tocaba mandar desde la banda.
Fran González Pérez"Siempre me llamaba 'neniño"
Una figura capital en sus primeros pasos como técnico fue Cheché Martín. Era un bohemio, se arriesgaba, también como estratega, incluso al elegir a sus discípulos. Tenía ojo. A finales de los sesenta se sentó finalmente en el banquillo de Riazor y, a pesar de que desde el club habían pensado que Rodrigo era el mejor para acompañarle, él lo tuvo claro: quería a su lado a Arsenio. Esa apuesta fue la que acabó acercando al primer equipo al que por entonces era el técnico del Fabril. A finales de 1970, cuando asomaba 1971, Arsenio dirigió por fin a los mayores. Llegó, como muchas veces, para salvar los muebles. Nunca sabía decir que no. “Fueron varias veces. Estaba al lado de casa y era cómodo para todos. No tiene mérito”, admitía sin darse importancia porque siempre estaba de guardia.
Su atención a los detalles y sus concentraciones en Arteixo terminaron devolviendo a Primera al Dépor. Subió y lo mantuvo un año; al siguiente ya no fue posible. El equipo dejaba Primera y él A Coruña. Una década de peregrinaje por el mejor Hércules de la historia, por un Zaragoza que cumplía objetivos, por un Burgos desahogado y por un Elche que se quedó a punto de caramelo. Solo en Almería decidieron prescindir de sus servicios. En ese tiempo sintió la soledad y la morriña. A principios de los años 80 ya estaba de vuelta. “Lo pasé bastante mal las veces que me tocó estar fuera de casa. Incluso ahora (por los últimos tiempos) en los días de calor me acuerdo de Sevilla, de Granada… Lo mío, sin duda, era y es esto”, relataba, mientras le invadía de nuevo la nostalgia sin haberse ido.
El Rayo y los jóvenes
A una generación y al propio Arsenio Iglesias siempre les marcó lo ocurrido en una tarde de mayo de 1983. En la famosa rueda de prensa posterior al penalti de Djukic, cuando confiesa que a él esto ya le “ha pasado”, se refiere a este punzante recuerdo. Era el año de estreno en su primer regreso a Riazor. Un grupo joven, con gente de la casa, bien reforzado y que parecía imparable. En A Coruña solo el Palencia le había hecho fallar… hasta que volvió a hacerlo. El Rayo Vallecano lo mantuvo otros ocho años en el infierno y el técnico no escapaba a veces a las frustraciones de una afición que no entendía por qué la historia era tan injusta, porque le golpeaba repetidas veces. Hasta en la temporada de la reparación, la 90-91, no se salvó de ser señalado por Tribuna. Los más jóvenes lo veían de otra forma. Para ellos era un referente que iba más allá de lo futbolístico. Y llegó el ansiado ascenso, otra llamada de emergencia para suplir a Boronat y luego el Superdépor, una revolución en el fútbol español y europeo, el inicio de una era dorada de dos décadas.
Ese equipo fue el que le sirvió para desarrollarse, aunque no siempre fuese del todo entendido. Terminó de perfilar su definición como técnico. El famoso Orden y talento, la utilización de los espacios, el aprovechamiento de los grupos, las pequeñas sociedades, el entrenamiento invisible, esa mezcla de paternalismo y exigencia, cuidar hasta los más pequeños detalles… Hizo temblar al balompié de la península, ganó la Copa del Rey de 1995 y se fue antes de que lo echaran de más, como siempre. “Me voy para que luego puedan darme un abrazo y no me maldigan en agosto. Lo que no quiero es que nadie me maldiga”, dijo entonces. Hoy todo el mundo le añora.
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