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El Dépor logra esta vez que no le quiten la fiesta de los ‘fuciños’

Riazor celebra el ascenso del Deportivo a Segunda División

Riazor celebra el ascenso del Deportivo a Segunda División / LOC

EDITORIAL LA OPINIÓN

EDITORIAL LA OPINIÓN

Cuando el autobús que llevaba a los jugadores del Deportivo llegó ayer a Riazor con el techo humeante por culpa de una bengala mal lanzada, hubo quien, en el fondo, sonrió. Eran aquellos que se acordaban del impresionante incendio de la cubierta de la grada de Preferencia que el 9 de junio de 1991 sirvió de preámbulo para la victoria 2-0 frente al Murcia, que supuso el ascenso de los blanquiazules a Primera.

Ayer el salto era menor, pero, desde luego, no menos complicado y demasiadas veces los deportivistas vieron cómo les quitaban la fiesta de los fuciños. Por eso, la pequeña humareda de un pequeño fuego sofocado con una manguera era una llamada al exorcismo, a romper el meigallo que parece que tiene que rodear siempre al conjunto coruñés.

Los jugadores del Deportivo lo dan todo en la fiesta con su afición por el ascenso.

El triunfo frente al Barcelona B supone el regreso del club coruñés al fútbol profesional, un escalón del que nunca debió bajar, pero que tardó cuatro años en ser capaz de subir. Ahora es el momento de celebrar lo que, sin lugar a dudas, es un gran triunfo, del club y, por supuesto, de una afición que no desfalleció ni en los peores momentos, cuando el club iniciaba con paso titubeante lo que parecía una temporada más marcada por la desilusión. Y justo cuando parecía que no había vuelta atrás, cuando todo apuntaba a un cambio de entrenador, el equipo comenzó a funcionar. Lo hizo guiado, por supuesto, por Lucas Pérez, pero también por canteranos como Yeremay o Mella o Rubén López o Dani Barcia o Hugo Rama... Todos ellos demostraron que Abegondo tiene también hueco en Riazor.

Y eso es tal vez lo más alentador del inicio de esa “otra historia” que anunciaban las camisetas con las que la plantilla celebraba ayer el ascenso. El hecho es que muchos de los grandes protagonistas de este renacimiento del equipo son niños que se convierten en hombres vistiendo siempre los colores blanco y azul. Una camiseta y un escudo que llevan en su ADN y que les da ese plus de competitividad que demasiadas veces el dinero no puede pagar.

La fiesta del ascenso del Deportivo en la sala de prensa del estadio de Riazor.

Xane Silveira

Como tampoco se puede pagar el apoyo de esa afición que domingo tras domingo consiguió que el Deportivo jugara siempre de local, fuera en Riazor o en cualquier otro campo de España, dando ejemplo a todo el país de lo que es sentir unos colores más allá de los resultados o de la categoría en la que se milita. Es el sentimiento de esa hinchada el que ha provocado que, ahora mismo, el Deportivo tenga a más de tres mil personas en lista de espera para poder hacerse socias o que Riazor tenga más asistencia que la gran mayoría de campos de Primera. Evidentemente, ahora es tiempo de celebrar. Todavía quedan dos jornadas de la liga regular y una final que servirá para determinar si es el Dépor o el Castellón el campeón de la categoría.

Pero todo ello, a estas alturas, ya no importa. Y mientras la afición y los jugadores celebran, los responsables del club tienen que estar ya trabajando para conseguir que este ascenso no tenga vuelta atrás y que sea el primer paso de un camino que tiene que llevar, ineludiblemente, al club coruñés al lugar que nunca debió abandonar.