Fútbol | Deportivo
Carlos Sierra, un viaje desde Argentina al corazón del Dépor en su bar de Tenerife: 'Acá tengo otra familia'
Tenía trabajo y una vida estable en Argentina, pero con 17 años vendió su coche y sacó un billete de avión para conocer la tierra de su madre, y en cuanto entró en Riazor, se produjo el flechazo. Corría el año 1992. La vida le llevó, posteriormente, a Tenerife, donde regenta el bar Superdépor

Carlos Sierra posa en el bar Superdépor que tiene en Tenerife. | Cedida

«El Dépor es mi cable a tierra. Dejé a mi familia en Argentina, pero tengo otra acá, la que cree y al Dépor. Tengo tres hijos, los dos que tengo y al Dépor». Con 17 años, Carlos Alberto Sierra Campelo, de «madre de San Pedro de Nós y de padre asturiano», vendió su coche y se pilló un billete de avión en 1992 para conocer la tierra de sus ancestros y en cuanto entró a Riazor, se quedó prendado. «Me enamoré. Me dije: ‘Estos son más argentinos que yo», afirma, mientras suspira. Una pasión que le ha acompañado en las tres últimas décadas, de la que ha contagiado a su familia y que le llevó hace años a montar en Tenerife el bar Superdépor, un templo deportivista en Santa Cruz, que le ha convertido en una referencia para el deportivismo: «Lo más lindo es que, cada vez que llego a Riazor, me empiezan a saludar, me dicen: ‘Tú tienes el Superdépor en Tenerife’. Yo no me acuerdo de tanta gente, claro, pero ellos, sí; hago amistad con muchos. Mi hijo flipa cada vez que venimos. Van una vez (al bar) y se quedan con la copla y no se olvidan de ti», remarca emocionado un Carlos Sierra que estuvo en el último partido en Riazor viviéndolo desde el fondo de Marathón.
Su lugar, teñido de blanquiazul y con recuerdos en todas sus paredes, es casi un lugar de peregrinación para todo aficionado del Dépor que pasa por Canarias. Él no niega ese magnetismo: «Cuando llegué aquí (a Tenerife, adonde se mudó en su segunda etapa en España), mi mujer me dijo que por qué no le ponía Superdépor al negocio. Yo iba colocando una banderita y otras cosas y me dijo: ‘Pero si todo el mundo sabe que eres del Dépor...’. Es el orgullo más grande que tengo. Viene un gallego y se baja del coche y entra. Cuando el equipo vino este año (15 de diciembre de 2024), que no se jugó, tuve 300 o 400 personas del Dépor por aquí. Cada uno que viene me dice: ‘¿Cómo puede haber este templo aquí?’. Mi bar es todo deportivista, no tengo una bandera ni del Barça ni del Madrid ni de Boca ni de nadie, solo del Dépor, y la gente se queda enamorada», relata.

Carlos Sierra, en su bar de Tenerife / Cedida
Todos esos viajes a Riazor, su cordón umbilical, y ese bar Superdépor son lo palpable de esa pasión que tiene su origen a principios de los 90. Él, que es el duodécimo hijo de una familia de quince vástagos, «el que iba a nacer en A Coruña». De ahí le debió venir la conexión. «Con 17 años decidí vender mi coche y me vine sin conocer a nadie, ni a mi primo, ni a nadie. Me quité la deuda de pisar la tierra de mi madre. Me recogieron en el aeropuerto y desde ese día empezó un amor terrible. Lo llevaba en la sangre, pero conocer a la gente, vivir la ciudad, disfrutar... Ahora se lo pasé a todos, a mi mujer, a mis hijos. En el 92 jugamos la promoción para salvarnos, nos salvamos, y fichamos a Mauro, Donato y Bebeto, del que me enamoré hasta el penalti... Luego lloré lo que no está escrito », cuenta quien debió regresar a Argentina por exigencias familiares. Allí no decayó la pasión, más bien se acrecentó: «Cuando volví mi madre no podía creer ese espíritu tan fanático que yo tenía. Seguía los partidos con el cambio horario, mi primo me mandaba las portadas, recibía las revistas del club... Como podía».
Años más tarde, le convencieron para mudarse a Tenerife, más a su familia que a él, y se llevó un parte de Riazor a las islas. Por el medio muchos viajes, entre ellos uno por la remontada al Milan, «el mejor recuerdo». También para el descenso ante el Valencia, un partido del que se fue antes de acabar «porque no aguantaba». Alguna desilusión en un choque por el ascenso (Albacete, 2022) que le llevó a cerrar el bar, aunque «luego el Tenerife se jugaba el play off». «Es que no podía», reafirma.
Alegrías y desilusiones que han dejado un regusto dulce, en el que las desgracias se diluyen. «Ha pasado de todo. Ascensos, descensos, títulos... Es muy sentimental para mí, pero sinceramente no he vivido nada malo. No tengo una historia fea en Riazor», cuenta quien ha visto la ciudad inundarse de color blanquiazul en poco más de tres décadas: «Lo que más me gusta es ver a los niños hoy en día y no hay una camiseta del Madrid, son todas del Dépor. Hace poco vivimos una época mala, hay que aceptarla, pero todo esto es impagable».
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