Un ex jugador del Deportivo cuenta cómo se produjo su fichaje: "El señor Lendoiro no mantendrá la oferta más de 24 horas"
Un club que dudaba y un presidente al acecho

Deportivo 1994-95 / APD
El Deportivo del verano de 1994 era un equipo golpeado que intentaba recomponer los pedazos para seguir peleando por lo más alto y para darse una nueva oportunidad de ganar títulos. Lo había rozado con el penalti de Djukic. Lendoiro decidió que siguiese Arsenio Iglesias y apostó por pocos, pero selectos fichajes, la mayoria centrados en una delantera que necesitaba un empujón. No llegaba con Bebeto, Claudio, Manjarín o un Pedro Riesco que no encontraba su sitio y pronto empezaría a encadenar cesiones. El presidente se trajo a Villarroya en el lateral para alternar con Nando y echó el resto en posiciones ofensivas.
Una de las grandes apuestas fue la llegada de Emil Kostadinov, quien había brillado con la Bulgaria semifinalista en el Mundial de 1994, ese que había encumbrado a Mauro y a Bebeto. Desembarcaba en España después de varios años en un Oporto en el que lo había ganado todo. Pero en realidad tampoco terminó de encontrar su sitio en Riazor y, unos meses después, sería cedido al Bayern Munich. Nunca más vistió de nuevo la camiseta blanquiazul.
Sin agente y preocupado en el Mundial
Uno de los jugadores que le quitaba protagonismo en esa delantera y que fue el tercer fichaje del Deportivo de ese verano fue Julio Salinas. El equipo coruñés, además de una sensación mundialista, firmaba al delantero centro titular de la Selección de Clemente, aunque su contratación, explicada por él mismo en su instagram, tiene su intrahistoria. Un despedido, un deseo incumplido, una oferta con fecha de caducidad y una experiencia casi de paso...
"Cruyff me echa del Barça el día después de perder la Copa de Europa (1994 en Atenas ante el Milan)", se arranca Salinas para seguir ahondando en ese adiós exprés: "Ese partido no lo juego, me quedo en la Tribuna. Cara de anonadado sin poder reaccionar. Se me cae el mundo. Acabo de cumplir 32 años y el mercado no es como ahora, que si Arabia, Catar, China, Japón, la India... En aquel momento era solo España", relata para contar los siguientes pasos que también dan muestra de que era un fútbol de otro tiempo: "Me voy muy preocupado al Mundial y allí mis compañeros de equipo, Abelardo, Cañizares, Luis Enrique, me dicen que me ponga en marcha con un buen representante. Yo hasta ese momento no lo tenía y llamó a Alberto Toldrá. A los tres días recibio una llamada del presidente Lara (Espanyol) y me comenta la posibilidad de poder jugar en el Espanyol. 'Guau'. Se me abre un mundo. '¡Qué alegría!'. Acababa de echarme novia hacía tres meses y yo vivía cruzando la carretera al lado de la clínica Corachan (en Barcelona). Llamo a mis amigos y familares que voy a seguir en Barcelona".
"Pero a los tres días, para mi sorpresa, me llama mi agente y me dice que hay que ir al Dépor. 'Al Dépor no, Alberto, al Espanyol', le dije. Le dije que hablase con Lara. Me dice que ni Camacho ni el vicepresidente de Espanyol están por la labor de que yo fiche por el Espanyol. Le digo que hable con Lara, que se deje de historias del entrenador, que luego ya les convenceré yo con mi juego. Ni para un lado ni para otro y a los tres días me dice que tengo que ir al Dépor y que tengo que aceptarla, porque el señor Lendoiro no mantendrá la oferta más de 24 horas", relata de una aparición exprés del Dépor con la que Lendoiro quiso marcar los tempos de la operación. "A las tres horas me llama el director deportivo del Espanyol, Pedro de Felipe, y me dice que me vaya al Dépor, que es la mejor opción y que cuando me llame el señor Lara, le diga que elegí al Dépor por cuestiones deportivas. Yo era un pipiolo en aquella época y estaba muy preocupado, aunque era verdad también que la oferta del Dépor era muy buena. Acepté la oferta". Aún no se acabaron ahí las idas y venidas con los pericos, habría epílogo: "A las pocas horas, al día siguiente, me llama el señor Lara y me pone a parir, a caldo y con toda la razón del mundo, porque no sabía ni qué decirle. Yo yo era tan pipiolo que, en vez de decirle la verdad, le dije que me iba al Dépor a ganar títulos".
"No me arrepiento nunca de esa decisión", asegura Salinas: "Llegué al Dépor, a un equipo campeón muy desmoralizado, anímicamente rotos porque ese año habían perdido la Liga contra nosotros por el penalti de Djukic, pero no nos fue mal porque ganamos dos títulos (Copa y Supercopa). Yo creo que transmití un poco de esa alegría. La Copa del Rey al Valencia y luego la Supercopa. En el plano personal, el cambio de Arsenio a Toshack fue a peor. Era imposible convivir los dos y tuve que decidir marcharme", aduce para justificar su adiós a Riazor de cara a la temporada 1995-96. Doce meses fructíferos, aunque en realidad él deseaba marcharse al Espanyol, seguir en una ciudad como Barcelona en la que ya vivía.
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