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La historia del estadio de Riazor: de su inauguración en 1944 a la nueva reforma integral anunciada

Solo queda en pie la Torre de Marathón de la construcción original y ya no dialoga directamente con el mar, pero mantiene su esencia y se prepara una reinvención que no es la primera de su historia

Un joven José Luis Bugallal Marchesi posa delante de Riazor en los años 40 antes de ser inaugurado.

Un joven José Luis Bugallal Marchesi posa delante de Riazor en los años 40 antes de ser inaugurado. / Cedida

Carlos Miranda

Carlos Miranda

El día que los aficionados del Dépor dejaron por fin el Parque de Riazor de las Esclavas y su vieja grada de madera y se dispusieron a ocupar sus nuevos asientos en el majestuoso y nuevo Riazor el 29 de septiembre de 1944, A Coruña y el deportivismo entraron en una nueva dimensión. Dejaban atrás un campo de fútbol, al que se le veían todas las costuras, aunque estuviese romantizado porque las olas rompían en una de sus gradas. Pasaban por fin a disponer de un estadio de fútbol que, en aquel momento, era uno de los más modernos de España en plena posguerra. La Torre de Marathón mandando y la columnata filtrando la ensenada del Orzán a ras de hierba. Una modernidad racionalista de su época, un estadio único que ya pisa firme en el arranque de su novena década y que se dispone a vivir su sexta vida con el acuerdo anunciado el lunes entre Concello, Dépor y Diputación que aparca el Mundial y propone una reforma integral de toda su ciudad deportiva.

De aquel templo que ha acompañado al club coruñés en la mayor parte de su historia hoy solo queda en pie la Torre de Marathón y fuera del estadio. Una vigía atlética y ahora casi espiritual que será restaurada y reformada también después de que Patrimonio aprobase la intervención ideada por el club de manera paralela a la apertura del museo. Aquel Riazor de 1944 era hijo de su tiempo y fue ideado por el arquitecto Rey Pedreira y desarrollado en 40.000 metros cuadrados y con un presupuesto de cinco millones de pesetas, lejos de los 120 millones de euros que exigía la FIFA para 2030. Mantuvo su fisonomía primigenia hasta finales de la década de los 60 cuando, tras instalar la iluminación artificial, fue derribada la columnata para construir el Palacio de los Deportes de Riazor, finalizado en 1970 y que se vivió su puesta de largo en el Mundial de hockey 1972.

El Dépor, en Riazor en 1993 con General al fondo.

El Dépor, en Riazor en 1993 con General al fondo. / JESUS DE ARCOS

Inauguraba, de esta manera, una segunda etapa en la que perdía su diálogo directo con el mar, aunque conservaba parte de esa esencia. Aun no existía la grada de Pabellón y Marathón era General con esa curva aún mentada por los nostálgicos cuando Riazor coge temperatura.

Y llegó 1982

Y llegó el Mundial, no el de 2030, sino el de 1982. A Coruña fue de las primeras en postularse, en 1977, y fue designada sede en 1979. El proceso vino con curvas también, aunque entonces supo mantenerse en las vías. Presupuestó 400 millones de pesetas, se gastó 500 en un proyecto del arquitecto Antonio Desmonts. Y tuvo que tirar Preferencia sobre la hora para hacerla de nuevo. El nuevo recinto con forma de barco y su característicos tirantes fue inaugurado el 11 de junio, cuatro días antes del primer partido, de un Perú-Camerún. Por el medio ascendió a Segunda en 1981 entre grúas. El atletismo y sus pistas (en sus primeros años de ceniza y luego de tartán) iban perdiendo peso. De manera gradual se iba consagrando al fútbol. Un proceso imparable que se reafirmó con los cambios que operó a finales de los años noventa, entre su tercera y cuarta vida.

Vista general de Riazor antes del cambio de 2018.

Vista general de Riazor antes del cambio de 2018. / CARLOS PARDELLAS

Esa última década cerró el perímetro del estadio y desterró las zapatillas de clavos. Desaparece Lateral de Marcador y Especial de Niños para alumbrar Pabellón. General se rebautiza como Marathón. Fue gradual. Las obras empezaron en 1993 y duraron cinco años, tiempo de convivencia con los andamios. Afectó a todas las gradas, menos a Tribuna. En el Teresa Herrera de 1998 se jugó con todo cerrado. Una nueva era que vivió su epílogo con la reforma interna que asumió para albergar partidos de Champions en 2000. Entonces se renovó el convenio de uso del estadio con el Concello que se había firmado en 1983 con una duración de 50 años. Se reformuló y se ajustó su vigencia, a 2025.

Riazor vivió desde entonces u mayor época de inmovilismo y eso que coincidió con algunos de sus mejores hitos. Se remozó por dentro y se fue al detalle. Todo saltó por los aires en 2017, cuando se tuvo que suspender un Dépor-Betis porque un temporal provocó que se volatilizase y se desprendiese la cubierta, una situación de emergencia que llevó a posponer el partido y que empujó a buscar una solución de calado. Sustitución de la cubierta en un proyecto con un presupuesto de ocho millones que se ejecutó en 2018 y que llevó al Dépor a jugar algunos de sus partidos, de nuevo, en el medio de obras. La remodelación, aunque fuese menor que otras, causó un importante impacto visual porque le llevó perder los tirantes y esas guías de color rojo que le habían acompañado en los últimos tiempos.

Ahora, ya sin Mundial, le toca vivir su gran reforma del Siglo XXI y no solo afectará al estadio. Las próximas semanas y meses desvelarán el camino a seguir.

Panorámica antes de Riazor antes de 1968.

Panorámica antes de Riazor antes de 1968. / Cedida

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