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La semana de los "silencios" en la casa de Arsenio Iglesias: así vivieron los ascensos de 1971 y 1991

"Lo recuerdo con nervios. Las siestas de mi padre a lo mejor eran más largas, intentaba parar un poco en casa... Percibías que iba a pasar algo, que había cierta tensión, pero eso no se trasladaba a nosotros", cuenta su hijo Antonio

Arsenio Iglesias en los años 80 dirigiendo al Deportivo

Arsenio Iglesias en los años 80 dirigiendo al Deportivo / EPI

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Carlos Miranda

Carlos Miranda

Los entrenadores han sido siempre unos aglutinadores de sueños, también de tensiones que se multiplican en los días previos a un ascenso a Primera División. Le ha ocurrido a todos. A José Luis Oltra, a Fernando Vázquez, a Imanol Idiakez, tan solo en la era moderna. Ese liderazgo se hace más patente en días en los que la electricidad y los deseos flotan en el ambiente de una ciudad que respira por el Deportivo como es A Coruña. Responsables técnicos que llevan una subida a sus hombros y que también tienen vida y personal y unos allegados, que ejercen de contrapeso y sustento. Así se vivieron los ascensos de 1971 y 1991 en la casa de un mito del deportivismo como es Arsenio Iglesias.

"En mi casa no se hablaba de fútbol", avisa uno de sus hijos Antonio antes de adentrarse en las interioridades del hogar de los Iglesias Vázquez en pleno centro del Ensanche coruñés. "Veíamos los partidos en la tele, lógicamente, pero no había una tertulia, ni mi padre llegaba y contaba cosas. Supongo que es algo bastante común en gente que tiene trabajos de cierta tensión, que llega al hogar y no querrá dar la chapa a sus hijos o a su mujer y llevar la tensión a casa. Intentaría que la familia estuviese un poco al margen, aunque al final vives en la calle y no lo estás", reflexiona quien en semanas así se fijaba en los silencios y en los desvelos, en los matices: "Lo recuerdo con nervios, lógicamente, pero quizás en casa sí que podría haber más silencio, las siestas de mi padre a lo mejor eran más largas, intentaba parar un poco en casa... Percibías que iba a pasar algo, que había cierta tensión, pero eso no se trasladaba a nosotros", razona con detalles de otro tiempo en los que las redes sociales no existían y la comunicación era otra: "En aquel momento no había teléfonos móviles, con lo cual en las llamadas (a los teléfonos fijos de casa) percibías esa preocupación, aunque estábamos como un poco ajenos".

Arsenio Iglesias

Arsenio Iglesias / MAGAR

Para Antonio Iglesias, nacido en 1964, los recuerdos son "borrosos" del ascenso de 1971, aunque siempre ha estado muy presente en la casa familiar con "una foto del cabezazo de Beci". Aquella primera subida le cogió en sus primeros meses en el banquillo del Deportivo después de que el club decidiese prescindir de Roque Olsen en torno a Navidad, a la fecha de su cumpleaños, en Nochevieja. Era la primera vez que acudía al rescate el que, por entonces, ejercía de ayudante y técnico del Fabril. En algunas de sus biografías relata incluso cómo se lo transmitió a la familia.

También aparece por la mente de Antonio Iglesias "el gol de Vicente" en 1988 y, claro, el día que el Dépor quemó el meigallo en 1991. Después de la tensión previa y ya con el objetivo conseguido, se producía ese momento de volver a casa y liberarlo todo en la intimidad. "Él llegaba muy cansado, yo recuerdo a mi madre, que le preparaba una comida, algo suave, una merluza cocida con patatas, algo así. Probablemente ese día no habría ni comido o muy poco, llegaba con cierto apetito y a descansar. La noche de los partidos, en general, descansan mal, no solo los entrenadores, sino también los jugadores; tienen ciertas dificultades para conciliar el sueño. Podría estar más callado o menos callado dependiendo de cómo le haya ido la cosa", cuenta de un ritual de décadas.

Gestionar la victoria y la derrota

Un canalizador de alegrías y tristezas en las que Arsenio Iglesias siempre ha sido ejemplo a seguir, anticipando el desastre o disfrutando desde el respeto de cualquiera de las dos emociones: "Era un poco estoico y eso le ayudaba a gestionar. Cuando sucedían cosas de alegría, siempre solía estar más calmado y cuando llegaban reveses, intentaba también relativizarlos, aunque le afectaba más el revés que la alegría, que él creía que iba a durar poco", cuenta quien huye de esa visión paternalista de su padre porque cree que había un Arsenio ante los micrófonos y el público y otro Arsenio cuando se cerraban las puertas de la caseta de Riazor: "Una cosa es lo que se transmitía y otra cosa es dentro del vestuario, donde yo creo que tenía un carácter potente. Otra cosa es lo que transmitía después. Él protegía a los jugadores de una forma especial. No digo que corriese la sangre, pero casi, tenía un carácter fuerte dentro del vestuario. Lo digo no porque lo haya vivido, pero sí por comentarios de gente que estaba próxima a él. Tenía carácter y los ponía a andar. Había cariño, pero al mismo tiempo había exigencia dentro. A veces se da una visión muy paternalista, que podía tenerla, pero que tampoco es muy real. Tenía los dos componentes", relata del faro del deportivismo, su padre, Arsenio Iglesias, que empujará desde el cielo para que Hidalgo engrose esa lista de entrenadores que llevaron al Deportivo a Primera, unas figuras aglutinadoras, muchas veces con peajes para sus familias y su vida personal.

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