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0-2 | El Deportivo sube en el diluvio para purificarse y quitarse el barro

Un doblete de Bil Nsongo finiquita un partido que cerró en la primera parte y en el que el Valladolid no compareció, a pesar de que la grada sufrió, mientras se frotaba los ojos y lloraba | Protagoniza el gran regreso de la historia del fútbol español

Bil Nsongo apunta al cielo en el José Zorrilla.

Bil Nsongo apunta al cielo en el José Zorrilla. / Carlos Pardellas

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Carlos Miranda

Carlos Miranda

Comenzó lloviendo y acabó con el cielo despejado. Porque sale el sol para el Deportivo, para el fútbol español. Nunca un campeón de Liga había caído a la tercera categoría, pero el Dépor ya está de vuelta. Refundado, fuerte, imparable. Un tsunami. Porque es diferente, es extremo para ganar y para perder, pero sobre todo es grande, muy grande. No hay que mirar a sus vitrinas, hay que fijarse en su grada en estos ocho años. Enorme en la desgracia, ahora viene lo bueno. Bil Nsongo pasa a la historia. Un doblete, en la primera parte, lleno de potencia, de rabia, de sorpresa y de reivindicación. El más inesperado, el más justo en un partido en el que el Valladolid fue un convidado de piedra, un equipo desconectado, sin alma. Perfecto.

Superstición o perfeccionismo, pero Antonio Hidalgo sacó a Lucas Noubi del banquillo y volvió a cambiar su once titular. Fiel hasta final a ese proceder puntilloso que ha llevado al Deportivo a Primera. El equipo era reconocible, le dio la pelota al Valladolid a la espera de cabalgar. No pasaba nada y pasaba de todo. Diluviaba, había que purificar y limpiar antes de volver. El Dépor casi ni conocía a Acebedo cuando acolchó el cuerpo y la caída para conectar un centro que besó la red tras su remate. Bendición. El cielo después de tanta tempestad y casi sin despeinarse. Era la estocada necesaria para ascender, el golpe imprescindible para que el Real Valladolid no se activase en exceso, a pesar de las brusquedades de Iván Alejo y Juric, los únicos que parecían jugarse algo en el bando local.

El partido seguía en ese inmovilismo que vería aburrido el espectador neutral, pero que sentía cada deportivista como un paseo por un alambre entre los rascacielos de Dubai. Hasta la media hora se reprodujo el centrocampismo con un Dépor precavido y un Valladolid que parecía un tanto desconectado, salvo por algunos zarpazos. Los hubo, contados, y pudieron ser una desgracia. Latasa hizo el primer ensayó en el minuto 24 con un disparo frontal y el segundo con una contra que mandó a las nubes. De momento era un amigo y lo seguiría siendo. También en la tercera ocasión que tuvo ya en el descuento. Eso sí, para entonces, tras una ocasión fallada por Luismi, el héroe de la tarde, Bil Nsongo, ya había vuelto agijonear. Le pegó con el alma para clavar la pelota en el palo tras rebote en portero. 0-2, minuto 34. Demasiado bonito, demasiado justo. El camerunés parecía Ronaldo revivido, justo donde no se le tiene excesivo cariño al crack brasileño. Ni en los mejores sueños el deportivismo habría imaginado un descanso así.

La segunda parte

Fran Escribà, viendo las piernas largas de Juric y esa tarjeta que ya sumaba, lo dejó en la caseta. El joven Ángel Carvajal, quien hace nada estaba jugando con el Promesas ante el Fabril, saltaba al campo para acompañar a Latasa en el ataque y meter atrás a un Deportivo al que nunca le sobra estar aculado para sudores de su gente.

Y así estuvo todo el segundo acto en torno a su área. El Valladolid rondó mucho, demasiado, pero le costó sumar oportunidades claras ante Ferllo. Casi todo el peligro llegaba con pelotas por arriba que dejaba Latasa para el remate de otros futbolistas y para maldición de la grada, que estaba entre vacía y blanquiazul. Una de esas ocasiones en las que el deportivismo vio la vida pasar se produjo exactamente con una pelota al segundo palo que amortiguó el ex canterano del Real Madrid para que Ángel Carvajal la cruzase en exceso. Era incontenible, la clave era que no le llegase la pelota limpia.

Era tan relativamente extremo y del todo innecesario el sufrimiento del Deportivo en torno a su portería, cuando el Real Valladolid muchas veces ni quería molestar, que Antonio Hidalgo le dijo a Riki que dejase de calentar para entrar en el campo. Se iba Luismi, no Diego Villares. Más gente por dentro. Era el momento de que llegase el control.

Y fue por la modificación táctica, porque el Real Valladolid entregó la cuchara, pero desde entonces todo el entramado del Dépor no estuvo tan cerca de su guardameta. No se libró de alguna posesión horizontal de los pucelanos, pero ya asomó con más asiduidad por las inmediaciones de Aceves. Bil salió entre una ovación, Zaka y Stoichkov saltaron para cerrarlo. Los resultados acompañaban en otros campos. Era el día, se lo merece, por la dignidad en el camino tanto como por la conquista.

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