El deportivismo asfalta el barro en Valladolid
Dos goles del canterano Bill Nsongo cierran años negros en el deportivismo, volcado todo el fin de semana, en A Coruña y en Pucela, con una cita histórica. Valladolid fue blanquiazul y el José Zorrilla, un pequeño Riazor

Marcos Mosquera

Gabriel madrugó para devorar cinco horas de carretera en bus sin tener entrada, sin más ánimo que vivir la cita. Antonio voló desde Ámsterdam por amor a unos colores. A Noel le vistieron un tutú rosa y le pusieron una peluca blanca en un fin de semana de despedida de soltero en Valladolid que, por doble motivo, no olvidará. Bienvenido paseó por Pucela el traje blanquiazul que le había cosido su suegra y que ya había lucido en el Centenariazo.
Son microhistorias blanquiazules que construyen una gran historia, la de una afición que vivió el hundimiento en el barro del fútbol no profesional y que, seis años después, saborea un momento extraordinario, el regreso a Primera División. Valladolid se adentra en el imaginario colectivo deportivista, que convirtió la ciudad en una nueva Coruña y su estadio, el José Zorrilla, en un pequeño Riazor que habría lucido mucho más blanquiazul sin las limitaciones impuestas a la afición coruñesa.

Marcos Mosquera
"Nos van a ver volver"
Privados de lucir sus colores en la grada, los aficionados, con cánticos, saltos, aplausos y ánimos, acompañaron a sus jugadores desde las gradas. Desde todas, sin excepción. Por la oeste, por la este, por el fondo sur, por el fondo norte. Un cántico único, “Dale Dépor”, o un hit por fin conquistado, “Nos van a ver volver”.
El aguacero, con algún trueno y algún rayo lejanos, evocó otra historia del deportivismo, la del primer capítulo de la final de Copa del Rey ante el Valencia de 1995. Pero aquí la tormenta no aplazó la fiesta y se dispersó, coincidencia, con los goles de Nsongo. El primero descorchó aún más la pasión blanquiazul. El segundo liberó tensiones.
La liberación final
Cada parada de Ferllo, cada ataje de Villares, cada arrancada de Nsongo, cada córner forzado por Stoichkov levantaba de su asiento a los deportivistas. A doce minutos del final asomó un arranque con “que bote Riazor”. A ocho, la Rianxeira. A siete, “Vivir na Coruña que bonito é”. A seis, “Coruña entera se va de borrachera”. El pitido final de Saúl Ais Reis sanó heridas. Fue el pregón de la fiesta que se venía, en el José Zorrilla, en Valladolid y en casa.
Éxtasis blanquiazul en el césped
No hubo invasión de campo de los aficionados, pero sí de los jugadores, del cuerpo técnico y del resto del organigrama blanquiazul. Ferllo corrió poseído. Quagliata y Lucas Noubi se tiraron al césped con las manos en la cara. El equipo construyó una piña en el centro del campo. El banquillo agitó toallas, sudaderas, camisetas. Todo lo que tuviera entre manos. El colofón, los aplausos de la afición vallisoletana.
Con blanquiazules en las cuatro esquinas del José Zorrilla, la vuelta al ruedo fue completa. Parada ante cada sector del estadio en el que los deportivistas fueran mayoría. Más "Coruña entera se va de borrachera". Nuevos "Ximo quédate". Hidalgo, manteado sobre el círculo central. Parreño descorchaba cava, mientras Yeremay, con una bandera canaria a su espalda, era aclamado, una vez más, por el deportivismo. Y el equipo posando detrás de una pancarta que mostraba una carta de presentación al fútbol español: "O puto Dépor está de volta".
La fiesta en el campo y la grada del José Zorrilla se completó a las nueve de la noche, quince horas después de que los autocares del ascenso partieran de A Coruña. Aún quedaba celebrarlo en el exterior del estadio y en el dulce camino de regreso a casa.
Soriano y Mella, líderes al micro
Después del partido hubo dos baños de masas. El primero, en la boca de acceso a la zona de vestuarios desde la calle. Allí salieron muchos de los futbolistas del Deportivo a mezclarse con su gente. Allí brincaron Dani Barcia, Eddahchouri, Noubi, Nsongo... entre la afición, como uno más, como uno solo. Ahí se dejó ver el presidente del Deportivo, Juan Carlos Escotet, aclamado con gritos de "presidente, presidente". Disfrutaba del éxito aún caliente de situar el proyecto blanquiazul en la cúspide del fútbol profesional, la meta que él mismo se había impuesto hace unos años.
El segundo baño de masas, mucho más multitudinario, en el paseíllo de los jugadores hacia el autobús. Su alfombra roja. Al otro lado de las vallas de metal, cientos de aficionados que vitorearon uno a uno a los jugadores. Algunos saludaban puño en alto antes de entrar en el bus. Otros buscaban el contacto físico con la afición. Abrazos, choques de manos, palmadas, fotos... Y entonces apareció Mella, liderando la juerga. Y Mario Soriano, megáfono en mano, arengando y bailando al son de "Soriano selección". Una hora larga de fiesta ante el bus que los jugadores continuaron en el viaje de regreso en el autocar. En A Coruña esperaban verlos volver.
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