La fiesta durante el partido en Riazor y Cuatro Caminos: “¡Xoel, que hemos metido un gol, que nos vamos a Primera!”
La ciudad estalló entre lluvia, abrazos y cánticos tras la victoria ante el Valladolid. De Riazor a Cuatro Caminos, miles de voces celebraron el merecido regreso a Primera: “Si hay que mojarse por el Dépor, se moja”

Panorámica del Chaflán durante el partido. / Gus de la Paz

Los aficionados del Deportivo llevaban demasiado tiempo conteniendo el aliento. Demasiados años tragando nostalgia. Por eso, mucho antes de que el balón echara a rodar en Valladolid, la ciudad ya latía distinto. Miles, con sus camisetas blanquiazules, buscaban su sitio para ver el partido. Unos eligieron sus casas, otros las calles.
En Riazor, el calor apretaba y el bar Rompeolas rebosaba vida minutos antes del arranque del choque. No cabía un alma. Quien no logró entrar se buscó un hueco en la acera o se resignó a mirar apenas una esquina de pantalla entre cabezas. Incluso una de las televisiones se congeló justo antes del inicio, lo que arrancó un murmullo de alarma que se disipó cuando volvió la imagen a los pocos segundos.
“Hoy sí, carallo, hoy toca volver. Nos lo merecemos”, decía Juan, 21 años, camiseta dorada de Noureddine Naybet, mientras apretaba el vaso con ambas manos. Apenas habían pasado diez minutos cuando el primer zarpazo de Nsongo hizo temblar el local.
El rugido fue tan seco como brutal. Vasos al aire, cerveza desbordada y abrazos entre desconocidos y conocidos. “¡Xoel, que hemos metido, que nos vamos a Primera!”, gritó Juan a su amigo mientras lo abrazaba y derramaba media cerveza. Daba igual.

Aficionados ven el partido a través del móvil en los aledaños de Riazor. / Gus de la Paz
A unos metros, en el bar Oasis el eco llegó multiplicado entre gargantas que ya coreaban un mismo deseo: “Que sí, que sí, que vamos a ascender”. María, 16 años, con una camiseta de Juan Carlos Valerón con las letras gastadas por el tiempo, lloraba sin disimulo: “Mi padre me habló toda la vida de estas tardes. Quería vivir una. Ya ganamos por un gol. Vamos a por el segundo”.
Más allá, en el bar Milo, bajo un sol que todavía calentaba, los aficionados ocupaban la acera buscando un ángulo imposible hacia la pantalla. Algunos seguían el partido en móviles apoyados en cualquier sitio. Juan, camiseta con el 10 de Yeremay, sonreía nervioso. “Si subimos aquí, en la calle, será como debe ser. Con todos”.

Aficionados ven el partido en el Rompeolas de Riazor. / Gus de la Paz
Cuando llegó el segundo golpe, la ciudad empezó a creérselo. En el Tira do Playa los gritos se adelantaron unos segundos, porque allí la señal de televisión corría más deprisa. El estruendo se propagó como una ola blanquiazul por la Fan Zone instalada en la explanada de Riazor y por el paseo marítimo, cortado ya por miles de aficionados. Después empezó a llover.
La pausa para el descanso llevó la celebración contenida hasta Cuatro Caminos, donde los aficionados se resguardaban de la lluvia cerca de los edificios. En el bar A Palloza, resistían viendo el partido desde fuera. Al lado, en El Muro, Noelia, camiseta blanquiazul con el número 17, no apartaba la vista. “Nos van a ver volver”, gritaba. Felipe, con el 8 a la espalda, asentía: “Esto había que sufrirlo”.

Interior de La Estrella durante el partido. / Gus de la Paz
En La Estrella no se podía entrar. Era imposible. Un centenar de personas veían el partido desde fuera a través de sus grandes pantallas. Dentro era imposible saber la gente que había.
Otro de los templos deportivistas es el Chaflán, bajo una lluvia que no paraba, la multitud ocupaba aceras y parte de la calzada. “Si hay que mojarse por el Dépor, se moja”, soltó Pedro, mientras ajustaba su bufanda empapada.

Aficionados, atentos al partido en el bar Oasis de Riazor. / Gus de la Paz
En el tramo final del partido había que volver a Riazor. Frente a la pantalla del Tira do Cordel y en la Fan Zone centenares de personas celebraban ya el ascenso, aunque el partido aún no había acabado. Un relámpago cruzó entonces el cielo. “Barça, Madrid, ya estamos aquí”, se oyó a falta de un minuto.
Y entonces sonó el pitido final. Y cesó la lluvia. Las nubes se abrieron como si también ellas llevasen años esperando. Y fue justo ahí cuando también se abrió el cielo blanquiazul para saludar a su nuevo equipo de primera.
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