Hidalgo, el técnico que supo guiar al Deportivo de vuelta
El entrenador de Canovelles se ganó a la plantilla desde el principio con su gen competitivo
Acató las críticas y pulsó las teclas correctas en el tramo decisivo

Antonio Hidalgo festeja el triunfo contra el Andorra en el banquillo de Riazor. / Carlos Pardellas

«Espero luchar junto con nuestra gente e ir con todo desde el primer momento. Vamos a tener que trabajar muchísimo, la exigencia va a ser alta porque el escudo y la historia del club así lo transmiten». Antonio Hidalgo no prometió éxitos, goleadas ni un camino lleno de rosas el día que se presentó en sociedad como nuevo entrenador del Deportivo, allá por inicios del mes de junio del año pasado. El de Canovelles llegó con la tarjeta de presentación de un técnico al alza que puso al borde del play off a un Huesca que había recogido hecho añicos año y medio antes. Y aterrizó en A Coruña con un objetivo compartido con el Dépor: dar un salto de nivel, con la exigencia y la ambición por bandera, pero con una única promesa: saber sufrir, saber competir y apretar los dientes. Reír, celebrar y apretar el puño en los momentos dulces. Agachar la cabeza y asumir los pitidos en los amargos. Pero siempre volver a levantarse para liderar un proyecto que nunca perdió el norte y, al final, llegó a buen puerto. El escudo así lo pedía y el equipo, con Hidalgo al frente del banquillo, así lo cumplió.
Quienes conocían al Antonio Hidalgo que se hizo un nombre como futbolista en las filas de Málaga, Osasuna, Zaragoza o Sabadell sabían que llegaba a Riazor un entrenador tan detallista en la táctico desde el banquillo como especial en los detalles indescifrables de un vestuario. «Tiene la misma vena competitiva que demostraba como futbolista y consigue transmitírsela muy bien a los jugadores», le ensalzaba Miguel Loureiro hace casi un año, cuando todavía era futbolista del Huesca y veía marchar al entrenador que sacó su mejor versión como carrilero. El mismo que le abrió las puertas del eje de la zaga.
El técnico de Canovelles ya sabía por su etapa como futbolista lo que es vivir las mieles del éxito en ese trascendental paso de Segunda a Primera División. Lo experimentó en las filas del Tenerife, del Málaga y del Zaragoza. Incluso, supo de primera mano el valor de un ascenso al dirigir al Sabadell en su regreso a la categoría de plata en 2021. Aterrizó en A Coruña con la vitola de ser un entrenador metódico, camaleónico y competitivo, pero sin el cartel de especialista en la materia, como sí lo tenían José Luis Oltra o Fernando Vázquez en los últimos saltos del Deportivo hacia la máxima categoría.
No le hizo falta para ponerse al frente de un grupo que, desde la pretemporada, comenzó a moldear a su gusto. Buscó desde los primeros amistosos la manera de encajar a sus cuatro figuras clave (Yeremay, Mario Soriano, David Mella y Luismi Cruz) en el terreno de juego. Incorporó a su plantilla a un Miguel Loureiro que asumió, en su regreso a casa, los galones de lugarteniente.
El Deportivo de Hidalgo engranó a la primera, con triunfos solventes, goles de fantasía, como el que abrió la cuenta ante el Granada en aquella lejana jornada inaugural. Buscó un esquema que se asemejase a lo que le funcionó en Huesca, con una línea de tres zagueros en la que Ximo Navarro y Loureiro mostraron sus versiones más camaleónicas. David Mella, predispuesto a probarse como carrilero, y Quagliata, con sus virtudes por la izquierda, le dieron motivos para insistir en la idea. Las lesiones, errores individuales y una dinámica que dejó de ser tan inmaculada, algo inevitable en una Segunda División de máxima igualdad, obligaron a replantear el plan.
"Nos dijimos las cosas que teníamos que decirnos"
«Todos teníamos que dar un paso adelante en todos los aspectos. Nos dijimos las cosas que teníamos que decirnos. Ese esfuerzo y esa unión son claves en todos los sitios en los que he estado», reflexionó antes de recibir a la Cultural Leonesa en Riazor y tras superar el primer bache de la temporada al vencer al Sámano en Copa del Rey y al Zaragoza en liga. Consiguió el técnico catalán capear la primera crisis del curso para hilar cinco victorias consecutivas y volver a auparse al liderato. El equipo se cayó de nuevo antes de Navidad, en una montaña rusa que le apartó de la primera posición, pero nunca le alejó demasiado de la lucha por los puestos de oro.
Comenzaron las dudas en una alineación que comenzó a tener cada vez menos indiscutibles. El esquema de tres zagueros se mantuvo como salvavidas y, al mismo tiempo, como condicionante por las lesiones que afectaron a los centrales y la falta de un efectivo de garantías en el lateral derecho. En el mercado invernal encontró las piezas que tanto anhelaba: un Álvaro Ferllo con el que ya coincidió en el Alcoraz y a quien le dio las llaves de la portería, un Altimira que solucionó sus problemas en el lateral diestro y un Riki Rodríguez por el que ya suspiró en verano para ganar calidad y orden en la medular.
Salió derrotado el Deportivo en un mes de enero de máxima exigencia y el técnico comenzó a escuchar el runrún de Riazor tras los tropiezos contra Racing y Castellón o los empates sensibles frente a Cádiz o Las Palmas. El vaso se desbordó en la noche en la que el Granada se llevó tres puntos Riazor. Hidalgo, pese a agradecer siempre el apoyo, no encontraba la fórmula para responder con puntos y sensaciones. «Están descontentos, con justicia. El equipo no estuvo bien», reconoció al término de aquel fatídico 0-2.
Prometió mejorar, incluso con las lesiones de Yeremay y Mella lastrando las opciones de su plantilla, y cumplió. Retocó la medular con Mario Soriano, ajustó la mediapunta, con Stoichkov por detrás de Bil y, sobre todo, permitió a Ximo Navarro y Altimira compartir diabluras en la derecha. Tres teclas correctas para sellar el ascenso. No fue fácil, no fue tranquilo y, por momentos, costó mantener la fe. Ya tenía la confianza de sus pupilos, pero con cada «bum, bum, bum» y cada puño en alto, logró ganarse, también, el corazón del deportivismo. Supo entender el valor del escudo del Dépor. Y, con esfuerzo y competitividad, lo ha devuelto al lugar que, por historia, le corresponde.
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